La pregunta pertinente que debemos hacer a la Iglesia

Ante el desarrollo que acabamos de hacer, surge una pregunta pertinente y seguramente la más relevante, cuya respuesta, ordena y prioriza el resto de cuestiones que pueden hacerse a la Iglesia: ¿Puede la Iglesia ser la presencia de Jesús para el hombre contemporáneo? Es decir, ¿puede la Iglesia darnos a Cristo?

No se trata de una pregunta moral, sino de la pregunta más adecuada: ¿La Iglesia da a Jesús hoy y ahora? Hay que saber hacerle a la Iglesia las preguntas adecuadas. No vale cualquier pregunta. Podemos dedicarnos a “interrogar” a la Iglesia sobre cuestiones sociales, pero eso no tendrá nada que ver conmigo. Jesús demuestra su intención de formar una Iglesia. Los discípulos y los primeros cristianos lo interpretan así y creen estar siguiendo el mandato de Jesús al reunirse en torno a los Apóstoles. Ahora bien, una cosa es la intención y otra la realización efectiva de esa intención. Por eso, debemos preguntarnos ahora una sencilla cuestión: ¿Hace la Iglesia lo que hizo Cristo?

Si quieres ampliar la introducción visualiza el siguiente video o lee el texto:

¿Lo que pasó hace 2.000 años es igual de cierto para nosotros? ¿Se puede vivir la compañía de Jesús hoy y encontrar la misma felicidad de los discípulos? La pregunta pertinente que se le puede hacer hoy a la Iglesia es si puede darnos a Cristo y cualquier otra pregunta sería menos relevante. No obstante, comprobamos que existe una gran dificultad a la hora de plantearla por varias razones: no siempre refleja el rostro de Cristo, es coetánea al hombre posmoderno y por eso hay tantas objeciones, y el reflejo de Cristo no es espontáneo, hay que entrar en la Iglesia para descubrirlo y tomar una decisión.

2.1. ¿La Iglesia puede darnos a Cristo?

Estamos, no obstante, acostumbrados a que no sea esta la pregunta que se le hace. ¿Por qué? Porque, como hemos visto, la Iglesia vive de un pasado que tiene la pretensión de hacer real y efectivo hoy, es decir, se convierte en una institución coetánea a la que se le puede medir con la misma vara que maneja la sociedad en cada época, aunque esta institución afirme que “es de otro mundo”, está también en este y con este debe convivir. La Iglesia está al lado del hombre posmoderno y lo que sucede hoy no es igual que lo que sucedía hace más de 2.000 años. Aun así, la resistencia a la Iglesia ahora no es distinta a la del primer siglo cuando los contemporáneos de Jesús decían: “Pero ¿no es este el hijo del carpintero?”, extrañados de su autoridad y queriéndola rebajar por el escándalo que les suponían sus palabras.

Otra dificultad para que esta pregunta no llegue a formularse es porque la Iglesia no siempre refleja la presencia de un Dios bueno. Como expresó Juan Pablo II, se trata de una presencia mediada, que invita a ver la presencia de Dios a través de signos, y a veces esta mediación es pobre y defectuosa, como lo era al inicio. 

«Cristo resucitado se hace literalmente contemporáneo de nuestra vida mediante el encuentro con la Iglesia, ese extraño pueblo nacido para comunicar lo divino a través de lo humano».

Juan Pablo II

Pero también vemos que la dificultad no ha ahogado en ningún momento de estos dos mil años de vida su misterio ni su atractivo, aquel que surge de seguir confiando en la promesa de Jesús, la de estar con sus amigos hasta el fin del mundo yendo a los confines de la tierra. De esta promesa vive esta comunidad. Y también del deseo del ser humano de comprender su vida, de poder ir de la mano de un navío seguro, como nos decía en el primer bloque Platón, hacia la orilla del misterio de las cosas que le suceden, del hambre que tiene en su alma de que la vida merezca la pena, y que esa vida, la merecedora de amor, no acabe nunca.

2.2. Algunos testimonios de esta experiencia

Jesús llamó con todas sus consecuencias a los discípulos, puede resultar extraño que quisiera prolongarse en cobardes que no dieron la cara por Él o que incluso llegaron a traicionarle, pero el método que Dios ha elegido para darse a conocer está vehiculado por el ser humano, y no solo por aquellos aspectos que más agradan, sino por toda la persona, incluidas las cosas que desecharía si pudiera. La imagen del tesoro en vasijas de barro hace comprender mejor el significado de la Iglesia: “Llevamos este tesoro en recipientes de barro, para que se vea claramente que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2 Cor 4, 7). Por tanto, la continuidad en la historia tiene todas las grandezas y las miserias de la vida humana.

Así lo han reflejado importantes pensadores, quienes se tomaban muy en serio su vida, y de ahí su búsqueda a veces desagarrada y defensiva. Exponemos aquí algunos de ellos:

Uno que lo había descubierto fue Jacques Maritain, después de un largo camino de búsqueda personal y ante un sentimiento muy fuerte de aversión hacia la Iglesia católica, como describe su esposa Raïssa. Finalmente, reconoce que es preciso ir al «estiércol» para encontrarse con Cristo.

Si el debate especulativo había terminado para nosotros, teníamos todavía muchas repugnancias que vencer. La Iglesia en su vida mística y santa nos era infinitamente amable. Estábamos dispuestos a aceptarla. Nos prometía la fe por el bautismo, e íbamos a poner a prueba su palabra. Pero en la mediocridad aparente de la gente católica y en el espejismo que, a nuestros ojos mal abiertos parecía ligarla a las fuerzas de reacción y de opresión, nos era extrañamente aborrecible. Nos parecía la sociedad de los satisfechos de este mundo, que aprueba y se alía con los poderosos, burguesa, farisaica, alejada del pueblo.

Pedir el Bautismo era también aceptar la separación de la gente que conocíamos para entrar en un mundo desconocido; era, así lo pensábamos, renunciar a nuestra simple y común libertad para ir a la conquista de la libertad espiritual, tan bella y real en los santos, pero situada demasiado alta, nos decíamos, para ser nunca alcanzada.

Era aceptar la separación – ¿para cuánto tiempo? – de nuestros padres y de nuestros amigos, cuya incomprensión nos parecía había de ser total, y así lo ha sido en muchos casos; pero la bondad de Dios nos reservaba también sorpresas. En fin, nos sentíamos ya como “la escoria del mundo” ante la idea de la desaprobación de aquellos a quienes amábamos.  Jacques continuaba a pesar de todo tan persuadido de los errores de los “filósofos” que pensaba que al hacerse católico tendría que renunciar a la vida de la inteligencia.

Mientras solo nos preocupaba el espectáculo de la santidad y de la belleza de la doctrina católica, conocimos la alegría del corazón y del espíritu, y nuestra admiración iba en aumento. Ahora que nos disponíamos a entrar en el número de aquellos que el mundo aborrece como aborrece a Cristo, sufríamos, Jacques y yo, una especie de agonía. Aquello duró aproximadamente dos meses…

Creíamos también que el hacernos cristianos suponía abandonar para siempre la filosofía. Pues bien, estábamos dispuestos –aunque no era fácil- a abandonar la filosofía por la verdad. Jacques aceptó este sacrificio. La verdad que tanto habíamos deseado nos había cogido en su cepo. Si Dios ha querido ocultar su verdad en un montón de estiércol, decía Jacques, tenemos que ir a buscarla allí.

R. Maritain, «Las grandes amistades». En «We have been friends together: Memoirs»

Lo que el jesuita Henri De Lubac denomina paradoja eclesial es que el cristiano porta en sí el poder ilimitado de Dios en un recipiente que, como tal, es limitado. Para él, el aspecto más característico del cristiano es que el encuentro que ha tenido es más decisivo que cualquiera de sus limitaciones y, precisamente, esa es su grandeza. Igual que Jesús, que sin dejar de ser hombre poseía la naturaleza divina, el cristiano participa de la misma divinidad, aun siendo la persona más mediocre que pueda encontrarse.

«La Iglesia está desposada con todas las características de la humanidad, con todas sus complejidades y sus inconsecuencias, con las contradicciones sin fin que existen en el hombre […] Desde las primeras generaciones cristianas, cuando apenas había traspasado los límites de la vieja Jerusalén, la Iglesia ya reflejaba en sí misma los rasgos –las miserias- de la humanidad corriente».

Henri De Lubac, «Paradoja y misterio de la Iglesia», p. 14

El escritor José Jiménez Lozano explica su adhesión a la Iglesia con cierta contradicción interior, tras el Concilio Vaticano II:

«Hacia el final del símbolo de mi fe, cuando lo recito, confieso (y suelo hacerlo con cierta energía) que creo “en la Iglesia que es una, Santa, católica y apostólica”. Desde luego me resulta tremendamente más difícil que creer en Dios o en Cristo. Pero me resulta fácil el amarla […] creo en la Iglesia, porque creo que tiene el depósito de la verdad religiosa y ha sido instituida por Cristo para la salvación sobrenatural de la humanidad, no porque sienta una atracción especial hacia esta institución en su vertiente humana, cuya historia no ha sido excesivamente brillante y algunas de cuyas páginas me avergüenzan o me irritan. Diré, como Mauriac, que en esto me diferencio de quienes estiman a la Iglesia porque les gusta, aunque no crean en su condición sobrenatural. También comprendo perfectamente las servidumbres de todo tipo que supone la Encarnación de esa Iglesia en la historia y por eso tengo amor por sus debilidades. Tanto, como me encolerizan las actitudes de miedo, de hambre de dinero, privilegios o poder temporal. Si no amase a esta Madre, no me enfurecerían sus arrugas. Pero, aún con arrugas, no la cambiaría por nada: por ninguna ideología profana de alto valor humanístico, ni por ningún club de hombres geniales y selectos. Y a veces su estructura jurídica y el peso de su historia resultan un corsé incómodo e intolerable. Pues bien, yo gritaré contra esas construcciones, pero no me separé un ápice de su amor y obediencia». 

Entrevista de José María Gironella a J. J. Lozano (1969) 

Erik Varden, un noruego de 47 años que, oyendo música a sus 15 años escuchó la frase “no has sufrido en vano, te levantarás y vivirás” y se hizo monje cisterciense. Siente satisfacción por su particular verificación de Iglesia:

“El espacio dentro del cual se desarrolló mi búsqueda fue la Iglesia católica. La observé primero desde la distancia atraído por su historia larga e ininterrumpida. Cuando entré dentro encontré un espacio cálido y hospitalario en el cual me encontraba a gusto. Había descubierto un entorno que abrazaba mis contradicciones sin comprometer la verdad. Podía dirigir y purificar tanto mi dolor como mi deseo. Cuando caí en la cuenta del alcance de la acción sacramental, por la cual todo lo que hay en el cielo y en la tierra se une en un único momento, curando todo, supe que había llegado a casa. La iglesia llegó a ser para mí una inspiradora de memoria. Me permitió leer mi banal y a veces escuálida vida dentro de la narrativa de la redención que no solo alcanzaba los tiempos del principio sino también los recuerdos del futuro, de la eternidad. Permanecer dentro del núcleo de esta narrativa es oír algunas veces con terrible claridad los gritos desoladores de la humanidad; es oír también la voz ronca del mal; Y ello no vagamente alrededor, sino en el corazón de uno. Uno puede solamente perseverar en tal escucha atendiendo al mismo tiempo otra voz discreta pero imperativa que habla “Está cumplido”. Se las arregla con genialidad armónica para unir los violentos gritos del “¡crucifícalo!” y del angélico “¡Hosanna!” en un único acorde que surge de la disonancia y conduce a una belleza inaudita”.

Erik Varden, «La explosión de la soledad» 

Para finalizar este recorrido de testimonios, terminamos con unas palabras de Benedicto XVI que expresan bien la intención y esencia que busca este curso:

«El estilo de Jesús es inconfundible: es el estilo característico de Dios, que suele realizar las cosas más grandes de modo pobre y humilde. Frente a la solemnidad de los relatos de alianza del libro del Éxodo, en los Evangelios se encuentran gestos humildes y discretos, pero que contienen una gran fuerza de renovación. Es la lógica del reino de Dios, representada —no casualmente— por la pequeña semilla que se transforma en un gran árbol (cf. Mt 13, 31-32). El pacto del Sinaí estuvo acompañado de señales cósmicas que aterraban a los israelitas; en cambio, los inicios de la Iglesia en Galilea carecen de esas manifestaciones, reflejan la mansedumbre y la compasión del corazón de Cristo, pero anuncian otra lucha, otra convulsión, la que suscitan las potencias del mal.

Como hemos escuchado, a los Doce «les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia» (Mt 10, 1). Los Doce deberán cooperar con Jesús en la instauración del reino de Dios, es decir, en su señorío benéfico, portador de vida, y de vida en abundancia, para la humanidad entera. En definitiva, la Iglesia, como Cristo y juntamente con él, está llamada y ha sido enviada a instaurar el Reino de vida y a destruir el dominio de la muerte, para que triunfe en el mundo la vida de Dios, para que triunfe Dios, que es Amor.

Esta obra de Cristo siempre es silenciosa; no es espectacular. Precisamente en la humildad de ser Iglesia, de vivir cada día el Evangelio, crece el gran árbol de la vida verdadera. Con estos inicios humildes, el Señor nos anima para que, también en la humildad de la Iglesia de hoy, en la pobreza de nuestra vida cristiana, podamos ver su presencia y tener así la valentía de salir a su encuentro y de hacer presente en esta tierra su amor, que es una fuerza de paz y de vida verdadera.

Así pues, el plan de Dios consiste en difundir en la humanidad y en todo el cosmos su amor, fuente de vida. No es un proceso espectacular; es un proceso humilde, pero que entraña la verdadera fuerza del futuro y de la historia. Por consiguiente, es un proyecto que el Señor quiere realizar respetando nuestra libertad, porque el amor, por su propia naturaleza, no se puede imponer. Por tanto, la Iglesia es, en Cristo, el espacio de acogida y de mediación del amor de Dios. Desde esta perspectiva se ve claramente cómo la santidad y el carácter misionero de la Iglesia constituyen dos caras de la misma medalla: solo en cuanto santa, es decir, en cuanto llena del amor divino, la Iglesia puede cumplir su misión; y precisamente en función de esa tarea Dios la eligió y santificó como su propiedad personal.

Por tanto, nuestro primer deber, precisamente para sanar a este mundo, es ser santos, conformes a Dios. De este modo obra en nosotros una fuerza santificadora y transformadora que actúa también sobre los demás, sobre la historia.

Los doce Apóstoles no eran hombres perfectos, elegidos por su vida moral y religiosa irreprensible. Ciertamente, eran creyentes, llenos de entusiasmo y de celo, pero al mismo tiempo estaban marcados por sus límites humanos, a veces incluso graves. Así pues, Jesús no los llamó por ser ya santos, completos, perfectos, sino para que lo fueran, para que se transformaran a fin de transformar así la historia. Lo mismo sucede con nosotros y con todos los cristianos. La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rom 5, 8). La Iglesia es la comunidad de los pecadores que creen en el amor de Dios y se dejan transformar por Él; así llegan a ser santos y santifican el mundo».

Benedicto XVI, Homilía en Bríndisi

Puedes descargar aquí la homilía completa del Papa Benedicto durante la Misa en el Muelle de San Apolinar el 15 de junio de 2018.

Abríamos este bloque con el testimonio del escritor Carlos Fuentes quien afirmaba que lo que asegura que Jesús siga en la historia es, sin embargo, lo mismo que le impide hacerse presente en la historia: la Iglesia cristiana. El escritor veía en esta tensión una dicotomía donde, no se sabe por qué razón, Jesús se imponía y no se dejaba oscurecer o desaparecer por la presencia de la Iglesia. No sabemos en virtud de qué ese Jesús podría seguir presente en nuestras vidas de hombres y mujeres del siglo XXI, según Carlos Fuentes, más allá del recuerdo. Pero nos surge una hipótesis distinta a la del enfrentamiento, quizá esa Iglesia, a pesar de los pesares, cuenta con Jesús en su seno porque Él así lo ha querido. El obstáculo da paso a la posibilidad.

Si aceptamos que la Iglesia es una vida, lo normal es que la respuesta se vaya conociendo progresivamente a lo largo de esa vida y, para ello, el método del inicio sigue vigente:

“Al día siguiente estaba Juan [el Bautista] con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: Éste es el Cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les pregunta: ¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: Rabí (que significa maestro), ¿dónde vives? Él les dijo: Venid y veréis. Entonces fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima”.

Jn 1, 35

La experiencia del encuentro con Jesús sigue siendo el punto de partida, la puerta de entrada al cristianismo. Juan y Andrés, los Apóstoles que acogieron la propuesta de Jesús “Venid y veréis” no olvidaron jamás el día en que lo conocieron: se acordaron muchos años después de aquel acontecimiento, guardaron incluso la memoria de la hora en que se produjo. La humanidad de Jesús los interpeló, despertó en ellos su propia humanidad. Algo vieron en Jesús que les llevó a dar el paso y confiar e ir allí donde Él vivía. Porque el encuentro con Jesús cambió sus vidas, y su propia humanidad se volvió una humanidad distinta, luminosa, pudieron comunicar a otros, en los años posteriores a la Muerte y Resurrección de Jesús, eso que ellos mismos habían experimentado. Y otros, a través de ellos, conocieron también a Jesús y supieron pasar a los que venían detrás el testimonio. Aquello que sucedió en aquella “hora décima” ha llegado hasta nuestros días, pasando el relevo el mismo Cristo en aquello que conocemos como Iglesia.