INSTITUTO JOHN HENRY NEWMAN

Asistimos a nuestra vida, no la hacemos

María Hernández Martínez

Esta mañana en la universidad nos hemos acordado de que hace justo un año cancelaron las clases. En general, recibimos sin mucho alboroto ni desasosiego lo que parecía que iban a ser quince días de estar en casa. Tal vez porque desconocíamos que se convertirían en una cuarentena que luego se alargó durante meses y que nos recordó que la vida está hecha de imprevistos y accidentes; que la realidad pocas veces sigue nuestros planes pues, como escribe Jesús Montiel, la vida ni obedece, ni se puede domesticar. Es un hecho, lo sabemos. No dejamos de constatarlo, sea con pequeños acontecimientos personales o con una pandemia a nivel mundial.


Aun así, ¿no nos pasa que seguimos con el empeño de asegurarlo todo? ¿De no dejar ningún cabo suelto? Pero ¿por qué tendemos a arrinconar lo imprevisible? ¿Acaso no recordamos las maravillas derivadas de tantas ocasiones en las que no calculamos nada y las cosas sencillamente suceden? También esto es un hecho. ¿Hay algo que no haya recibido? Este interrogante se empeña en despertarme: el mismo pulso escapa de mi control, me es ajeno. Hasta mi anhelo más profundo, lo que me es más propio, me excede. No puede acabar en mí. Su origen y su arraigo son tan hondos que también siento que me rebasan. Lo reconozco sin dificultad.

Y, sin embargo, ¡qué complicado es a veces confiar! Tener la predisposición de acoger, quedarse a vivir en el verbo hágase. ¡¿Cómo?! ¿Cómo hacer para que la circunstancia, el agobio y la urgencia puntual del día no conviertan la noche en desvelo? Leo, observo y escucho en busca del remiendo. Christian Bobin me dio una pista. El escritor francés afirma que se trata de ser como un grupo de prímulas que encontró un día en el arcén junto a la carretera; porque esas prímulas existían de tal modo que estaban abiertas a la lluvia, a la sequía e incluso al arrancamiento. No hacían elección de entre lo que iba a suceder. Es verdad que si uno se para a contemplar, las flores están así, tienen la virtud de la docilidad y esa actitud es lo que más les embellece. No es el perfume, ni la forma, ni el color. Su gran atractivo es ese.


«Pero claro -me digo- es que son flores, tú eres otra cosa». No obstante, hay una amiga que ha desbaratado mi objeción y que con su forma de estar en el mundo, me señala la pobreza de mi réplica. Ella es la mujer más libre que conozco. Paradójicamente, es dueña de su vida porque sabe que no le pertenece. Ella encarna con alegría esa cita de los Diarios de Iñaki Uriarte que reza “Asistimos a nuestra vida, no la hacemos”. Su presencia es una invitación silenciosa y constante a buscar cuál es su seguridad. Ella parece conocer el misterio, e intuyo que ahí se esconde la clave para ser prímula. Hace poco comentó “todo es incierto, pero algo tiene que haber seguro en la vida”. Recordé entonces que esa insistencia inquieta de mi corazón era crónica, pero que no era enfermiza. Y lo más importante, sus palabras me dieron razones para esperar que también para mí puede haber descanso.

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