El ser humano lleva dentro preguntas,

el ser humano es pregunta

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El ser humano se ha preguntado siempre lo mismo y lo ha hecho de muchas maneras. Podemos decir que esta es su herencia. Ninguna generación ha dejado de preguntarse o ha podido encontrar una respuesta infalible que haya pasado a sus hijos para ahorrarles la búsqueda. Desde el inicio de los tiempos, desde esa mano en Altamira que parece decirnos “yo he sido, aunque vaya a desaparecer”, los hombres y mujeres han buscado los porqués de la existencia, del mundo, pero, sobre todo, de su existencia particular.

El filósofo Platón lo expresó de manera magistral en la antigüedad clásica. En el Fedón, la vida está planteada como la travesía de un mar. Por un lado, sostiene que no tomarse en serio las cuestiones propias del hombre es de cobardes y, por otro, que dada la dificultad de responder se requeriría la intervención de la mismísima divinidad para solucionarlas. Propone elegir alguna respuesta que haya satisfecho a los hombres y tomarla en consideración.

“Sobre las cuestiones de esta índole un conocimiento exacto es imposible o sumamente difícil en esta vida, pero no examinar a fondo lo que se dice sobre ellas, o desistir de hacerlo, es propio de hombre muy cobarde. Porque se debe conseguir: o descubrir por uno mismo qué es lo que hay de ellas, o al menos, tomar la tradición humana más difícil de rebatir y, embarcándose en ella, arriesgarse a realizar la travesía de la vida. Si es que no se puede hacer con mayor seguridad en navío más firme, como una revelación de la divinidad” .

El literato existencialista León Tosltoi escribió su Confesión cuando llegó a la cumbre literaria con “Guerra y Paz” y “Anna Karenina” a los 52 años, después de viajar por Europa, luchar en la guerra y llevar 15 años asentado con la familia en su pueblo natal. ¿Cuál es la confesión de un hombre que a los ojos de la sociedad ha triunfado? Considerar todos sus triunfos vanos, ver que hasta entonces su vida había transcurrido a tientas, que sus logros carecían de interés porque no respondían a un propósito que pudiese sortear la pregunta más elemental: ¿Por qué hacer lo que hacía? Tolstoi fue consciente de la radicalidad de la cuestión: la vida tiene sentido o no lo tiene, pero posponer la resolución del dilema o conformarse con respuestas prefabricadas la despojan de valor. Así, todo su proyecto vital vio peligrar sus cimientos puesto que la existencia misma de esos cimientos estaba en duda. La urgencia de la pregunta se evidenciaba en el palidecer de cualquier otra cuestión y no admitía aplazamiento.

«Cuando escribía, enseñaba lo que para mí era la única verdad: que era preciso vivir para dar lo mejor posible a uno mismo y a su familia. Y así lo hice hasta que hace cinco años comenzó a sucederme algo extraño: primero empecé a experimentar momentos de perplejidad; mi vida se detenía, como si no supiera cómo vivir ni qué hacer, y me sentí perdido y caí en la desesperación. Pero eso pasó y continué viviendo como antes. Después, esos momentos de perplejidad comenzaron a repetirse cada vez con más frecuencia, siempre en la misma forma. En esas ocasiones, cuando la vida se detenía, siempre surgían las mismas preguntas: ¿por qué? ¿Qué pasará después?

Al principio me pareció que esas preguntas eran inútiles, que estaban fuera de lugar. Creía que todas esas respuestas eran bien conocidas y que, si algún día quisiera ocuparme de resolverlas, no me costaría esfuerzo; que solo me faltaba tiempo para hacerlo, y que, cuando quisiera, daría con las respuestas. Las preguntas, sin embargo, cada vez me asaltaban con más frecuencia, exigiendo una respuesta cada vez con más insistencia, y esas preguntas sin responder caían como puntos negros siempre en el mismo sitio, acumulándose hasta formar una gran mancha.

[…] Comprendí que no era un malestar fortuito, sino algo muy serio, y que, si se repetían siempre las mismas preguntas, era porque había necesidad de contestarlas. Y eso traté de hacer. Las preguntas parecían tan estúpidas, tan simples, tan pueriles… Pero en cuanto me enfrenté a ellas y traté de responderlas, me convencí al instante, en primer lugar, de que no eran cuestiones pueriles ni estúpidas, sino las más importantes y profundas de la vida y, en segundo, que por mucho que me empeñara no lograría responderlas. Antes de ocuparme de mi hacienda de Samara, de la educación de mi hijo, de escribir libros, debía saber por qué lo hacía. Mientras no supiera la razón, no podía hacer nada. […] O bien, pensando en la gloria que me proporcionarían mis obras, me decía: “Muy bien, serás más famoso que Gógol, Pushkin, Shakespeare, Molière, y todos los escritores del mundo, ¿y después qué?”. Y no podía responder nada, nada.»

El periodista Indro Montanelli, hombre de éxito en su carrera como pocos, confirma que la búsqueda tomada en serio hace temblar el alma y conlleva un riesgo. No es ningún divertimento, nadie desea atravesar el campo de la vida y no encontrar nada al final si eso fuera posible.

«Lo confieso, yo no he vivido y no vivo la falta de fe con la desesperación de un Guerriero, de un Prezzolini, de un Giorgio Levi Della Vida (limitándome a las tribulaciones de mis contemporáneos, de las que puedo prestar testimonio). Sin embargo, siempre la he sentido y la siento como una profunda injusticia que priva a mi vida, ahora que ha llegado al momento de rendir cuentas, de cualquier sentido. Si mi destino es cerrar los ojos sin haber sabido de dónde vengo, a dónde voy y qué he venido a hacer aquí, más me valía no haberlos abierto nunca. Espero que el cardenal Martini no tome esta confesión mía por una impertinencia. Al menos en mi propósito, no es más que la declaración de un fracaso».

El irónico cineasta Woody Allen es mundialmente conocido por rebelarse públicamente contra la fractura de sentido que percibe en su interior. Una herida por la que respira en todas sus producciones cinematográficas y que le hace afirmar que hace cine para obviar la pregunta de la muerte.

“Vivimos en un mundo que no tiene sentido, ni propósito. Somos mortales, y todas las preguntas importantes… Para mí lo importante no ha sido nunca quién es el presidente de Estados Unidos, esas cuestiones van y vienen. Las preguntas importantes se quedan con nosotros y no tienen respuesta. ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿De qué va esto? ¿Por qué es importante que envejezcamos, por qué morimos? ¿Qué significa la vida? Y si no significa nada, ¿de qué sirve? Esas son las grandes cuestiones que nos vuelven locos, no tienen respuesta, y uno tiene que seguir adelante y olvidarse de ellas”.

Resulta paralela a la de Woody Allen la respuesta que da el periodista Augusto Guerriero cuando le responde a un lector que pedía consuelo y sentido a través de “una carta al director”. Guerriero se confiesa y es él quien pide ayuda ante una muerte que no se apiada de su falta de fe:

«Me dirijo a usted como el único que puede ayudarme. En 1941, con sólo 17 años, me tomé en serio el eslogan «fascista perfecto, libro y mosquetón» y dejé mi casa y mis estudios enrolándome en los batallones M. Combatí en Grecia contra los partisanos, fui herido, capturado después por los alemanes y llevado prisionero a Alemania. En la prisión enfermé de tuberculosis. Al volver a casa mantuve oculta mi enfermedad a todos, incluso a mis familiares. Y esto porque, en la mezquina mentalidad común, un enfermo de tuberculosis, aunque no sea contagioso (como es mi caso), es un ser a evitar, del que tener compasión y al que acercarse sólo si estás obligado a ello y con mil precauciones. Y yo no quería esto. Sabía que no era peligroso y quería vivir como todos los demás hombres, junto a todos los otros. Volví a estudiar, me diplomé y encontré un pequeño trabajo. He vivido durante años de forma descuidada, olvidando con frecuencia el haber estado enfermo alguna vez. Ahora, sin embargo, la enfermedad progresa y yo siento que se acerca mi fin. Durante el día me distraigo intentando vivir intensamente. Pero de noche no consigo dormir y el pensamiento de que dentro de poco dejaré de existir me produce un sudor frío. A veces creo enloquecer. Si tuviera el consuelo de la fe podría refugiarme en ella, encontraría la resignación necesaria. Pero, desgraciadamente, perdí la fe hace ya tiempo. Y las muchas lecturas, quizá demasiadas, que me la hicieron perder, no me han dado en cambio esa frialdad, esa tranquilidad que permite a otros afrontar el paso serenamente. En definitiva, me quedado solo e indefenso… Y por esto me dirijo a usted. Admiro su serenidad, que se refleja en todos sus escritos, y le envidio. Estoy seguro de que una carta suya me sería de gran alivio y me daría fuerzas. Si puede, le ruego que me ayude».

A los 62 años el cantante de Los Rolling Stones decía en la revista Elle que seguía haciéndose la pregunta del sentido de su vida, aunque no sabía si iba a encontrar la respuesta.

«Dentro de la gran tradición del rock, rara vez se evoca el tema de la espiritualidad. Por tanto, he tenido que recrear esta canción (Joy, del disco Goddess in the Doorway) explicando que iba al volante de mi coche conduciendo a través del desierto, algo así como si fuese un solitario cowboy. En la vida real, en mi vida, procuro mantener una cierta perspectiva, alejarme un poco de mis bienes materiales y preguntarme qué hago en el mundo. Aún no puedo decir que haya encontrado la respuesta, pero al menos me hago la pregunta…».

Ante la pregunta: huir, ignorar o afrontar

El ser humano es libre de huir, ignorar o afrontar, puede escuchar o no las interrogantes de la vida. Lo paradójico es que no es libre para escoger el juego, sino para posicionarse en él, ha nacido con una sed que no escogió. Es libre para hacer lo que quiera con ella, afrontarla o ignorarla, saciarla definitivamente o a ratos.

Suponemos algunos razonamientos que recogen la intuición profunda que nos constituye, pues si Dios no puede iluminar las respuestas, ¿qué Dios sería? No parece razonable intuir un Dios ignorante. Pero si pudiendo intervenir en la historia no lo hace ¿sería indiferente de su creación?, ¿puede crearnos con hambre de algo inexistente? La pregunta pertinente para buscar en serio a Dios, más allá de una teoría o idea abstracta, es si existe el Dios que interviene en las cosas humanas.

La búsqueda de sentido es gradual y pasa por distintos campos de conocimiento, a través de la ciencia, la filosofía y la teología. El artista Roger Wagner y el físico Andrew Briggss descubren las influencias cruzadas entre la ciencia y la religión. El deseo de trascendencia (la curiosidad última) y la indagación de la naturaleza (que los autores denominan curiosidad penúltima) se influyen mutuamente a lo largo de la historia.

Aunque la interacción entre la religión abrahámica y la filosofía griega se hubieran iniciado en Alejandría, el entrelazamiento entre religión y ciencia no había comenzado aquí. Remontándonos más atrás en la historia pronto vimos claramente que la notable investigación científica emprendida por Aristóteles y sus discípulos había estado estrechamente conectada con una revolución previa en el pensamiento religioso.

¿No podrían estar la diversidad de alcances singulares de la curiosidad humana conectados fundamentalmente con la capacidad de la mente humana de integrar percepciones diferentes del mundo? De ser así, la respuesta última a la pregunta que hemos planteado sobre el origen del impulso de integrar religión y ciencia, y el verdadero comienzo de la historia, deben remontarse a la primera aparición de una conciencia específicamente humana. Ahí donde la naturaleza y el alcance de la curiosidad humana comienzan por primera vez a vislumbrarse era donde tenían que encontrarse los comienzos de una respuesta a nuestra pregunta última.

La Curiosidad Penúltima |  A. Briggs y R. Wagner. 

Se puede expresar de distintas maneras, con las palabras de una cultura, de una formación y de una forma de ser, pero parece imposible preguntarse por el sentido de la vida sin recurrir a quien nos hizo, sea cual sea la idea que se tenga de él. Esa especie de instinto religioso está en todas las personas.

Una mirada a vuelapluma a la historia antigua muestra con claridad cómo en distintas partes de la tierra brotaron las preguntas de fondo y siguen haciéndolo: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos y a dónde vamos? ¿Por qué existe el mal? ¿Qué hay después de esta vida?

Tienen su origen en la necesidad de sentido que acucia el corazón y de su respuesta depende la orientación de la existencia.

¿Depende de ti reconocer a Dios? – Café Newman con Ricardo Franco.

 ¿Qué significa ser verdaderamente religioso? – Ciclo Horizontes de Razón Abierta.

«No me gustaría morir y darme cuenta de que no he vivido» – Entrevista a Francesc Torralba, filósofo, teólogo y catedrático de la Universidad Ramón Llull.

Cautivado por el sentido – Entrevista a Alister McGrath, profesor de la Universidad de Oxford.

Es instintivo mirar hacia arriba. No se trata de especular sobre estos asuntos. Esta intuición de sentido es posible no solo para el creyente, sino incluso para el hombre que no cree, como Octavio Paz lo intuye con una hermosa expresión poética.

Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben
sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
Alguien me deletrea.

El cantante Coque Malla se denomina ateo, pero en una entrevista con Cayetana Guillén Cuervo confiesa que sentía la necesidad de pedir a alguien, alguien que fuera capaz de hacer algo, de intervenir en el mundo, que hiciera el milagro de que las cosas sean buenas y bellas. No solo no lo pide en abstracto, sino que necesita un Tú al que hacerlo, y este Tú debe ser santo, es decir, bueno, victorioso en la lucha del mundo.