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Entre poetas y profetas

Rafa Macarrón es un artista madrileño, hijo y nieto de artistas, un atleta de alto rendimiento y un padre de seis… por ahora. Al momento que redacto este pensamiento, todavía no inauguran su más reciente exposición: Introspectiva (Galería Cayón). Sin embargo, ya he podido visitarla directamente en su taller y ha sido una experiencia sobrecogedora. La experiencia iba acompañada de una luz tenue, olor a pintura fresca y rock progresivo de fondo. Lamentablemente, las fotografías no hacen justicia a la complejidad de la obra.  

Después de contemplar a solas y a una distancia que habría activado todas las alarmas en un museo, el artista me ofreció una cerveza y compartimos impresiones. Pude ver los bocetos, los bocetos de los bocetos y los libros de otros artistas donde iba a buscar su inspiración. Pocas personas compaginan en su obra a Velázquez, Rothko, Chillida y San Juan de la Cruz. Solo un artista alcanza a percibir los hilos invisibles que entrelazan las ideas de los grandes genios… un artista o un místico.  

No estoy diciendo que Rafa sea un místico —aunque tengo razones para creer que sí lo sea—; estoy diciendo que solo aquellos con mirada contemplativa logran comprender la belleza invisible de todo cuanto existe. A los académicos nos interesa todo, a los místicos les interesa el TODO.  

No es fácil comprender a los místicos o a los artistas. Como capellán de Bellas Artes en nuestra universidad, puedo confirmar que, muchas veces, ni ellos mismos se comprenden. Viven constantemente en el umbral de lo desconocido y de lo invisible. Padecen intuiciones que son incapaces de expresar en palabras, pero que logran balbucear a través de un lienzo o una escultura.  

Después del estudio, nos fuimos a cenar costillas. La conversación derivó —como suele pasar cenando con un cura— hacia cuestiones teológicas. Llegamos al tema del paraíso. Sabrina, su esposa y yo debatíamos sobre cuestiones escatológicas de teología del cuerpo. Rafa contemplaba en silencio. Al final, tras un buen trago de cerveza exclamó: «¡El cielo tiene que ser algo más… cojonudo!». Nos miró a los dos y afirmó: «Ya está. Ese será el tema de mi siguiente colección».  

No sé si pronto veremos una colección de ángeles con ocho dedos, fumando en el paraíso, al más puro estilo Macarrón. Lo que sí sé es que, en aquel momento, entre amigos y costillas, entre poetas y profetas, comprendí que solo les debería estar permitido hablar del cielo a los místicos y a los artistas. 

Cuadro de Rafa Macarrón
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