.elementor-72869 .elementor-element.elementor-element-5435b78{--display:flex;}.elementor-72869 .elementor-element.elementor-element-5da652a{text-align:justify;font-family:var( --e-global-typography-text-font-family ), Sans-serif;font-size:var( --e-global-typography-text-font-size );font-weight:var( --e-global-typography-text-font-weight );}@media(max-width:1366px){.elementor-72869 .elementor-element.elementor-element-5da652a{font-size:var( --e-global-typography-text-font-size );}}@media(max-width:1024px){.elementor-72869 .elementor-element.elementor-element-5da652a{font-size:var( --e-global-typography-text-font-size );}}@media(max-width:767px){.elementor-72869 .elementor-element.elementor-element-5da652a{font-size:var( --e-global-typography-text-font-size );}}@media(min-width:2400px){.elementor-72869 .elementor-element.elementor-element-5da652a{font-size:var( --e-global-typography-text-font-size );}}lang="es"> El tren de la vida - INSTITUTO JOHN HENRY NEWMAN
Icono del sitio INSTITUTO JOHN HENRY NEWMAN

El tren de la vida

Con mucha frecuencia recurrimos al tren de la vida para explicar nuestro paso por ella.  Desde que vemos la luz por primera vez en un misterioso inicio de andadura, como si el tren partiera de un túnel en las tiernas entrañas de nuestra madre, hasta el día en que nuestros restos vuelven a la oscuridad de la tierra, todo nuestro recorrido vital es un incierto y apasionante recorrido donde el único pasajero permanente, que no maquinista, del tren de nuestra vida somos nosotros mismos.

Nuestros padres nos acompañan y protegen en nuestros primeros, frágiles e inciertos pasos. Familia, amigos, conocidos, maestros, pareja… todos ellos van subiendo y bajando del tren de nuestra vida algunos ocupan asientos a una cierta distancia. Los vemos recurrentemente, aunque no necesariamente interactuamos con ellos. Otros se sientan cerca, muy cerca incluso. Tanto que nos regalan aprendizajes, y vivencias en común. Los hay molestos que desearíamos no estuvieran ni tan cerca ni tanto tiempo en el mismo vagón, pero no hay forma de apearlos. Algunos desearíamos que se subieran al tren, pero no siempre ocurre como queremos, y también los hay intermitentes, que suben y bajan, cada vez con un papel, cada vez con una intensidad.

El recorrido es incierto. Aunque pensemos que nosotros llevamos el volante, resulta que las vías de la vida tienen su guarda agujas que maneja parcialmente nuestro destino, y no somos nosotros siempre los que decidimos dónde vamos, ni la velocidad de nuestro tren, ni siquiera la estación final o la forma en la que llegaremos a ella, esto último a muchos les resulta inquietante.

El símil del tren da para mucho pensar. Oportunidades y paisajes que solo pasan una vez; estaciones fugaces a las que poder asomarse a una nueva realidad o subir nuevos pasajeros; vagones que van en nuestro convoy sin nosotros saberlo, donde hay personas con vidas paralelas que no siempre sabemos que están allí; velocidades del tren que parece acelerarse sin remedio conforme cumplimos años; traqueteo de nuestro vagón porque de las vías de la vida no son todo lo suaves que nos gustaría… El juego es infinito.

Mi hija Paz nació un día singular para el tren de la vida.  Ella vio la luz El 11 de Marzo de 2004, el mismo día que diez bombas hicieron estallar 4 trenes causando 193 muertos y un número incalculable de heridos. Mientras yo vivía uno de los días más bellos de mi paso por este mundo, España vivía uno de sus días más oscuros. La Oreja de Van Gogh hizo su canción “Jueves” que me sigue emocionando hasta la lágrima cada vez que la escucho.

Pues hoy, el tren de la vida me ha golpeado de nuevo de forma inesperada. Mi amiga de estudios universitarios y práctica profesional, Patricia Fernández-Häring iba en el tren de Urda, Toledo que sufrió el accidente el pasado 28 de octubre. Yo veía las noticias, consternado, imaginándome el sufrimiento de tanta gente, cuando sin esperármelo, “la pedrea” de la lotería de la vida me informaba que Patricia se había bajado del tren de mi vida, y el suyo había llegado a la estación final sin previo aviso de parada. Recibí la noticia por varios lugares y no me lo podía creer. La llamé inmediatamente esperando que fuera mentira y me encontré con el mensaje de su buzón de voz: “El teléfono marcado no se encuentra disponible en este momento. Por favor inténtelo de nuevo más tarde o envíe un SMS que el destinatario recibirá en cuanto esté disponible.” Caí en ese momento en que no volvería a estar disponible…

Busqué aceleradamente nuestros últimos mensajes de móvil para encontrarme un tierno “vale por un abrazo” que me devolvió el día de su cumpleaños para agradecer mi felicitación. “Hoy no podemos vernos, pero lo puedes canjear cuando quieras” me escribía. Pues ese abrazo se quedó sin dar.

Sigo estando una mezcla entre incrédulo, consternado e iracundo. una vez más las vías del destino me recordaban que hay que dar gracias y aprovechar cada instante que circulamos sin sobresaltos, y hacer de cada instante un momento “SÍ VIVIDO” que merezca la pena. A todos mis compañeros de tren: gracias por el viaje y recibe tu “vale por un abrazo a canjear cuando nos crucemos”. Al guarda agujas de tren, gracias por este viaje.

Salir de la versión móvil