El método de llegar a una certeza

Tipos de certeza

Decía Russell que podemos saber aquello que podemos probar y que aquello que no puede ser “probado” no es digno de ser considerado. Si esto es así, no tomaríamos en consideración la mayoría de cosas que suceden en nuestra vida. Sintetizamos las certezas en tres tipos:

Certeza empírica: comprobamos por nosotros mismos cómo es una realidad. Sobre esta certeza descansa toda la ciencia moderna.

Certeza moral: tenemos pruebas o indicios suficientes para aceptar algo como verdadero. Hay infinitas cosas que no sabemos sobre el funcionamiento de las cosas pero no esperamos a aprenderlo o comprobarlo por nosotros mismos para usarlas (ejemplo, la medicina, nos fiamos de la persona que dice saber)

Certeza existencial: la propia del amor y de la fe.

El acercamiento a la figura de Jesús de Nazaret se hace desde esta última. 

La encíclica Fides et Ratio desarrolla esta colaboración entre la razón y la fe que permite tener certezas existenciales.

El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no solo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos, el crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean «recuperadas» sobre la base de la experiencia llevada que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. En efecto, ¿quién sería capaz de discutir críticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna?, ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan en línea de máxima como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquel que vive de creencias.

Es importante subrayar que la búsqueda de una certeza en el camino de la fe no es tratar de conseguir algún tipo de razonamiento que lleve por sí mismo a la fe, lo cual sería un atajo engañoso. Una vieja apologética cristiana cayó en ese engaño y apoyada en una razonabilidad real de la fe entró en el juego de la razón ilustrada que solo acepta lo que ve con claridad. Esa apologética racionalista ofreció una fe que era más ideología que un encuentro personal con Dios. Por muy cristiana que fuera no podía captar ni mostrar el misterio de la divinidad ni de la existencia.

Se trata de reconocer que, ante un hecho histórico que llama a posicionarse, la razón tiene su camino, hay un itinerario. No es el recorrido de llegar a la fe como a la conclusión de un razonamiento. Lo más que puede suceder es colocarnos ante algo más grande que nosotros que nos supera. Y en ese punto hace falta también la ayuda de lo que está detrás de ese abismo, que consideramos que es Dios mismo, para dar el salto. Pero es exactamente igual que en toda relación afectiva. Cuando se cae en la cuenta de que se ha encontrado al amor de la vida, hay un primer vértigo y la necesidad de que ese amor también de el paso hacia nosotros. Pero la razón no se anula, esta también hace su trayectoria en la búsqueda, unida al corazón. Ambos son la misma cosa, la humanidad de cada persona que busca el bien y la verdad para su vida a través de todas las herramientas que tiene, pensamiento, observación, intuición, experiencia, memoria, sentimiento…

¿Cómo adquirir certeza de la verdad de Jesucristo para todos en la actualidad? A la invitación “venid y veréis” se ha tenido que responder en todas las épocas, desde los primeros discípulos hasta hoy. Se puede conocer quién es Jesucristo en la medida en que se convive y se está con Él, experimentando lo que hace en la vida, entendiendo que este contacto tiene sus características en el caso de Jesús de Nazaret, evidentemente, pero así como los discípulos comenzaron a entrever la divinidad de Jesús al estar con Él, para el hombre del siglo XXI el método de conocimiento permanece intacto.

Ese método es el de toda amistad: el trato entre amigos. El conocimiento de Dios y su certeza comienzan con la experiencia, con aquello que se ve y se toca, un conocimiento objetivo de la realidad, una relación con alguien. Tal método, no solo es lo más correspondiente, sino también lo más razonable. Dios, que ha creado al ser humano inteligente y razonable, le ha dado la posibilidad de reconocer Su presencia. Sin embargo, este camino a la certeza sobrepasa los límites de la razón. Si se pudiera entender completamente a Dios ya no se trataría de lo inefable, lo totalmente otro por definición. Para comprender el pensamiento de Dios se debería ser como Él mismo, pero el aspecto que sí se puede captar es la humanidad de Jesús y la de los cristianos que lo han encontrado en la Iglesia, para que no haya que imaginar cómo es, sino que se pueda acceder a una relación personal con Él, en libertad.

“No creo que haya una prueba (como la de Euclides) demostrativa del cristianismo, ni de la existencia de la materia, ni de la buena voluntad y honestidad de mis mejores y más antiguos amigos. Pienso que las tres cosas son (excepto quizá la segunda) mucho más probables que las opuestas…y sobre por qué Dios no lo hace evidente ¿estamos seguros de que a Él le interesa siquiera un tipo de teísmo que consistiera en un consentimiento lógico a un argumento concluyente? ¿Nos interesa a nosotros en asuntos personales? Exijo de mi amigo que crea en mi buena intención, que es cierta sin tener una prueba demostrativa.” (C.S. Lewis)

John Nash, profesor de matemáticas y Premio Nobel en 1994, pronunció ante toda la academia un sencillo discurso dirigido a su esposa. Sus palabras contienen un itinerario hacia la certeza existencial, a través de certezas lógicas y matemáticas. Una vida a su lado ha verificado que en ese amor estaban todas sus razones, es decir, su certeza existencial, una seguridad mayor que la que le daban todas las ecuaciones que le llevaron al Nobel.  

Misterio y enigma

En el lenguaje religioso, la palabra misterio es un término que se usa con mucha frecuencia. A menudo se llama misterio a lo que no se entiende, a los problemas sin solución conocida. Pero, hablando con propiedad, no toda cuestión sin resolver o incomprensible es un misterio. Un enigma no es un misterio. Un enigma es una cuestión sin resolver, pero dentro de un horizonte de razonable esperanza de encontrar su solución. La curación de la tuberculosis era un enigma y ya no lo es, la curación del cáncer es un enigma que dejará de serlo con el avance de la oncología.

En cambio, ¿qué hacemos en la vida?, ¿para qué nos ha sido concedida? Es algo que no se sabe y que no se logrará saber por las solas luces. Se intuye que las respuestas a tales preguntas nos trascienden, es así como nos asomamos al misterio religioso. La pregunta del misterio es diferente a la del enigma, en una está en juego el sentido de la vida y en la otra no, por muy importante que pueda ser la medicina o la astronomía. Enigma es lo que resolvía Sherlock Holmes, misterio es lo que movía a la Madre Teresa de Calcuta. El auténtico sentido religioso, la fe, no consiste simplemente en rezar, sino en ponerse ante el misterio, como hizo Viktor Frankl. Esta palabra ha sido muy manipulada o rechazada sin razón, por no comprender su contexto y su alcance. Tiene sentido hablar del misterio de Cristo.

Por cierto, mi definición de religión es igual a la que ofreció Albert Einstein (1950), y que dice lo siguiente: “Ser religioso consiste en haber encontrado una respuesta a la pregunta ¿cuál es el sentido de la vida?”. Y hay todavía otra definición, propuesta por Ludwig Wittgenstein (1960), que dice lo siguiente: “Creer en Dios es comprobar que la vida tiene un sentido”. Como ven, Einstein, el físico, Wittgenstein, el filósofo, y yo, como psiquiatra, hemos propuesto definiciones de religión que se solapan unas a otras. 

El misterio es algo incomprensible porque está más allá de la capacidad de comprensión, es trascendente. Aceptarlo es razonable, pero no irracional. Irracional sería aceptar como verdadero lo contradictorio o lo absurdo (un círculo cuadrado o que 2+2 es igual a 5), pero no es irracional aceptar el fragmento del misterio que es posible conocer. Comprender la excepcionalidad de la persona de Jesús y adentrarse en verificar si todo lo que pretende ofrecer es verdad constituye un desafío que no anula, sino que invita a una nueva apertura.

Estas respuestas últimas serán posibles si el misterio se ha hecho un poco transparente, si Dios ha intervenido en la historia. Abrirse al todo que no se abarca es lo más razonable que se puede hacer. Verificar sería comparar si lo que el misterio permite conocer corresponde con la sed del corazón. Esta correspondencia, aunque no sea inmediata, es deseable, necesaria para no engañarse o dejarse arrastrar por cualquier tipo de trascendencia. Consiste en dejar que los pequeños fragmentos del misterio de Cristo, encontrados en cualquier momento de la vida, con su sencillez y su potencia provocadora hacia la libertad, puedan ser respuesta a una fe que siempre busca.

La característica propia del misterio es precisamente la de imponerse, no en virtud de ninguna deducción lógica o de alguna necesidad interior, sino al contrario, como una realidad que sacude los hábitos mentales e interviene turbando la exigencia de toda lógica y comprensión racional. Tan real que por más que se quiera no se puede rechazar. Jesucristo no se atiene a las capacidades intelectuales, sino que presenta una turbación para las actitudes. Por eso, se experimenta resistencia a creer en Él, porque es falsa la argumentación de quien piensa que el cristianismo es un descanso. Si Jesús representa algo es como cuando sucede el amor. La respuesta al amor y la respuesta a la fe son casi idénticas.