.elementor-72678 .elementor-element.elementor-element-853f990{--display:flex;}.elementor-72678 .elementor-element.elementor-element-3da06b1{text-align:justify;}lang="es"> Ganar la vida - INSTITUTO JOHN HENRY NEWMAN
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Ganar la vida

Hay sufrimientos que uno reconoce enseguida. Una migraña,  la muerte de un ser querido, que te rompan el corazón… Duele mucho y muy profundo. Dolor conocido, quizá. 

Pero esta vez estoy desconcertada. Tengo el corazón apretujado de dolor pero expandido de gozo como nunca. Y esta situación, que va contra las leyes de la física, me tiene la cabeza dando vueltas sin parar. 

Ha llegado septiembre y nuestro hijo Rafa se ha ido. No se ha ido de Erasmus, ni siquiera de año sabático. Se ha ido a seguir a Jesús. A «dar la vida», Rafa dixit. Se ha ido, primero a Kansas City y luego irá a Francia, obedeciendo las palabras del Maestro: «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará». (Mt. 16, 25.) 

Rafa pierde su grupo de Montañeros de la Asunción, pierde a Pablo, a Jaimito, a Adri y a Bosco, pierde a sus hermanos y a sus padres, los pitis con Laura, sus clases de Derecho y Relaciones Internacionales, los findes de la ELU, las comidas de los domingos, los cafés en la Rollerie, las misas en la uni… su vida.  Cuando el Señor llama, dejas la barca y a tu padre y, como Santiago y Juan, lo sigues. Pero gana una alegría inmensa que refleja, desde hace unos meses, su inmensa sonrisa. Gana una comunidad, los hermanitos del Cordero, que le han acogido con los brazos abiertos. Gana tiempo de oración, de contemplación, de escucha, de pobreza, de despojamiento y de luz. Gana la vida. 

Nosotros, como padres, andamos desconcertados. Aquello que hemos rezado y soñado para él durante tantos años que encuentre su camino y que sea feliz, parece que se materializa de una manera que no es la ordinaria. Ha descubierto que su vida está hecha para ser vivida a lo grande. Y, por eso, tenemos que dejarle marchar. Aunque duela. Y duele mucho.  

¡Cuántas veces me había dicho que los hijos no son míos, que Dios me los había confiado para su cuidado! Lo mismo ocurre con todas las personas a las que queremos mucho. Sabemos que el amor no posee, sino que abraza y cuida. Y cuanto más se quiere más cuesta dejar ir. Me duele perderlo en las distancias cortas, pero me conmueve verlo ganar la vida. 

Y quizá ahí está el misterio que estos días intento comprender. Que el sufrimiento y el gozo habitan juntos en mi corazón. Que puedo llorar y sonreír al mismo tiempo. Que la Cruz lleva ya consigo la promesa de la Resurrección. 

Duele. 

¡Pero qué gozo tan grande! 

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