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No me da la vida

No me da la vida, profe, me dice un alumno que empieza a ver cómo el fardo de trabajos se le ha echado encima e intuye que ni las vacaciones de Semana Santa van a aliviar el colapso. Y aunque pueda yo también intuir que su planificación del cuatrimestre es mejorable, lo cierto es que con su agobio formulado de manera tan cristalina me deja una pregunta de las gruesas encima de la mesa: y en realidad, ¿a quién le da la vida para tanto a lo que la vida nos llama? La vida se quedó corta y estrecha para los que naufragaron el 22 de febrero pasado en Calabria, y nos interroga a bocajarro sobre el sufrimiento de los inocentes.  

La vida excesiva de Joaquín Sabina le dio para algo, pero no del todo – como confiesa en el biopic documental “Sintiéndolo mucho” – a la hora de alcanzar a comprender a su padre y reconciliarse con él.  
La vida de las once personas que se suicidan al día en España, y que con dramático cuentagotas se bajan del barco, nos asalta y conmueve. Seguro que a alguno de ellos, alguien le habría dicho recientemente: “tienes, muchacho, toda la vida por delante”. Pero esa, ya sabemos, es una frase hecha, que en verdad solo deberíamos atrevernos a decírsela a alguien que ya haya cumplido los 99. Tal vez la vida de las mujeres que malviven en los burdeles a los que van algunos diputados del Congreso, sea la vida menos pensada, en todos los sentidos de la palabra, porque ellas que quedan fuera del foco, en ellas no solemos reparar, y ellas quizá soñaron otra vida para sí y para los suyos.  

Hace ya mucho tiempo que dispuse considerarme un individuo póstumo -escribe Carlos Marzal en su esperado y espléndido poemario “Euforia”, recién publicado-. Mas declararse póstumo supone una voluntad febril de nacimiento. Esa es la insólita paradoja. Esa es la vida que no da y que nos reclama una vida siempre nueva en cada instante que se consume. 

Que la vida no nos dé, no es mala cosa, si no es el resultado del movimiento incesante y sinsentido, la resulta de andar por ahí como pollos sin cabeza. Que la vida no dé es más bien cosa natural y conveniente, porque mirada con la misericordia que procede, esa insuficiencia, esa posibilidad de ser siempre más que se nos presenta como hermosa invitación, se convierte en nostalgia de otra vida mayor. Nostalgia de futuro, al fin y al cabo, porque si hay un dogma de fe – a los hechos me remito – es que esta vida no da para más. Esta vida pide otra, escribe en un memorable artículo Enrique García Máiquez. Y a su manera lo dice mi atribulado alumno. Otra, otra, como en los bises de los conciertos. Otra vida más y algo mejor, a ser posible. 

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