El ser humano es
sentido religioso

El filósofo griego por excelencia, Platón, reconocía la dificultad de llegar a un conocimiento preciso sobre estos asuntos. Pero hay otras voces autorizadas en la búsqueda del sentido religioso del ser humano:

En la mitología griega, Prometeo era el titán amigo de los mortales, conocido por robar el fuego de los dioses, darlo a los hombres para su uso y posteriormente ser castigado por Zeus por este motivo. Así fue como Prometeo invadió en el Monte Olimpo el taller de Hefesto (dios de la forja) y Atena (diosa de la guerra), y cometió tal fechoría para hacer el valioso regalo a la humanidad.

El dramaturgo griego Esquilo, en su “Prometeo encadenado” (1993), insinúa algo importante sobre lo que habrá que volver cuando, hacia el final de esa tragedia, hace a Hermes (dios mensajero) decir a Prometeo: “No aguardes ningún fin a este suplicio, hasta que venga un dios y asuma sobre sus hombros tu culpa y baje a las cavernas del Hades y a las moradas sin luz que hay en el tártaro” (aludiendo a la mazmorra de titanes).

Siete elementos destacan en su obra: que el hombre está condenado a una condición mortal y miserable; que esa condición es fruto de una culpa moral; que a pesar de todo el hombre no pierde la esperanza; que esa esperanza se ve permanentemente frustrada; que no puede el hombre superar por sí ni esa culpa ni esa condición; que toda superación depende de un poder sobrehumano; y que ese poder tendría que asumir sobre sí la propia culpa del hombre.

Sigue el pensamiento de F. Nietzsche (s. XIX), quien hizo una formulación explícita del sentido de la vida como problema en “El nacimiento de la tragedia”, donde el mitológico Sileno zanja con una respuesta nihilista, llena de orgullo y carente de ideales, las inquietudes del dios del vino Dionisio.

«Una vieja leyenda cuenta que durante mucho tiempo el rey Midas había intentado cazar en el bosque al sabio Sileno, acompañante de Dioniso, sin poder cogerlo. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey pregunta qué es lo mejor y más preferible para el hombre. Rígido e inmóvil calla el demón; hasta que, forzado por el rey, acaba prorrumpiendo estas palabras, en medio de una risa estridente:

Estirpe miserable de un día, hijos del azar y la fatiga, ¿por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti morir pronto».

Estos elementos son una constante en las leyendas antiguas. Y son también los que están presentes en el drama de la pretensión de Jesús.

¿Cómo afirma el poeta la no existencia de alguien si la nombra con un Tú? ¿Cómo sabe que se está refiriendo a ese Tú? Queriendo negar la existencia de Dios la afirma. Quiere o necesita hablar a alguien para reprocharle su malestar vital. Esta tensión entre lo que piensa y lo que hay en el rincón más profundo de su ser se da cuando esa forma de pensar no se abre a su misterio ni al de la vida. No termina de sentirse satisfecho porque resulta casi imposible negar el sentido aun cuando no se haya encontrado. La pregunta por la vida comienza por la vida concreta, la cual reclama un significado. Una razón no abierta al misterio se hace violencia a sí misma y mirar hacia arriba no supone huida, sino búsqueda.

Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge éstas mis quejas;

Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes,
cuando Tú de mi mente más te alejas;
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi alma endulzóme noches tristes.

[…] Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras,
existiría yo también de veras.

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