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El sueño y el anciano

Ilustración de Gustave Doré

Dada sea la paradoja de sentirse uno muy pequeño, infinitesimal, al aproximarse a la vida de un santo; y, al mismo tiempo, iluminado, alentado y acompañado por la luz de su testimonio. Proporcionalmente, la prueba de humildad es mayúscula al esbozar una semblanza de un santo de la talla de San John Henry Newman, campeón de la fe y de la razón en todas las ligas, y del que tantos sabios y santos ya han escrito. Pero del mismo modo, y en sentido inverso, no es el peso de su grandeza lo que prevalece, sino que encontramos en su biografía un principio de orientación y estímulo —en cuanto itinerario intelectual y espiritual— que mitiga la inquietud inicial y proporciona el criterio y la confianza necesarios para la empresa. Y así, sintiendo el calor en la cara, antes incluso de atisbar la hoguera que fue su vida, rozaremos con reverencia una de sus obras más adecuadas para estos tiempos de Pascua, la que habla, precisamente, de su muerte y de cómo fue vencida definitivamente por el Redentor. 

A los sesenta y tres años, Newman se sentía morir. Este desasosiego ante el fin inminente lo llevó a la creación de El sueño de un anciano, poema dramatizado en el que el anciano Gerontius sueña cómo el alma abandona su cuerpo ya sin vida. Las principales voces que intervienen son las del Alma y la del Ángel, acompañadas de las del Sacerdote, las de los Coros Angélicos e incluso las de los Demonios. Afortunadamente, esta no fue la última obra del Santo y vivió dieciséis años más que le depararon, entre otros dones, el capelo cardenalicio. El texto fue musicalizado en 1900 por Edward Elgar, convirtiéndolo en el oratorio Opus 38, obra maestra de la composición coral inglesa. Pero indaguemos en el porqué del motivo del sueño. 

A lo largo de los tiempos, el hombre ha experimentado vivencias espirituales que son difícilmente comunicables y así, el arte se ha tenido que enfrentar al obstáculo de la representación, falto de palabras o de imágenes capaces de transmitir dichas vivencias. El lenguaje ordinario encuentra impedimentos para transmitir experiencias del espíritu que rompen los límites de lo sensorial y que no pueden manifestarse con palabras: por ello, estas experiencias se denominan inefables. Un ejemplo son los éxtasis místicos, que han llevado a aquellos que han querido comunicarlos a serios aprietos expresivos. De esto saben mucho San Juan de la Cruz cuando en su Cántico refiere que: “déjame casi muriendo,/ un no sé qué que quedan balbuciendo”; o Santa Teresa, cuando arrebatada, lamenta: “que ningún sabio pintor/ supiera con tal primor/ tal imagen estampar”. También encontramos en la tradición literaria ejemplos de conversiones en las que la incomunicable acción de la gracia se expresa lingüísticamente a través de la metáfora: desde San Agustín a C.S. Lewis, pasando por el mismo John Henry Newman.  

Los sueños han dado una gran cobertura a teofanías memorablemente referidas, porque no cualquier oído está preparado para escuchar la voz de Dios en directo, ni siquiera la de algún mensajero angélico, y así, esta experiencia que se aleja de lo mundano ha de representarse bajo el lenguaje metafórico o mediante el juego narrativo del sueño, donde lo simbólico es captado de manera inmediata, sin la necesidad de significación lingüística. De este modo, asistimos, entre otros, a los sueños de Jacob y a los de su hijo, José, en el Génesis; a los de Salomón, en el Primer Libro de los Reyes; a los de San José, plasmados por San Mateo; o al de San Pablo, inmortalizado por San Lucas. Pero no solo en las Escrituras encontramos este precioso recurso, sino que también los Padres de la Iglesia se han valido del sueño tanto para cuestiones doctrinales, las de Hermas, en su Pastor; como para asuntos más mundanos, tales como la validez de las obras clásicas paganas en la formación cristiana, pesadilla referida por San Jerónimo en su Carta a Eustoquio. 

Así llegamos a la vivencia inefable del tránsito de este mundo de vivos, que Newman presenta a través del sueño de su devoto protagonista, Geroncio en la traducción al español de Andrés Vázquez de Prada para Rialp (2014): un viaje espiritual desde el lecho de muerte hasta el Purgatorio atravesando el Juicio, siempre en compañía del Ángel que lo guía y lo calma durante el trayecto. Pero, ¿cómo hablar de la propia muerte si el alma ha sido despojada de los labios?, ¿cómo representar la conversación con los ángeles si estos son incorpóreos? Sin duda, gracias a la mediación narrativa del sueño, en el que se irán desgranando los motivos que fundamentan la obra: la conciencia, el juicio y la purificación, así como la Divina Providencia personificada en los ángeles custodios. 

La obra comienza con palabras de Geroncio, todavía vivo, que se encomienda en la hora de su muerte y ruega a sus amigos que recen por él. A esta plegaria contesta el coro de los Ayudantes, rogando a Dios que sea benigno en el juicio. Así, en la agonía, el protagonista profesa su fe y, ante el miedo a la caída, se abandona al sueño. El Sacerdote, entonces, ordena al alma que se vaya de este mundo y le desea que encuentre un lugar de paz. A partir de este momento, es el Alma de Geroncio la que toma la palabra, sintiéndose sostenida y envuelta por una melodía, aunque refiere que no es humano el modo en que la escucha, por verse privada ya del cuerpo. Estos primeros compases, aunque ajenos a la situación inicial del protagonista y a la forma textual, evocan a los primeros cantos del Infierno de Dante, cuando la voz poética relata el miedo a la selva oscura y la asechanza de las fieras, antes de encontrar a su mentor, Virgilio, enviado por el cielo como sostén que lo custodie en el viaje por los mundos de ultratumba. 

Y aquí aparece la voz del Ángel, al que le habían sido confiados el servicio y salvación de este hijo de Dios desde su nacimiento. Relata cómo el hombre, caído desde Adán, está siempre acompañado por la presencia custodia del ángel de la guarda. A partir de este punto, el diálogo se intensifica con preguntas del Alma sobre la desaparición del miedo que lo atenazaba antes de la muerte y sobre el tiempo que habrá de aguardar al juicio. Las respuestas del Ángel son inconcretas en algunas ocasiones y enigmáticas, en otras. Este intercambio entre el Alma y el Ángel es una de las secciones más logradas de la obra: la altura teológica, la belleza de las imágenes, la delicadeza escatológica y la grandeza poética resultan tan felizmente amalgamadas que, ¿quién si no Newman?, ¿quién sino la pluma de todo un doctor de la Iglesia podría plasmar tal arrobo místico con tan suma elegancia? 

A través de sus versos pueden encontrarse reminiscencias del Génesis, de los Salmos, del Apocalipsis, de homilías de los primeros siglos de nuestra era cristiana, o de la liturgia de la Vigilia Pascual, entre otras fuentes; todo ello junto a elementos medievales como la alegórica Danza de la Muerte o la noción del ars moriendi sutilmente ensamblados con la delicadeza del dialogo íntimo, casi susurrado entre el Alma y los Ángeles.  

Finalmente, el Alma llega al juicio, con el Ángel de la Agonía, que acompañó a Jesús en sus últimas horas, como defensor. Allí, contemplará el rostro de Cristo, señal esta de que la esperanza del Purgatorio lo aguarda: “querrás escabullirte y esconderte a su mirada,/ experimentado, a pesar de ello, un vivo anhelo/ de morar en la belleza de su rostro” (77). Como era de esperar, el alma de Geroncio se salva del castigo eterno: “¡Oh, alma, dichosa y sufriente!;/ salvada estás, por la mirada de Dios/ consumida, aunque vivificada” (94); y permanecerá custodiada por los ángeles del Purgatorio hasta “el día en que librada/ de todo lazo y débito/ la reclame para la corte de la luz” (97). Los últimos versos del poema son palabras del Ángel Custodio despidiéndose del Alma: “¡Adiós!/ Pero no para siempre, hermano querido./ Sé valiente y sufrido en el lecho de pena;/ veloz pasará aquí tu noche de prueba,/ y volveré a despertarte de mañana” (100). 

A lo largo del texto, Newman consigue envolvernos en la melodía suave del misterio de la Salvación que a todos concierne: habla de su congoja ante la incertidumbre, pero nos sitúa a cada uno delante del espejo de nuestra propia zozobra por la hora inminente en la que seremos llamados; nos recuerda —memento mori— que más vale estar bien preparados; y como el mismo Ángel, nos acompaña amoroso en este tránsito. Qué mejor forma de acercarnos a la figura del Santo que asomarnos al abismo que nos muestra en estos versos su humildad desarmada, su alma desnuda, su anhelo ajeno a los afanes del mundo, su existencia toda a la luz de la esperanza en la misericordia.  

De este modo, como vislumbramos al principio de esta semblanza, San John Henry Newman, lejos de suscitarnos una paralizante sensación de desproporción ante una figura de su envergadura, se presenta como principio dinamizador: iluminando el método, orientando el juicio y disponiendo el ánimo, de suerte que, quien se aproxime a su vida pueda acometer tal empresa con fundada confianza, reconociendo en ella no un mero objeto de estudio, sino el modelo que guía ejemplarmente el acto mismo de su comprensión. 

El Instituto Newman de la Universidad Francisco de Vitoria comparte mensualmente una serie de publicaciones dedicadas a John Henry Newman para profundizar en la vida, el pensamiento y el legado de este gran santo y analizar su relevancia para nuestra vida y la vivencia universitaria actual.

Su nombre tiene el San delante desde octubre de 2019 pero nuestro Instituto lleva su nombre desde hace 20 años. Merece la pena conocer a esta figura, entender porque nos gustaría ir siguiendo su huella en esta casa, la Universidad Francisco de Vitoria. De ahí que compartamos con vosotros cada mes un breve artículo o pieza audiovisual explicando la hondura de este personaje de la mano de profesores universitarios que admiran su inteligencia de la fe y su inteligencia de la realidad.

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