Muerte y Resurrección

La muerte no es un problema teórico. Aunque los seres humanos podamos vivir nuestro tiempo sin consideración de lo breve y lo irreversible que es, cuando nos damos cuenta de que la muerte nos va a afectar  explícitamente, concretamente, realmente, este acontecimiento pasa de ser una abstracción a una realidad que me hace preguntarme el significado de quién soy. En el momento en el que comprendemos que nuestra vida no es para siempre y que las cosas no vuelven dos días, en ese mismo momento, nos hemos topado con la muerte. Podemos esforzarnos por vivir despreocupados de la realidad de nuestra muerte o tenerla siempre presente. Lo que en principio experimentamos es angustia, pero a la larga es una bendición, porque nos permite vivir de pie, despiertos, buscando la razón de esta vida que es tan bella, pero tan insuficiente. 

Es lo que le sucedió al novelista Ernesto Sábato cuando su corazón anhelante de eternidad sufría por la pérdida de un hijo. ¿Existe dolor más grande para un padre que el fallecimiento de su propio hijo? La muerte le hacía vulnerable porque contra ella se estrellaban los sofismas o las respuestas a medias y sintió su incapacidad y pequeñez, sobre todo, su dependencia. Quien ha perdido un ser querido sabe que esto es cierto y que en el ser humano hay otro deseo más: el de eternidad. La vida eterna, que es Dios, es la que se busca en cada instante y con forma humana.

«La tarde desaparece imperceptiblemente, y me veo rodeado por la oscuridad que acaba por agravar las dudas, los desalientos, el descreimiento en un Dios que justifique tanto dolor. En este atardecer de 1998, continúo escuchando la música que él amaba, aguardando con infinita esperanza el momento de reencontrarnos en ese otro mundo, en ese mundo que quizá, quizá exista. ¿Cómo mantener la fe, cómo no dudar cuando se muere un chiquito de hambre, o en medio de grandes dolores, de leucemia o de meningitis, o cuando un jubilado se ahorca porque está solo, viejo, hambriento y sin nadie? Después de la muerte de Jorge ya no soy el mismo, me he convertido en un ser extremadamente necesitado, que no para de buscar un indicio que muestre esa eternidad donde recuperar su abrazo. En mi imposibilidad de revivir a Jorge busqué en las religiones, en la parapsicología, en las habladurías esotéricas, pero no buscaba a Dios como una afirmación o una negación, sino como una persona que me salvara, que me llevara de la mano como a un niño que sufre».

Ernesto Sábato

En la vida de Jesús sucedió lo mismo. Al igual que Ernesto Sábato, la viuda de Naím está marcada por el dolor, no solo de haber perdido a su hijo, sino también a su marido. Sola, aunque rodeada por la gente del pueblo, llora al ver a su hijo muerto. ¿Cuántas veces estamos rodeados de personas sin que puedan aportar un ápice de sentido a la existencia? ¿Qué hizo la viuda de Naím?  Pedir con su llanto el sentido de la pérdida de su hijo. Y parece que el Sentido la buscó a ella. Podemos ponernos ante el Cristo del Evangelio para hacer un juicio sobre él, verificar su capacidad real de colmar el deseo de sentido y eternidad que hay en el interior del corazón. Queremos conocer lo que vivió y enseñó, la pretensión sobre sí mismo y sobre cada persona, con sencillez, con aspiración de verdad.

«Fue Jesús a un pueblo llamado Naím. Lo acompañaban sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a las puertas del pueblo, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda. La acompañaba mucha gente del pueblo. Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: “No llores”. Luego, acercándose, tocó el féretro, y los que lo llevaban se pararon. Dijo Jesús: “Joven, a ti te digo, levántate”. El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre».

Evangelio según San Lucas. Lc 7, 11-15

Las reflexiones del escritor Carlos Fuentes presentan descaradamente el problema real del sentido de la muerte que le brota del recuerdo de la muerte de su hijo, cuando todo se desmorona y toca afrontar la prueba definitiva, suya y de todos. Razón no le falta cuando dice que, al hacer balance de la vida, siempre se encuentra con esa compañera final e inevitable. Y es que el sentido de la vida depende del sentido de la muerte. Carlos Fuentes intuye que, siendo la muerte una especie de enemigo que acecha, el sentido verdadero es poder vencerla. Los que conocieron y quisieron a Jesús de Nazaret sufrieron el golpe de la muerte de aquel en cuyo amor pensaban haber alcanzado el sentido de sus vidas. Afrontaron la cuestión con un gran dolor en el alma y un enorme miedo en el corazón ante el futuro.

Reflexiones del escritor Carlos Fuentes ante la muerte de su hijo

Rosa Montero, escritora de largo recorrido, planta cara a las consecuencias de una muerte que no pide permiso, durante una entrevista concedida en 2015:

La muerte es inhumana, impensable, indigerible. Venir a este mundo con tantos deseos de vivir, tantos ensueños y tanta conciencia del yo, para que luego se nos pase la vida como en un parpadeo y nos muramos. ¡Qué estafa!

Los discípulos 

Quizá esto es lo que pensaron los discípulos de Jesús ¡qué estafa! cuando le vieron colgar de un madero. Esto explica que se escondieran todos tras su muerte, esto explica que Tomás no se creyera de primeras nada. A los discípulos, como a Rosa Montero y como a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, la vida se nos pasa como un parpadeo y la muerte nos arrasa con nuestras ilusiones.  Pero en los relatos evangélicos se encuentra una circunstancia especial. En un par de ocasiones, tres para ser más exactos, Jesús de Nazaret dijo a sus discípulos que después de morir resucitaría, o sea, que vencería la muerte pasando por ella. También se sabe por los Evangelios que ellos no entendieron de qué hablaba, cosa que solo después de los acontecimientos posteriores a la muerte de su maestro pudieron llegar a comprender. Una vez que lo sucedido fue clarificado, ellos empezaron a anunciar que Él estaba vivo, que había resucitado.  

¿La Resurrección de Cristo puede mostrarse como hipótesis razonable para explicar los hechos históricos? El panorama al día siguiente de la crucifixión es este: mientras caían las tinieblas, las últimas mujeres se volvieron a casa. Todos estaban llenos de dolor, vergüenza, desolación, fracaso… ¿Qué quedaba sino un cuerpo muerto, destrozado? Soledad. Ni siquiera le lloraron abiertamente, porque a los condenados a muerte no se les llora. Ni siquiera le acompañaron todos sus discípulos. ¿Dónde están los que habían dicho moriremos contigo si hace falta? Judas se ha suicidado. Pedro le ha negado tres veces. Todos están escondidos porque todo en lo que creían se ha acabado. Su Señor ha muerto como un criminal, apaleado, azotado, entre risas y burlas, escupido, denigrado… Comienza el sábado de la soledad en el sepulcro y de la desesperación en el corazón de los discípulos. Frente al sepulcro nadie esperaba que pudiera abrirse nunca. ¿Quién nos correrá la piedra? Es la expresión que utilizan las mujeres que van a embalsamar el cuerpo. Esta afirmación es el grito metafísico, existencial, de toda la humanidad, que es lo mismo que decir ¿quién podrá solucionar este final al que todos estamos abocados? 

El cambio de los apóstoles

La mañana del domingo los que estaban asustados se alegran y empiezan a decirse unos a otros que Cristo ha resucitado, que lo han visto, que han comido y hablado con Él, llenos de inmensa alegría, transformados. Y lo hacen en Jerusalén, cerca de las autoridades judías y romanas que han condenado a Cristo hace solo unos días, delante del pueblo que prefirió a Barrabás. A escasos metros de la Cruz, pasan del miedo a la fe, de la desesperanza a la confianza, de la confusión a la certeza, de la cobardía a la voluntad inquebrantable. Siguen siendo Pedro, Juan, Tomás…, pero ya no son los mismos. Se lanzan a predicar un mensaje que no empieza con programas sociopolíticos, máximas ejemplares o indicaciones morales. Aseguran a todo el mundo que Cristo está vivo, que ha salvado a la humanidad y que, por el Espíritu Santo, ofrece una vida nueva. Ante la pregunta de qué les había pasado respondían que Jesús ha resucitado. Sin más adornos, con el estilo directo de quien ha sido testigo de un hecho y lo cuenta como lo ha visto. De repente, el sepulcro es olvidado, el maestro tan querido no es visitado por nadie en su tumba. ¿Cómo se explica todo esto? 

Antes de pasados 15 años de la muerte ya había tradiciones orales y escritas que muestran lo arraigada y extendida que estaba la convicción de que Cristo había resucitado. Existe una tradición de frases tomadas literalmente: «Dios lo resucitó de entre los muertos» (Rom 10, 9; 1 Cor 6, 14); “Jesús murió y resucitó” (1 Tes 4, 14); “Fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación” (Rom 4, 25).  Especialmente importante es un texto paulino (1 Cor 15, 3-8) que confirma que murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día. Puesto que este acontecimiento ha llegado a través de la palabra y los escritos de los primeros testigos, la excepcionalidad del hecho puede hacer que surja la pregunta de si esos primeros cristianos pudieron engañar con su anuncio para conseguir algún fin religioso o estaban engañándose a sí mismos. 

Como el propio Vittorio Messori señala en su libro “Dicen que ha resucitado”, todas las hipótesis negadoras se debilitan cargándose de dificultades.

Por lo demás, Paul-Louis Couchoud, el representante más notable y difundido de la escuela mitológica, frente a sus colegas contemporáneos, críticos racionalistas al estilo de Guignebert, argumentaba de esta manera: Quien intente esclarecer los orígenes del cristianismo deberá tomar una importante decisión. JESÚS ES UN PROBLEMA. EL CRISTIANISMO ES OTRO. El investigador no podrá resolver ninguno de estos dos problemas si no considera que el otro es irresoluble. Si se queda en el problema de Jesús, tendrá que recorrer el camino de los biblistas racionalistas. De ahí saldrá el cuadro -con más o menos colores- de un agitador mesiánico, un rabbí del tiempo de los últimos Herodes. Tendrá que atribuirle rasgos creíbles para poderlo integrar en la historia. Si es un hábil crítico conseguirá un retrato aceptable capaz de merecer elogios.

Sin embargo, prosigue el especialista francés, el cristianismo aparecerá como un hecho inexplicable. ¿Cómo aquel ignorado Maestro se ha convertido en Hijo de Dios, objeto continuo del culto y de la teología cristiana? Aquí nos encontramos fuera de los caminos abiertos de la historia. Faltan analogías. El cristianismo es un increíble absurdo y el más osado de los milagros.

Dicen que ha resucitado. Vittorio Messori

¿Mentira, robo o verdad?

¿Los discípulos engañaron?

Las primeras en ver a Cristo resucitado son mujeres, María Magdalena, María de Cleofás y otras más. El pasaje de Lucas (24, 11) afirma que “dijeron esto a los apóstoles, pero a ellos les parecieron desatinos tales relatos y no los creyeron”. Flavio Josefo relata en sus “Antigüedades Judaicas” lo siguiente: “Los testimonios de mujeres no son válidos y no se les da crédito entre nosotros, por causa de la frivolidad y la desfachatez que caracterizan a este sexo”. Los romanos tampoco daban valor testimonial a la palabra de una mujer. Celso, el gran adversario dialéctico de los cristianos del siglo II, dijo que “los galileos creen en una Resurrección atestiguada tan solo por algunas mujeres histéricas”. Pablo no cita mujeres en su lista de testigos de la Resurrección (1 Co 15, 3). Ciertamente, dar tanta importancia en los relatos de la Resurrección al testimonio de unas mujeres no favorecía la credibilidad de esos relatos, no obstante, ahí están, no los borran, quizá porque así fue como sucedió. Al igual que Jesús dice y hace cosas que chocan con el contexto judío y se nos hace poco razonable que con esa actitud quisiera mentir y conseguir algún fin en ese marco, no tiene sentido que los discípulos si quieren engañar pongan el testimonio de mujeres por delante.

El relato es inverosímil

Puestos a mentir, los primeros cristianos hubieran inventado algo que pudiera ser creído, que encajara con la mentalidad de los judíos. Ellos esperaban una Resurrección al final de los tiempos y universal, que sobrevendría con la llegada y la obra del Mesías. Que Jesús hubiera resucitado en solitario y antes del final de los tiempos era algo imposible de admitir o si quiera de imaginar.

Lo que afirman los Apóstoles no es que han tenido una visión de Cristo, sino que han visto a Cristo resucitado. Y consta que saben distinguir entre visiones, apariciones y fantasías: “Porque no fue siguiendo artificiosas fábulas como os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino como quienes han sido testigos oculares de su majestad” (2 Pe 1, 16-18).     ¿Cómo dieron el salto a afirmar que había resucitado? La resurrección de un muerto era entonces, como ahora, algo tan inverosímil que, de hecho, es la primera vez y la única que se ha usado en el sentido que se aplica a Jesús: entrar en la patria definitiva donde ya no hay muerte.

A los Apóstoles no se les hubiera podido ocurrir interpretar aquellas visiones como una Resurrección porque la única idea de cuerpo resucitado que podían tener era la de un cuerpo que retorna a la misma vida que llevaba antes, pero un cuerpo humano que aparece y desaparece, entra y sale de habitaciones cerradas, come y es tocable jamás se les hubiera pasado por la cabeza. Esto es lo desconcertante: que afirmen que es un cuerpo que actúa así. Si no fuera porque habían experimentado la corporeidad, solo por la mera visión, jamás hubieran llegado a afirmar que era el cuerpo de Cristo resucitado: Tomás no quiere visiones (Jn 20, 24), Cristo resucitado quiere ser palpado para que reconozcan esa diferencia (Lc 24, 36), es decir, hablan después de haber visto con sus propios ojos (2 Pe 1, 16). Lo hacen poniendo a Dios por testigo y conscientes de las consecuencias que de ello se siguen. En virtud de esa fe se imponía una rendición incondicional de sus vidas a aquel Jesús que sabían cómo había terminado.

La hipótesis de la mentira se hace insostenible ante la reacción de los que habían condenado y ejecutado a Jesús. El Sumo Sacerdote con el Sanedrín en pleno llegaron a advertirles: “Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre, y sin embargo habéis llenado Jerusalén con vuestra predicación y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre” (Hch 5, 28). Nada más fácil que presentar el cadáver. Que no lo hicieran solo tiene una explicación: no había cuerpo que presentar, el sepulcro estaba vacío. El hecho de que lo proclamaran por todo Jerusalén, solo unos días o semanas después de los hechos, y que el anuncio prevaleciera indica que no pudo ser refutado por enemigos tan fuertes e interesados en hacerlo. El sepulcro vacío solo ofrece dos posibilidades: alguien ha robado el cuerpo o las cosas sucedieron realmente como las cuentan los testigos.

¿Robaron el cadáver?

Si el cadáver de Jesús fue robado, ¿quién lo hizo? Parece claro que no fueron judíos ni romanos. ¿Para qué crear problemas de esa manera, y más, con los movimientos molestos y gente sospechosa alrededor del difunto? Los propios judíos solicitaron a Pilato poner guardia en el sepulcro para evitar el robo del cadáver y la consiguiente mentira sobre la Resurrección.

La única posibilidad es que lo robaran los cristianos, por la fuerza o mientras dormían los guardias. La escena del supuesto robo es esta: una tumba excavada en la roca y cerrada por una piedra redonda de tonelada y media. Delante del sepulcro había una guardia puesta exprofeso para evitar el robo. Y la tumba sellada tenía una cuerda de un lado a otro de la roca que tapaba la entrada, pegada en los extremos con el lacre del templo.

En el supuesto de que unos rudos seguidores del difunto hubieran ganado en la pelea contra unos soldados profesionales, ¿la lucha no hizo ruido en la silenciosa madrugada de Jerusalén llena de peregrinos que dormían, dentro y fuera de la ciudad? ¿Qué hay del escándalo que hubiera causado que unos judíos se hubieran enfrentado a soldados romanos y les hubieran podido? ¿Dónde están los guardias heridos en la lucha? No hay más que presentarlos ante el pueblo para probar el robo.

Solo queda pensar que el cuerpo fue robado mientras la guardia dormía, pero según el código de honor militar romano, un soldado que se dormía durante su guardia debía morir a bastonazos o quemado sobre su propia capa. ¿Y se durmieron los guardias? ¿En una misión que, además, no era rutinaria, sino pedida expresamente ante un peligro probable? En medio del silencio de la noche, a pocos metros de donde vigilaban, un sello de fuertes cuerdas y lacres es roto por alguien que, a continuación, corre una piedra de tonelada y media, ¿y los guardias siguen durmiendo apaciblemente? Realmente esta hipótesis del robo sigiloso es bastante insostenible. Si efectivamente los apóstoles hubieran robado el cadáver y después andaban por Jerusalén hablando de ese muerto, diciendo que las autoridades eran responsables de esa muerte… ¿Nadie los juzga por romper el sello sagrado del templo o profanar una tumba y robar un cadáver? es difícil creer esta mentira y hay un sepulcro inexplicablemente vacío.

«Si los discípulos robaron el cuerpo de Jesús, para explicar su desaparición, estos no debían necesariamente recurrir a la difícil hipótesis de la resurrección; podían haber echado mano de la concepción judía del rapto corporal al cielo, como la tradición judía afirma de algunos de sus personajes; por ejemplo, Henoc, Elías, Esdras y Baruc. No obstante, los apóstoles afirmaron insistentemente que el cuerpo de Jesús desapareció del sepulcro a causa de su resurrección de entre los muertos. Y esto a pesar de que el sepulcro vacío no era por sí mismo suficiente prueba del hecho de la resurrección. La insistente afirmación apostólica solo puede deberse a una lealtad con lo que realmente sucedió».

Los orígenes históricos del cristianismo. J. M. García

¿Los discípulos se engañaron?

Se podría pensar que los discípulos, hundidos en el fracaso total del maestro, emocional y psíquicamente destrozados y sugestionados por las palabras de Jesús, sufrieron una alucinación, porque eso es creer que se habla con un muerto. Más de algún estudioso ha formulado tal hipótesis.

Los estudios psiquiátricos revelan que ninguna alucinación de este tipo va acompañada de la duda sobre lo que se cree haber visto. Sin embargo, algunos de los protagonistas de las supuestas alucinaciones dudan. Además, las patologías alucinatorias son progresivas hasta la ruptura total de la personalidad si no son tratadas, pero esta empezó y terminó en 40 días. Además, estaríamos hablando de alucinación colectiva (María Magdalena, los 11 en el cenáculo, los dos de Emaús, los 500, Pedro, Santiago…) y una alucinación colectiva idéntica para todos no se conoce. Podría hipotetizarse una especie de contagio psicológico en el grupo, deprimido por el fracaso y la muerte del líder, pero ¿cómo se explica que Pablo viera también al resucitado, tres años después de su desaparición, persiguiendo a los cristianos? No es posible que estuviera sugestionado por la supuesta locura de aquellos a quienes perseguía, precisamente por considerarlos una especie de desequilibrados peligrosos. Si ellos alucinaron y expandieron semejante delirio, las autoridades judías o romanas podían haber fácilmente parado el engaño mostrando el cadáver, pero no los trataron como dementes sino como herejes.

La supuesta alucinación explicaría solo los relatos de las apariciones posteriores a la muerte, no la tumba vacía ni la pérdida del cadáver. La única conclusión posible es que nadie, nunca, ha dado una explicación alternativa a la Resurrección de Jesús que satisfactoriamente explique la existencia de los relatos posteriores en los Evangelios, el origen de la fe cristiana, el fracaso de los enemigos de Cristo aportando el cadáver para frenar la mentira, la existencia de la tumba vacía y la piedra rodada. Esto no quiere decir que la Resurrección de Jesús esté probada, sino que hay que asomarse a esa posibilidad para posicionarse ante el hecho real.

Por tanto, la muerte no es un tema, es algo que forma parte de la vida. Si se piensa en ella en abstracto se pueden decir muchas cosas. En cambio, cuando nos toca o amenaza la vida de alguien que se quiere, el misterio del desenlace no solo es un hecho, sino una gran pregunta. Si alguien ha vencido el poder de la muerte y esta ya no tiene la última palabra, entonces la vida es o puede ser otra cosa.

El poeta Miguel d’Ors lo ha expresado finamente. Si la muerte no ha sido vencida, jamás podrá encontrar esos “ojos negros” de su esposa en la eternidad, ni ninguna otra cosa, Dios incluido. En los Evangelios existen unas pocas páginas al final que contienen un relato que lo cambia todo. El capítulo sobre la credibilidad de la Resurrección de Jesús resulta fundamental en el itinerario hacia el encuentro con Él.

Del cielo que me tienes prometido
han escrito teólogos, místicos y profetas:
visio, caritas,gaudium constantemente nuevos
ante la luz eterna de Tu rostro.
Todo eso espero yo de Tu misericordia.
Pero quiero decirte –y esto es una oración-
que la Infinita bienaventuranza
para este corazón alicorto sería
un poco menos –Tú verás cómo te arreglas
para mover los hilos de la Historia-
si de alguna manera no fuesen parte de ella
los dulces ojos negros de la que Tú ya sabes.

Punto y Aparte. Miguel D’Ors

En “Los Evangelios y la crítica histórica”, Mariano Herranz muestra cómo el único modo de explicar el mensaje de la Iglesia primitiva sobre la Resurrección es hacerlo brotar de una experiencia real, no meramente subjetiva. Partir del Jesús resucitado de los primeros testigos es acoger la experiencia descrita en los relatos evangélicos de las apariciones. Con esto no significa que la investigación histórica desvele el misterio de la Resurrección de Jesús, eso solo puede hacerlo la fe, pero sí cómo creer en todo lo que representa la obra de Dios, un rationabile obsequium fidei.

«Lo que los apóstoles proclaman públicamente poco después de la muerte de Jesús no es la vuelta de esta a la vida anterior, sino el hecho de que Dios había resucitado a Jesús, y que así había comenzado la resurrección de los muertos. Por ser judíos, los discípulos de Jesús compartían en este punto las creencias del judaísmo, de las que formaba parte la esperanza en la resurrección de los muertos. Pero en el judaísmo la resurrección de los muertos era esperada como un acontecimiento que tendría lugar al final de los tiempos; resurrección de los muertos y fin del mundo estaban estrechamente unidos. No es necesario demostrar que esta fe y esta mentalidad no eran la predisposición adecuada para la proclamación que vemos hacer a los apóstoles: el mundo sigue su marcha como antes, y no obstante estos hombres proclaman que ha comenzado la resurrección de los muertos, que en Jesús resucitado ha comenzado ya el fin del mundo y la nueva creación.

Los textos de las apariciones no son un mero “aquí estoy, ya os lo decía, yo tenía razón, iba a resucitar”, sino una revelación. Quienes lo encontraron conocen algo nuevo del Maestro que hasta ahora no conocían. Cristo obra en ellos un cambio. Y esa transformación realizada por Cristo es la que los lleva a comunicar lo que han visto y oído, hasta dar la vida. En el encuentro con Cristo resucitado este cambio se explica, sin él, es un enigma.

Si alguien nos dijera que el amor de su vida está ahí fuera, y que el signo para reconocerle es que tiene un ramo de flores, lógicamente iríamos a buscarlo inmediatamente. Si uno cogiera las flores y volviera para decir “es cierto, está ahí, aquí están las flores”, se habría perdido lo mejor. Lo lógico es coger las flores y al amor de la vida y disfrutar de él».

Los evangelios y la crítica histórica. Mariano Herranz

Cristianismo y cultura contemporánea – Gregorio Luri 
La resurrección desde la física  – Conferencia del P. Manuel Carreira
Morir – Rosa Montero
Ustedes van a morir – Lupe de la Vallina.