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Abrir los ojos al mundo

Lo mío con Newman no debería encajar. Él fue un sacerdote inglés que vivió en el XIX, teólogo eminente y escritor sutil; yo, un abogado español que, dos siglos después, hace lo que puede como padre de familia, tiene una teología de andar por casa y escribe a salto de mata. Él fue santo; yo soy una calamidad. ¿No habrá demasiada distancia entre nosotros? ¿Podrá haber algo suyo que yo sepa llevar a mi vida de ahora? ¿Este doctor de la Iglesia tendrá algún remedio para mi falta de fe? ¿Y alguna fórmula para los deseos profundos de mi corazón?

Me interesa la vida, no los libros, y cuando supe de John Henry Newman empecé por su autobiografía. Fue un comienzo errático. Leí “Apologia pro vita sua” y no me enteré de mucho. Me faltaba el contexto histórico para comprender el Oxford de entonces. Dejé el libro para una mejor ocasión, pero retuve un pasaje esencial, ése en el que el autor menciona lo de “descansar en el pensamiento de dos y sólo dos seres absoluta y luminosamente autoevidentes: yo y mi Creador”. Ahí estaba mi anhelo: Dios bullendo silencioso dentro de mí, de una forma inefable a la que, sin embargo, Newman había puesto palabras.

A la vez que iba descubriendo la vida y la obra de Newman, fui sabiendo algo sobre sus amigos. Entre ellos, me fijé en James Hope-Scott, de profesión abogado. Cuando, en 1873, falleció Hope-Scott, Newman le dedicó un sermón memorable: “En el mundo, pero no del mundo”. Y aquí quería llegar yo. ¿Se puede estar en el mundo y no ser del mundo? ¿Amar el mundo y no ser mundano? Dicho de otro modo: para mirar al cielo, ¿debo cerrar los ojos a las cosas de la tierra? El tema no es académico, sino existencial: ¿cómo puedo conciliar mi deseo de infinito con las cosas cotidianas? ¿Debo renunciar a ese deseo o amortiguarlo? ¿Las cosas corrientes (trabajo, familia, amigos) deben decirle al alma que se deje de invisibles monsergas “espirituales”?

Lo curioso fue que hallé el principio de la respuesta en un texto de 1836, en un texto que Newman tituló “Dar gloria a Dios en los afanes del mundo”. ¿Es eso posible?

Un sermón que no sermonea

Abro mi ejemplar del tomo octavo de los “Sermones parroquiales” (reconozco que el título no es muy atractivo, pero así eran las cosas en el siglo XIX). Me voy al número 11, y veo lo que tengo anotado al final del primer párrafo. Puede parecer una frivolidad, pero no lo es. Escribí: “ja ja ja”. Así es Newman: para empezar, una sonrisa.

Afirma que las ocupaciones de este mundo no son por sí mismas el cielo, sino el camino hacia el cielo (“son la semilla de la inmortalidad, aunque no el fruto”), aunque advierte que no es fácil conectar los trabajos presentes con la contemplación de la vida eterna. Lo gracioso es que el primer aviso para navegantes sea para los supuestamente “contemplativos”, para los que se dedican “a pensar en la gloria de Dios al tiempo que se les olvida actuar para Su gloria”. Esos merecen un rapapolvo con palabras angélicas: “Hombres de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?”. La contemplación no es el embobamiento, no consiste en “pasar el tiempo soñando o volvernos habitualmente indolentes”.

Newman describe un tipo de personaje que sigue siendo actual. El que, como quiere “orientarse hacia lo espiritual”, huye del mundanal ruido, y desprecia los placeres normales, adopta “un aire melancólico y un tono de voz lánguido, quedándose en silencio y ausente cuando está entre amigos y parientes, como diciéndose a sí mismo: tengo en la cabeza cosas demasiado elevadas como para interesarme por esas cosas perecederas y miserables”, y, ridículamente, se regodea “en intercambiar sentimientos bíblicos con personas que comparten con él esa manera de pensar”.

Con ese personaje, que acaso seamos tú y yo, Newman emplea una ironía fina. Dar gloria a Dios no consiste en “el simple hecho de cerrar los ojos y quedarse sentado sin hacer nada”. Se trata de hacer justamente lo contrario: quien no se retira del mundo, da gloria a Dios a través de aquél, no a su pesar.

Newman detecta el origen del error: mucha gente queda absorbida por el “amor al ajetreo y la gestión, ese deseo de ganancia, y ese buscar la influencia y la importancia”. Ese “espíritu de ambición” lleva a la búsqueda del éxito, a “amasar dinero”, a acumular poder y a hundir al adversario.

Sin embargo, la solución no pasará por despreciar todo ese ruido, porque “podemos hacer todo lo que tengamos que hacer para la gloria de Dios; podemos hacerlo de corazón, para el Señor, no para los hombres”. El reto es ser al mismo tiempo activos y contemplativos, esto es, contemplativos en medio del mundo.

Newman toca paño. Pone el ejemplo de quien, queriendo tomarse a Dios más en serio, de repente siente disgusto por su oficio. ¿Debe dejar su trabajo o podrá realizarlo con indolencia? Evidentemente, no: con la gracia de Dios, tendrá que hacer alegremente lo que no le gusta. Nada de quejas: “bienvenida sea cualquier cosa que me incomode y de la que nadie se entere”, propone nuestro autor.

Quien esté así en las cosas diarias querrá que su luz brille ante los hombres, “ganar a otros mediante su diligencia y su actividad”, dar lustre al Evangelio “sin actitudes relamidas o mojigaterías”. Y “verá a Dios en todo”, recordando a Cristo en su oficio humilde y “sentirá que la auténtica contemplación de su Señor se da en su oficio en el mundo”.

Newman reconoce que todo esto es fácil de decir, pero difícil de hacer. ¿Cómo usar del mundo sin abusar de él, actuando por amor de Dios? El sermón finaliza con una súplica: que Dios nos dé gracia para que todo lo que hagamos sea para su gloria. Y así acabo yo: ojalá que sepamos por fin abrir los ojos al mundo.

El Instituto Newman de la Universidad Francisco de Vitoria comparte mensualmente una serie de publicaciones dedicadas a John Henry Newman para profundizar en la vida, el pensamiento y el legado de este gran santo y analizar su relevancia para nuestra vida y la vivencia universitaria actual.

Su nombre tiene el San delante desde octubre de 2019 pero nuestro Instituto lleva su nombre desde hace 20 años. Merece la pena conocer a esta figura, entender porque nos gustaría ir siguiendo su huella en esta casa, la Universidad Francisco de Vitoria. De ahí que compartamos con vosotros cada mes un breve artículo o pieza audiovisual explicando la hondura de este personaje de la mano de profesores universitarios que admiran su inteligencia de la fe y su inteligencia de la realidad.

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