INSTITUTO JOHN HENRY NEWMAN

Sophie Grimaldi en su defensa de tesis: “La compasión, como anhelo metafísico, pasa por un uso ampliado de la razón que se abre a la trascendencia”

El pasado 10 de diciembre tuvo lugar en la Sala de Grados de la Universidad Francisco de Vitoria la defensa de la tesis “La compasión en Simone Weil” de la profesora de humanidades, Sophie Grimaldi d’Esdra, quien obtuvo la calificación de sobresaliente por unanimidad. Además, Sophie ha sido por muchos años colaboradora del Instituto Newman aportando siempre artículos llenos de hondura y belleza.

El jurado estaba compuesto por D. Leonardo Rodríguez, profesor de Filosofía Moral en la Universidad Complutense de Madrid; Dña. Juana Sánchez, profesora de Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid; D. Josep Otón Catalán, profesor en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona; Dña. Consuelo Martínez, profesora de Literatura en la Universidad Francisco de Vitoria, y el presidente de la mesa, D. Ángel Barahona, director del departamento de Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria

Introducción 

“No paséis de largo ante el sufrimiento donde Dios os espera para que entreguéis lo mejor de vosotros mismos”. Con esta frase del Benedicto XVI, la profesora de Humanidades, autora de la tesis, quiso arrancar la introducción de su trabajo académico para encuadrar de dónde parte la capacidad de amar y de compadecer del hombre.  

El sufrimiento es la herida de la que el ser humano no puede librarse, una vivencia humana que transforma profundamente. La pregunta que surge es hacia dónde apunta, si existe algo en medio de la experiencia de dolor, si hay alguien disponible para acompañar.  Simone es un ejemplo de búsqueda, y su evolución intelectual y personal están enlazadas. De tal manera que no hay reflexión filosófica sin transformación de su sensibilidad en la práctica de su vida, ni adquisición de conocimiento sin que cambie su alma entera.  

Presentación 

Simone Weil nació en 1909 en el seno de una familia burguesa atea judía. No se caracterizaba por su buena salud. Su hermano era un genio de las matemáticas y a su lado se sentía acomplejada. Hubo momentos en que llegó a considerar el suicidio, pero renunció al comprender que la verdad no depende de la capacidad intelectual, sino del deseo de alcanzarla, y se refugiaba en estos dos pasajes evangélicos: “Buscad y hallaréis” (Mt 7, 7-11) y “¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?” (Lc 11, 11-13). En su pensamiento filosófico había dos influencias claras: Platón y Espinoza. Estuvo muy involucrada en la defensa del mundo obrero y campesino. 

En 1930, sus fuertes dolores de cabeza (pues sufría de migrañas violentas) le llevaron a decir que su existencia estaba anulada por el dolor físico, aun así, consiguió ser profesora de filosofía y practicar cierta militancia sindical entre los desempleados. Cuatro años más tarde pedía una excedencia y se iba a experimentar de cerca la vida de la fábrica donde entendió algunos aspectos alma y escribió el artículo “Sobre las contradicciones del marxismo”.   

También tuvo la oportunidad de viajar a España, aunque por la miopía que tenía sufrió un accidente que le produjo serias quemaduras y tuvo que ser repatriada. Escribió “La Ilíada o el poema de la fuerza” donde exponía que “la fuerza es lo que hace de quienquiera que le esté sometido una cosa” y, por tanto, lo que obliga al hombre a doblegarse y niega su dignidad. 

Fue durante un viaje a Portugal cuando contactó con el cristianismo y dijo sentir una presencia que le obligaba a arrodillarse, algo de lo que la mayoría de sus coetáneos se enteró tras muerte. A partir de este momento intentó unir la búsqueda intelectual con la espiritual, y tuvo dos figuras determinantes en su camino: el filósofo Gustave Thibon y su director espiritual, el padre Perrin. A su muerte en 1943 por tuberculosis en Gran Bretaña, Simone Weil lega una gran cantidad de escritos para el análisis y una conducta judía para la reflexión. Su vivencia respecto al sufrimiento podría resumirse en tres etapas: 

Primera parte | Indignarse: la compasión desde la lucha

Para Weil existen dos clases de personas: las personas que disponen de las máquinas y las máquinas que disponen de las personas. La filósofa francesa se decide a tratar a la persona como si lo fuera y critica que se reduzca a la fuerza porque se le priva de habilidad y de libertad para organizar su trabajo: la anulación de la persona es una miseria moral mucho peor que la pobreza material, la obediencia que no es libre resta sentido a la acción y propicia la sumisión del esclavo, así como el afán de dominación del otro quien, a su vez, necesita desprenderse para ser consciente de la dignidad personal.  

Weil entiende la entrega como un proceso de deshacerse de casi todo y la generosidad como una habilidad que no ha de ser desdeñosa. Cierta pobreza, como puede ser una enfermedad, se traduce en ocasión de cercanía con quienes la padecen y, sin ser un fin en sí misma, se ha de buscar aliviarla. Insiste en que no hay que ver en eso un bien por mucho que se deriven ciertos bienes. Esta ambivalencia muestra que no es algo absoluto: es un mal, pero entre sus efectos está el abrirse a una visión trascendente. También es importante entender que la percepción de un mismo dolor es diferente según cada hombre porque es personal, por tanto, no hay derecho a dominar al enfermo en un afán de asimilar su enfermedad a la propia experiencia.  

Hay varios componentes morales frente a la vivencia integral del sufrimiento. El peligro es que el enfermo llegue a sentir odio hacia los sanos y hacia sí mismo. En esa desesperación intuye que solo la vía de la verticalidad de la trascendencia, por experiencia propia, es el punto secreto del alma para elevarse, a pesar del dolor. No como estrategia global, sino como intercambio cara a cara que es único, igual que lo son las personas mismas. 

Segunda parte | Compartir para compadecer, el sufrimiento como una realidad personal 

S. Weil coloca el sentimiento de compasión sobre la experiencia personal de unicidad, no como si fuera una categoría de masas, sino de almas, y aquí sitúa el salto ontológico, ya que la desdicha se convierte en una forma de vivir el sufrimiento que pasa por la humillación. Ahí se hace consciente de la tendencia natural del hombre a la caída y su necesidad de acompañamiento individual, por lo que propone un combate personal para acompañar contra esa tendencia natural a la caída. Es en esa tensión donde descubre una disposición que abre al otro y ve el desprendimiento como una necesidad para llegar a la profundidad del ser, a la raíz del hombre donde está lo imprescindible. Es decir, una vez caídas las estrategias creadas busca un sentido más que una solución universal con la que se corre el peligro de estar abocado al sinsentido.  

Acompañar de cerca a alguien enfrenta el escándalo del mal y, en su opinión, es absurdo decir que el mundo no vale nada porque entonces, ¿de qué te priva el mal si eso de lo que te priva no vale nada? Acompañar tampoco puede ser un sentimiento, sino un acto meditado que necesita de discernimiento ya que la misión del acompañante implica una capacidad de aceptación sin que haya confusión con la víctima, rechazando ser protagonista, aceptando el sufrimiento para la compasión, olvidándose de sí. Este segundo plano es primordial para ser capaz de compadecer y adquirir cierta forma de mirada.  

Sin embargo, la misión del acompañante entraña un riesgo: mirar de lejos y olvidar lo cercano, de hecho, sigue siendo una incógnita el posicionamiento de Simone Weil frente al sufrimiento judío de la Segunda Guerra Mundial, algo que muchos autores le han reprochado. Esta tesis afronta el olvido de su pueblo haciéndolo compatible con su afán de implicarse, a la vez que examina sus prioridades personales. O sea, un mal social de la posmodernidad como es la soledad necesita a todo un cosmos para apoyarse, así la relación estable entre sus orígenes y ella misma puede ser el reflejo de una vocación más profunda que se asemeja con su destino eterno. 

Tercera parte | Co-pasión: el sufrimiento como una experiencia trascendente 

Definitivamente, la filósofa francesa acoge la necesidad de vivir la cruz para que pueda darse una compasión más profunda y toda esta reflexión que la abre a la trascendencia empieza por su experiencia: ella no había previsto ningún contacto real de persona a persona entre el hombre y Dios, fue una sorpresa total que le hizo abrirse a realidades no solo intelectuales. La conclusión necesaria fue la necesidad de adaptar sus estructuras intelectuales a sus descubrimientos personales, y no sabía que para avanzar en su pensamiento hacía falta renuncia, abrir la mente a algo superior a la propia mente. 

Aquí, el concepto de gracia tiene un sitio fundamental en la vivencia del que acompaña al que sufre. Por un lado, entiende que es imposible franquear el umbral de la empatía sin que aparezca la lástima, pero advierte de que esta solo llegue hasta cierto nivel, no al fondo último de la desgracia: es preciso despojarse de la lástima y dejar que la caridad tome el relevo, pues de lo contrario la gracia no llenará el vacío y quedará la herida abierta. 

Establece también una importante diferencia entre lo natural y lo sobrenatural: no hay compasión que sea natural porque sería negar el propio yo, sino que la compasión es sobrenatural, solo puede pasar por la perspectiva de Dios para ofrecerse a cambio de otro. La compasión, por tanto, como anhelo metafísico, pasa por un uso ampliado de la razón que se abre a la trascendencia, pues introducir dicha realidad por el único filtro de la razón generaría un tormento de duda permanente y permanecer autodidactas sería exponerse a sucesivas decepciones. 

Otro tema es el acompañamiento espiritual que ella necesitó por sus dudas de fe y su estancamiento en la búsqueda del sentido. Intentó siempre aliviar estas cuestiones en soledad, pero se veía incapaz de salir por sí misma, tenía sentimientos encontrados. El punto de inflexión se sitúa cuando descubre el sentido de la cruz como culmen de la compasión y el sufrimiento extremo compartido, y lo convirtió en un eje central de su mensaje, para creer le bastaba la cruz.  

Por último, relaciona la cruz y la resurrección intuyendo la necesidad de la revelación y se abre a acompañar al otro a través de la Eucaristía, donde encuentra consuelo en la batalla íntima. Constata que sus propias fuerzas no bastan para aliviar el sufrimiento de los demás ni el suyo propio: para tener la fuerza de contemplar la desgracia hace falta el pan sobrenatural.  

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