Dicen que ha resucitado

Jesús de Nazaret tiene una pretensión inaudita. Sin embargo, su vida terminó en la muerte, al igual que cualquiera de nosotros. Si Jesús es un muerto más, su pretensión no interesa, quedó enterrada con él y se convierte en un hermoso recuerdo. No obstante, después de su muerte sucedió algo extraño.

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“Por lo demás, Paul-Louis Couchoud, el representante más notable y difundido de la escuela mitológica, frente a sus colegas contemporáneos, críticos racionalistas al estilo de Guignebert, argumentaba de esta manera: Quien intente esclarecer los orígenes del cristianismo deberá tomar una importante decisión. Jesús es un problema. El cristianismo es otro. El investigador no podrá resolver ninguno de estos dos problemas si no considera que el otro es irresoluble. Si se queda en el problema de Jesús, tendrá que recorrer el camino de los biblistas racionalistas. De ahí saldrá el cuadro -con más o menos colores- de un agitador mesiánico, un rabbí del tiempo de los últimos Herodes. Tendrá que atribuirle rasgos creíbles para poderlo integrar en la historia. Si es un hábil crítico conseguirá un retrato aceptable capaz de merecer elogios.
Sin embargo, prosigue el especialista francés, el cristianismo aparecerá como un hecho inexplicable. ¿Cómo aquel ignorado Maestro se ha convertido en Hijo de Dios, objeto continuo del culto y de la teología cristiana? Aquí nos encontramos fuera de los caminos abiertos de la historia. Faltan analogías. El cristianismo es un increíble absurdo y el más osado de los milagros”.

Vittorio Messori, «Dicen que ha resucitado», p. 119

3.1. La evidencia paulina

Existen textos cuya redacción es muy cercana al hecho de la Resurrección. Los expertos estudiosos en torno a este tema coinciden en que los textos son redactados en las primeras dos o tres décadas posteriores al hecho. Entre ellos, destaca la primera carta de Pablo a los Corintios:

«Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí».

(1 Co 15, 3-8)

Hay una gran mayoría de historiadores que respecto a este texto muestran un consenso sobre el hecho de provenir de las tres primeras décadas del cristianismo. Defienden que el credo estaba «en uso en el año 30 d.C.«, en palabras del teólogo alemán Walter Kasper («Jesus the Christ»), y prácticamente ningún erudito lo sitúa más allá de los años 40, como señala el catedrático de la Universidad Gregoriana de Roma, Gerald O’ Collins. Por lo que él sabe, no hay expertos que pongan fecha a esta fórmula de fe más tarde de los primeros años de la década de los 40 y aporta una gran cantidad de citas de expertos en su ensayo «What are they saying about the Resurrection?»: 

«The date for the formula’s composition which many scholars assign to the thirties, and none, I think, after the late forties».

O’ Collins (1978). «What Are They Saying About the Resurrection?», p. 112

Es así como los estudiosos bíblicos estadounidenses Bruce Metzger y Michael Coogan, en el manual «The Oxford Companion to the Bible», reconocen que este credo se remonta al año 35 d.C.: 

«El registro más antiguo de estas apariciones se encuentra en 1 Corintios 15: 3-7, una tradición que Pablo ‘recibió’ después de su llamado apostólico, ciertamente no más tarde de su visita a Jerusalén en 35 EC, cuando vio a Cefas (Pedro) y Santiago (Gálatas 1: 18-19), quienes, como él, fueron receptores de apariciones». 

Metzer & Coogan (1993). «The Oxford Companion to the Bible», p. 647

Gerd Lüdemann, profesor ateo del Nuevo Testamento en Göttingen, lo sitúa en torno al 30 d.C. cuando escribe «The Resurrection of Jesus», posteriormente traducido al español por John Bowden: 

«Los elementos de la tradición deben fecharse en los primeros dos años después de la crucifixión de Jesús… a más tardar tres años … la formación de las tradiciones de apariencia mencionadas en I Corintios 15.3-8 cae en el tiempo entre 30 y 33 EC». 

Lüdemann (1994). «La Resurrección de Jesús», pp. 171-72

Robert Funk, erudito no cristiano, fundador del Seminario de Jesús, también habla del año 30 como fecha clave del texto de Corintios en el libro «The Five Gospels: What did Jesus really?» que escribe junto a Roy W. Hoover, profesor de literatura bíblica el Whitman College de Walla (Washington):

«La convicción de que Jesús había resucitado de entre los muertos ya había echado raíces cuando Pablo se convirtió alrededor del año 33 E.C. En el supuesto de que Jesús murió alrededor del año 30 E.C., el tiempo para el desarrollo fue como máximo de dos o tres años». 

Hoover y el Seminario de Jesús (1998). «Los Hechos de Jesús», p. 466

A.J.M. Wedderburn, profesor no cristiano del Nuevo Testamento en Munich, defiende la hipótesis de los primeros 30 años en la obra «Más allá de la Resurrección»: 

«Uno tiene razón al hablar de ‘tiempos más antiguos’ aquí, … muy probablemente en la primera mitad de los años 30». 

Wedderburn (1999). «Más allá de la Resurrección», pp. 113-114

Sin embargo, es interesante comprobar cómo se observa este asunto desde otros ámbitos. El novelista y guionista televisivo británico Peter May lo menciona en su entrada de audio online «La Resurrección de Jesús y el testimonio de Pablo»:

«Generalmente se cree que la muerte de Cristo ocurrió en el año 30 (o 33) d.C. Pablo escribió su carta a la iglesia en Corinto alrededor del año 55 d.C., unos 25 años después. Él les había entregado este credo cuando visitó Corinto en el año 51 d.C. Pocas fechas podrían ser más seguras, porque mientras estuvo allí fue llevado ante el procónsul romano Galión (Hechos 18:12-17). Galión, que posteriormente conspiró contra Nerón, era hermano del filósofo Séneca. El proconsulado era un puesto de un año y una inscripción de piedra romana encontrada a principios del siglo 20 en la cercana Delfos registra su período de oficina como 51-52 d.C. Esta fecha está tan firmemente establecida que se ha convertido en uno de los ejes para calcular las fechas del resto de la cronología del Nuevo Testamento».

May (2008). «La Resurrección de Jesús y el testimonio de Pablo«. En línea en bethinking.org

Incluso el pastor evangélico de Hamburgo, Ulrich Wilckens, lo fecha como uno de los textos más antiguos de todos dentro del cristianismo:

«Indudablemente se remonta a la fase más antigua de todas en la historia del cristianismo primitivo».

Wilckens (1977). «Resurrection: Biblical Testimony to the Resurrection: An Historical Examination and Explanation», p. 2

En definitiva, Pinchas Lapide, uno de los grandes expertos judíos contemporáneos en esta materia, sobre la credibilidad de 1Co 15, 3-8 hace el siguiente comentario en «The Resurrection of Jesus: A Jewish Perspective»:

«Esta pieza unificada de la tradición, que pronto se solidificó en una fórmula de fe, puede considerarse como una declaración de testigos oculares para quienes la experiencia de la resurrección se convirtió en el punto de inflexión de sus vidas».

Lapide (1983). «La Resurrección de Jesús: Una perspectiva judía», p. 99

David Flusser, profesor judío de historia del Segundo Templo y del Nuevo Testamento en la Universidad Hebrea de Jerusalén, discípulo del historiador Gershom Scholem, sostiene que no hay motivos para dudar del contenido de la carta corintia:

«No tenemos ningún motivo para dudar de que el Crucificado se apareciera a Pedro, luego a los doce, después a más de quinientos hermanos a la vez (…) luego a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles, y finalmente a Pablo en el camino de Damasco».

Flusser (1975). «Jesús, en sus palabras y en su tiempo», p. 138

James Dunn, profesor en Durham, aporta más información en su extensa obra de tres volúmenes «Jesús recordado», sobre el cristianismo en sus comienzos:

«A pesar de las incertidumbres sobre el alcance de la tradición que Pablo recibió, no hay razón para dudar de que esta información fue comunicada a Pablo como parte de su catequesis introductoria (16.3). Habría necesitado ser informado de los precedentes para dar sentido a lo que le había sucedido. Cuando dice: «Te entregué (paredoka) como de primera importancia (en protois) lo que también recibí (parelabon)» (15.3), ciertamente no implica que la tradición se volvió importante para él solo en una fecha posterior. Lo más probable es que indique la importancia de la tradición para sí mismo desde el principio; por eso se aseguró de pasárselo a los corintios cuando creyeron por primera vez (15.1-2). Esta tradición, podemos estar completamente seguros, fue formulada como tradición a los pocos meses de la muerte de Jesús”.

Dunn (2003). «Jesús recordado», pp. 854-855

Estudiaremos a continuación la credibilidad del hecho del anuncio de la Resurrección. Igual que con la pretensión, este hecho nos presenta tres posibilidades: los discípulos se inventan la Resurrección, se engañan a sí mismos o están contando algo que realmente pasó

3.2. ¿Los discípulos se inventan la Resurrección?

Hemos analizado ya que la psicología de la mentira necesita un relato creíble, un móvil razonable y unos testigos creíbles. En ese orden analizaremos lo que hacían y decían los que acompañaban a Jesús. 

3.2.1. ¿El relato es creíble?

Puestos a mentir, los primeros cristianos hubieran inventado algo que pudiera ser creído, que encajara con la mentalidad de los judíos. Ante el hecho de la muerte, los judíos creen en la resurrección final o un rapto corporal al cielo de un personaje concreto (no muere, no hay resurrección), como en el caso del profeta Elías (2 Reyes 2, 11), Henoc, Esdras y Baruc. En el caso de los relatos evangélicos sobre el hijo de la viuda de Naím, la hija de Jairo o Lázaro estos vuelven a la vida para morir, pero aquí se habla de alguien que vuelve a otro tipo de vida y, por tanto, ha entrado en una existencia nueva. 

«Cristo murió, más aún, resucitó y está sentado a la derecha de Dios». (Rom 8, 34)

«Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios». (Col 3)

«Así pues, pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, Dios anuncia ahora en todas partes a todos los humanos que se conviertan. Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con justicia, por medio del hombre a quien él ha designado; y ha dado a todos la garantía de esto, resucitándolo de entre los muertos». (Hch 17, 30)

Que Jesús hubiera resucitado en solitario y antes del final de los tiempos era algo imposible de admitir o siquiera de imaginar. Lo que afirman los Apóstoles no es que han tenido una visión de Cristo, sino que han visto a Cristo resucitado y han comido con él. Y consta que saben distinguir entre visiones, apariciones y fantasías: «Porque no fue siguiendo artificiosas fábulas como os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino como quienes han sido testigos oculares de su majestad» (2 Pe 1, 16-18). ¿Cómo dieron el salto a afirmar que había resucitado? 

A los Apóstoles no se les hubiera podido ocurrir interpretar aquellas visiones como una Resurrección porque la única idea de cuerpo resucitado que podían tener era la del que retorna a la misma vida que llevaba antes, sin embargo, afirman que Jesús ha vuelto a la vida y ya no muere más, que es un cuerpo humano que aparece y desaparece, entra y sale de habitaciones cerradas, come y es tocable. Si no fuera porque habían experimentado la corporeidad, solo por la mera visión jamás hubieran llegado a afirmar que era el cuerpo de Cristo resucitado: Tomás no quiere visiones (Jn 20, 24), Cristo resucitado quiere ser palpado para que reconozcan esa diferencia (Lc 24, 36), hablan después de haber visto con sus propios ojos (2 Pe 1, 16). Lo hacen poniendo a Dios por testigo y conscientes de las consecuencias que de ello se siguen. En virtud de esa fe se imponía una rendición incondicional de sus vidas a aquel Jesús que sabían cómo había terminado.

Por otro lado, la verosimilitud de un relato va íntimamente ligado a la credibilidad de quien lo cuenta. Las primeras en ver a Cristo resucitado son mujeres, María Magdalena, María de Cleofás y otras más. El pasaje de Lucas (Lc 24, 11) afirma: “dijeron esto a los Apóstoles, pero a ellos les parecieron desatinos tales relatos y no los creyeron”. El historiador Flavio Josefo relata en sus “Antigüedades Judaicas” que las mujeres no podían ser creíbles en un juicio: “Los testimonios de mujeres no son válidos y no se les da crédito entre nosotros, por causa de la frivolidad y la desfachatez que caracterizan a este sexo”. Los romanos tampoco daban valor testimonial a la palabra de una mujer en un juicio: Celso, el gran adversario dialéctico de los cristianos del siglo II, dijo que “los galileos creen en una Resurrección atestiguada tan solo por algunas mujeres histéricas”. San Pablo no cita mujeres en su lista de testigos de la Resurrección (1 Co 15, 3). Ciertamente, dar tanta importancia en los relatos de la Resurrección al testimonio de unas mujeres no favorecía la credibilidad de esos relatos, no obstante, ahí están, no los borran, quizá porque así fue como sucedió. Al igual que Jesús dice y hace cosas que chocan con el contexto judío y se nos hace poco razonable que con esa actitud quisiera mentir y conseguir algún fin en ese marco, no tiene sentido que los discípulos si quieren engañar pongan el testimonio de mujeres por delante. No por ser mujeres, sino porque no eran creíbles en un juicio como testigos, es decir, de su opinión no podía derivarse una consecuencia jurídica.

En todo caso, ante el revuelo creado en Jerusalén por la Resurrección de Jesús, el Sumo Sacerdote con el Sanedrín se reúne y advierte a los Apóstoles: “Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre, y sin embargo habéis llenado Jerusalén con vuestra predicación y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre” (Hch 5, 28). La hipótesis de la mentira se disolvería con el simple hecho de mostrar el cadáver que estaba custodiado por los guardias romanos. Que no lo hicieran solo tiene una explicación: no había cuerpo que presentar, el sepulcro estaba vacío. El hecho de que lo proclamaran por todo Jerusalén, solo unos días o semanas después de los hechos, y que el anuncio prevaleciera indica que no pudo ser refutado. El sepulcro vacío solo ofrece dos posibilidades: alguien ha robado el cuerpo o las cosas sucedieron realmente como las cuentan los testigos. 

3.2.2. ¿Robaron el cadáver?

Si el cadáver de Jesús fue robado, ¿quién lo hizo? Parece claro que no fueron judíos ni romanos. ¿Para qué crear problemas de esa manera, y más, con los movimientos molestos y gente sospechosa alrededor del difunto? Los propios judíos solicitaron a Pilato poner guardia en el sepulcro para evitar el robo del cadáver y la consiguiente mentira sobre la Resurrección.

La escena del supuesto robo es esta: una tumba excavada en la roca y cerrada por una enorme piedra redonda. Delante del sepulcro había una guardia puesta específicamente para evitar el robo. En el supuesto de que unos rudos seguidores del difunto hubieran ganado en la pelea contra unos soldados profesionales, ¿la lucha no hizo ruido en la silenciosa madrugada de Jerusalén llena de peregrinos que dormían, dentro y fuera de la ciudad? ¿Y qué hay del escándalo que hubiera causado que unos judíos se hubieran enfrentado a soldados romanos y les hubieran podido? ¿Dónde están los guardias heridos en la lucha? No hay más que presentarlos ante el pueblo para probar el robo. Pero es que además profanar una tumba para un judío es un pecado grave y tiene que purificarse. 

Solo queda pensar que el cuerpo fue robado mientras la guardia romana dormía, pero según el código de honor militar romano, un soldado que se dormía durante su guardia era castigado muy severamente porque de ellos dependía la seguridad de los que estaban descansado. ¿Y se durmieron los guardias? ¿En una misión que, además, no era rutinaria, sino pedida expresamente ante un peligro probable? (Mt 27, 62). En medio del silencio de la noche, a pocos metros de donde vigilaban, ¿alguien corre una piedra de semejante tamaño y los guardias siguen durmiendo? 

Esta hipótesis del robo sigiloso es insostenible. Si efectivamente los Apóstoles hubieran robado el cadáver y después andaban por Jerusalén hablando de ese muerto, diciendo que las autoridades eran responsables de esa muerte (Hch 2, 23), ¿nadie los juzga por profanar una tumba y robar un cadáver? Es difícil creer que esto sea mentira y sigue habiendo un sepulcro inexplicablemente vacío. 

«Si los discípulos robaron el cuerpo de Jesús, para explicar su desaparición, estos no debían necesariamente recurrir a la difícil hipótesis de la resurrección; podían haber echado mano de la concepción judía del rapto corporal al cielo, como la tradición judía afirma de algunos de sus personajes; por ejemplo, Henoc, Elías, Esdras y Baruc. No obstante, los Apóstoles afirmaron insistentemente que el cuerpo de Jesús desapareció del sepulcro a causa de su resurrección de entre los muertos. Y esto a pesar de que el sepulcro vacío no era por sí mismo suficiente prueba del hecho de la resurrección. La insistente afirmación apostólica solo puede deberse a una lealtad con lo que realmente sucedió».

J. M. García, «Los orígenes históricos del cristianismo», p. 219

3.2.3. ¿Los discípulos se autoengañan?

Hemos visto que es difícil que el hecho de la Resurrección de Jesús sea una mentira que podría haber sido fácilmente desmontada por la aparición del cadáver, por tanto, queda la posibilidad de que sea un autoengaño de los Apóstoles. Se podría pensar que los discípulos, hundidos en el fracaso total del maestro, emocional y psíquicamente destrozados y sugestionados por las palabras de Jesús, sufrieron una alucinación y no una simple visión. 

Se dan dos circunstancias. En primer lugar, la psiquiatría revela que ninguna alucinación va acompañada de la duda sobre lo que se cree haber visto. Sin embargo, algunos de los protagonistas de las supuestas alucinaciones dudan. Cabe destacar que las patologías alucinatorias son progresivas hasta la ruptura total de la personalidad si no son tratadas, pero esta empezó y terminó en 40 días. Segundo, cada persona no alucina igual. No obstante, estaríamos hablando de alucinación colectiva (María Magdalena, los once en el Cenáculo, los dos de Emaús, los 500, Pedro, Santiago, entre otros), una alucinación colectiva idéntica para todos no se conoce. Podría hipotetizarse una especie de contagio psicológico en el grupo, deprimido por el fracaso y la muerte del líder, pero ¿cómo se explica que Pablo, persiguiendo a los cristianos, viera también al resucitado varios años después de su muerte? No es posible que estuviera sugestionado por la supuesta locura de aquellos a quienes perseguía. De nuevo, si ellos alucinaron y expandieron semejante delirio, las autoridades judías o romanas podían haber fácilmente parado el engaño mostrando el cadáver, pero no los trataron como dementes, sino como herejes.

La supuesta alucinación explicaría solo los relatos de las apariciones posteriores a la muerte, no la tumba vacía ni la pérdida del cadáver. La única conclusión posible es que nadie, nunca, ha dado una explicación alternativa a la Resurrección de Jesús que satisfactoriamente explique la existencia de los relatos posteriores en los Evangelios, el origen de la fe cristiana, el fracaso de los enemigos de Cristo aportando el cadáver para frenar la mentira, la existencia de la tumba vacía y la piedra rodada. Esto no quiere decir que la Resurrección de Jesús esté probada, sino que hay que asomarse a esa posibilidad para posicionarse ante el hecho real.

3.3. ¿Hay analogías de la Resurrección en otras religiones? 

A partir de la Ilustración, algunos estudiosos del Nuevo Testamento desarrollaron la teoría de que la Resurrección de Jesús es una idea tomada de otras religiones por el cristianismo. En otras religiones existe algún tipo de analogía de divinidades que han muerto y resucitado de alguna manera.

Hay expertos que han profundizado entre las analogías que hay entre la Resurrección y creencias similares de otras religiones (egipcias, sumerias, etc.). A continuación, presentamos dos estudiosos que han hecho este análisis comparativo y que muestran con claridad que no hay una analogía real entre la Resurrección de Jesús y los dioses de otras religiones, puesto que las pruebas no son satisfactorias y que los paralelismos son muy superficiales.  

Ronald Nash es profesor de filosofía en Reformed Theological Seminary y Edwin Yamauchi es profesor de Historia en la Universidad de Miami. Estos son los textos donde analizan dichas analogías: 

Consideraciones sobre la tumba vacía de Jesús de Nazaret
Los expertos en el Sudario de Oviedo, Guillermo Heras, Felipe Montero, Alfonso Sánchez y Juan Manuel Miñarro, se reunieron en la Universidad Francisco de Vitoria para exponer sus respectivas consideraciones sobre la “tumba vacía” de Jesús de Nazaret y hacer públicos los resultados de su investigación conjunta.

  • Sobre el cadáverPara el ingeniero de Caminos, Guillermo Heras, ha habido una intencionalidad en un objeto solo descifrable del siglo XX en adelante. Se trata de un documento que habla de la relación de Jesús con la materia, que transforma la estructura material. Expone que Síndone y Sudario, que no han coincidido en su recorrido histórico, tienen una enorme concordancia científica.
  • Los hechosEn criminología bastan 12 puntos de coincidencia para identificar al culpable de un delito y solo 8 para convencer a un juez. En esta investigación hay más de 12, y más de 50 concordancias entre Síndone y Sudario. Alfonso Sánchez se unió como médico forense a la investigación dado que había un material textil con restos de sangre. Con lo que no contaba era con poder concluir que cubrieron al mismo cadáver, ya que el grado de compatibilidad entre ambos lienzos resulta elevadísimo.
  • La imagenEl doctor en Bellas Artes, Juan Manuel Miñarro, nunca podría haber imaginado que sin imagen en el Sudario se pudieran sacar conclusiones tan extraordinarias. Se comprometió con la reconstrucción de un retrato alternativo al de la Síndone. En su metodología respetó la proporción geométrica de los rasgos faciales y usó la antropología físicapara evitar el capricho y provocar la armonía, de manera que no superpuso manchas, sino aspectos estables. 
  • Al microscopioEl ingeniero técnico químico, Felipe Montero, ha tenido bajo su microscopio durante casi 33 años el lienzo que se venera desde el 711 cuando Alfonso II mandó conservar la reliquia. El día que cortó una muestra minúscula del borde superior dio comienzo a una investigación que daría un vuelco a su carrera de ingeniero en una compañía eléctrica.

También puedes pinchar aquí para ver entrevistas más breves con los expertos.

Amplía tu información sobre la Sábana Santa de Turín con la exposición virtual del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum o entra en la página web del Centro Español de Sindología para ver las conclusiones de STURP (Shroud of Turin Research Corporation) en su informe final de 1981.

Un artículo publicado en 2020 por el investigador francés Pierre de Riedmatten recoge todo lo que dicen sobre la Síndone los numerosos estudios científicos que se han realizado sobre ella.

Además, es interesante consultar este profuso artículo del P. Jorge Loring en el que se explica por qué el lienzo no puede ser del año 1.300 como dijeron los analistas del carbono-14.

3.4. Conclusión

Concluimos haciendo una panorámica del día siguiente de la crucifixión: mientras caían las tinieblas, las últimas mujeres volvieron a casa. Todos estaban llenos de dolor, vergüenza, desolación y fracaso. ¿Qué quedaba sino un cuerpo muerto, destrozado? Soledad. Ni siquiera le lloraron abiertamente, porque a los condenados a muerte no se les llora. Ni siquiera le acompañaron todos sus discípulos. ¿Dónde están los que habían dicho moriremos contigo si hace falta? Judas se ha suicidado. Pedro le ha negado. Están escondidos porque todo en lo que creían se ha acabado. Su Señor ha muerto como un criminal, apaleado, azotado, entre risas y burlas, escupido, denigrado. Comienza el sábado de soledad en el sepulcro y de desesperación en el corazón de los discípulos. Frente al sepulcro nadie esperaba que pudiera abrirse nunca. ¿Quién nos correrá la piedra? Es la expresión que utilizan las mujeres que van a embalsamar el cuerpo. Esta afirmación es el grito metafísico, existencial, de toda la humanidad, que es lo mismo que decir ¿quién podrá solucionar este final al que estamos abocados?

La mañana del domingo los que estaban asustados se alegran y empiezan a decirse unos a otros que Cristo ha resucitado, que lo han visto, que han comido y hablado con Él, llenos de inmensa alegría, transformados. Y lo hacen en Jerusalén, cerca de las autoridades judías y romanas que han condenado a Cristo hace solo unos días, delante del pueblo que prefirió a Barrabás. A escasos metros de la Cruz, pasan del miedo a la fe, de la desesperanza a la confianza, de la confusión a la certeza, de la cobardía a la voluntad inquebrantable. Siguen siendo Pedro, Juan, Tomás…, pero ya no son los mismos. Deciden predicar un mensaje que no empieza con programas sociopolíticos, máximas ejemplares o indicaciones morales. Aseguran a todo el mundo que Cristo está vivo, que ha salvado a la humanidad y que, por el Espíritu Santo, ofrece una vida nueva. Ante la pregunta de qué les había pasado respondían que Jesús ha resucitado. Sin más adornos, con el estilo directo de quien ha sido testigo de un hecho y lo cuenta como lo ha visto. De repente, el sepulcro es olvidado, el maestro tan querido no es visitado por nadie en su tumba. ¿Cómo se explica todo esto?

En el análisis que hemos seguido para explorar las distintas hipótesis tras la muerte de Jesús hemos visto que parece que la Resurrección no es una mentira o un autoengaño, y que se presenta como la única posibilidad. No obstante, no podemos probar la Resurrección. Esta, si se acepta, nos introduce en el ámbito existencial. El acontecimiento nos pone en una situación de libertad y decisión. Con las señales que existen podemos tomar uno u otro camino.

Esto sería insignificante si el hecho que cuentan los textos del Nuevo testamento hablara de realidades ajenas al ser humano y al presente, pero la realidad es que el hombre, como decía Gustave Thibon:

“Es un ser que piensa, que ama, que va a morir y que los sabe. Poco importa que se esfuerce en olvidarlo, que intente vendarse los ojos inútilmente con las apariencias: los ojos del alma no se ciegan como los del cuerpo, y el hombre lo sabe. Es su única certeza, la única promesa que no ha de fallar, la gran paradoja de la vida, cuya suprema verdad se halla en la muerte”.

Gustave Thibon, «Nuestra Mirada ciega ante la luz» 

Si esto es así, la Resurrección de alguien que pisó la tierra como nosotros nos interesa. Supondría que nuestra muerte y la de aquellos que nos importan tiene una posibilidad de ser algo distinto a lo que contemplan nuestros sentidos, el fin de todo. Este es el caso de dos escritores que han perdido a su hijo: Ernesto Sábato y Carlos Fuentes. El primero nos relata que no buscaba en Dios una afirmación o negación de su existencia, sino la posibilidad de reencontrarse con el hijo amado y de, mientras tanto, alguien que le salvara del dolor y le cogiera de la mano. Es decir, su fe en ese Jesús tiene que ver con alguien que sea capaz de atravesar el mayor de los misterios del hombre: la muerte y su dolor. Solo se puede confiar en eso, aunque no lleguemos a hacer todo el recorrido de forma exhaustiva como hemos hecho hasta ahora, si le damos la posibilidad a ese Jesús de haber atravesado la muerte y haberla de alguna manera señoreado, poniéndola a sus plantas. 

Leemos el testimonio de Ernesto Sábato:

«La tarde desaparece imperceptiblemente, y me veo rodeado por la oscuridad que acaba por agravar las dudas, los desalientos, el descreimiento en un Dios que justifique tanto dolor. En este atardecer de 1998, continúo escuchando la música que él amaba, aguardando con infinita esperanza el momento de reencontrarnos en ese otro mundo, en ese mundo que quizá, quizá exista. ¿Cómo mantener la fe, cómo no dudar cuando se muere un chiquito de hambre, o en medio de grandes dolores, de leucemia o de meningitis, o cuando un jubilado se ahorca porque está solo, viejo, hambriento y sin nadie? Después de la muerte de Jorge ya no soy el mismo, me he convertido en un ser extremadamente necesitado, que no para de buscar un indicio que muestre esa eternidad donde recuperar su abrazo. En mi imposibilidad de revivir a Jorge busqué en las religiones, en la parapsicología, en las habladurías esotéricas, pero no buscaba a Dios como una afirmación o una negación, sino como una persona que me salvara, que me llevara de la mano como a un niño que sufre» .

E. Sábato, Antes del fin, pp. 145-146, 152, 159 y 171. En J.R. Ayllón, «Dios y los Náufragos», p. 51

Podemos unir esta última súplica de Sábato con la afirmación que hace Carlos Fuentes al indicar que Jesús no resucita a muertos, sino a vivos. Se trata de un Jesús que no solo “sirve” para dar explicación del más allá, sino que se queda también en nuestra vida desde esa victoria. Un Jesús que se intuye tiene poder sobre la vida y sobre la muerte, siendo esta la mayor enemiga del hombre. Fuentes, al que también se le ha muerto un hijo, afirma que es Jesús el que rescata a su hijo, a pesar, afirma, de la Iglesia. Merece la pena reparar en las palabras de este escritor por su fuerza existencial y también porque nos ayudaran a dar paso a nuestra siguiente parte del Seminario sobre la Iglesia.

Reflexiones del escritor Carlos Fuentes ante la muerte de su hijo