¿Cómo quiso Jesús llegar a todos?

Es un misterio desconcertante la unidad entre la Iglesia y Jesús. Los cristianos de todas las épocas también lo han experimentado. El seguimiento de Jesús ha pasado y sigue haciéndolo  por la adhesión a esta institución, una institución que se convierte en algo más que una estructura humana, en una vida. Junto al desconcierto que surge de la distancia entre Jesús y la Iglesia, también se da que sea la única posibilidad de que Este siga con nosotros.  El escritor José Jiménez Lozano lo explicaba así tras el Concilio Vaticano II.

«Hacia el final del símbolo de mi fe, cuando lo recito, confieso (y suelo hacerlo con cierta energía) que creo “en la Iglesia que es una, Santa, católica y apostólica”. Desde luego me resulta tremendamente más difícil que creer en Dios o en Cristo. Pero me resulta fácil el amarla […] creo en la Iglesia, porque creo que tiene el depósito de la verdad religiosa y ha sido instituida por Cristo para la salvación sobrenatural de la humanidad, no porque sienta una atracción especial hacia esta institución en su vertiente humana, cuya historia no ha sido excesivamente brillante y algunas de cuyas páginas me avergüenzan o me irritan. Diré, como Mauriac, que en esto me diferencio de quienes estiman a la Iglesia porque les gusta, aunque no crean en su condición sobrenatural. También comprendo perfectamente las servidumbres de todo tipo que supone la Encarnación de esa Iglesia en la historia y por eso tengo amor por sus debilidades. Tanto, como me encolerizan las actitudes de miedo, de hambre de dinero, privilegios o poder temporal. Si no amase a esta Madre, no me enfurecerían sus arrugas. Pero, aún con arrugas, no la cambiaría por nada: por ninguna ideología profana de alto valor humanístico, ni por ningún club de hombres geniales y selectos. Y a veces su estructura jurídica y el peso de su historia resultan un corsé incómodo e intolerable. Pues bien, yo gritaré contra esas construcciones, pero no me separé un ápice de su amor y obediencia». 

Entrevista de Gironella a Jiménez Lozano en 1969 

Cuando alguien siente que tiene algo importante que decir a los demás, algo que permanezca vivo después de su muerte, siempre ha escogido el mismo método de permanencia: reunir un grupo de discípulos que continúe con la enseñanza de una forma de vivir, de una filosofía. Es el caso de Sócrates, Platón, Buda, y otros. Hay cosas de gran importancia para la vida que no se aprenden en libros o conferencias, sino participando en comunidades que las conocen, las estudian y las tratan de vivir. En el caso de la Iglesia no fue distinto el método elegido por Jesús.

¿Cómo se fue formando la Iglesia?

  • Mc 1: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed”. La imagen de Reino claramente hace referencia a una realidad social, no a su sola presencia personal pues el Rey tiene un Reino. Esta en consonancia con lo que esperaba el pueblo de Israel desde siempre.
  • Mc 1,17: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Aquí apunta en la dirección de forjar una comunidad.
  • Mc 3, 13-19: Selecciona a 12 para que “estuvieran con Él y enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios”.
  • Lc 10: Envía al grupo de los 72 “por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios” adonde Él había de ir. Este entrenamiento no es para nada: “Os envío como corderos en medio de lobos”, “sin alforja ni bolsa, ni sandalias”, “decidles: el Reino de Dios está cerca”, “quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”. Eran ideas claras, instrucciones diáfanas que hablan de una identidad entre ellos y Él, entre lo que ellos hacen y lo que Él hace y lo que continuarán cuando ya no esté.
  • Mt 16: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino, lo que ates aquí quedará atado en el cielo, y lo que desates, igual”. Es patente, por la solemnidad del momento, la voluntad de Jesús de dar a su Iglesia un fundamento, una roca, un poder en la tierra y en el cielo. “Atar y desatar” son términos técnicos que en el lenguaje rabínico significan admitir o rechazar a alguien en el pueblo de Dios y aplicar la doctrina o la moral de ese pueblo a situaciones concretas.
  • Jn 6, 68: “Señor, ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna”. La correspondencia de los Apóstoles con Jesús era tal que no había otro lugar donde se afirmara más la esencia de ellos mismos. Con esta expresión Pedro manifiesta el sentir de los discípulos. Aunque ellos no conocían a la perfección quién era Jesús sabían que solo estando con Él sus vidas se cumplían, incluso sin comprender lo que hacía.
  • Mt 14: “Haced esto en memoria mía”. Entrega su Cuerpo y su Sangre en el Sacramento de la Eucaristía: un pacto nuevo entre Dios y su pueblo que confía a unos cuantos para que puedan hacer lo mismo. La Iglesia, que sigue configurándose hoy, ya tiene un centro especialísimo. La familia tiene una mesa común, un alimento compartido.
  • Jn 15, 16: “No me habéis elegido vosotros a mí, más bien os he elegido yo a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto sea duradero, de modo que todo lo que pidáis al Padre os lo conceda”.
  • Jn 17, 18-20: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los envié a ellos al mundo”. Con la designación de los 12 Jesús establece el método de transmisión. Anticipa así la sucesión de los cristianos en un mismo cuerpo y en un mismo espíritu: “No solo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras”.
  • Jn 20: “Como el Padre me envió, también os envío yo. Dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Si era escandaloso que Él perdonara los pecados, ¿qué pretende cuando hace participar a otros de ese poder? No es dado a unos individuos a título personal, sino a unos pocos para que una comunidad lo extienda a todo el mundo.
  • Mt 28: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Este texto impresionante puede recoger muchas cosas de las dichas hasta ahora, pero aquí interesa destacar un mandato solemne de hacer discípulos y enseñarles a vivir de una manera concreta. Decir “os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado” es mandar a la Iglesia a cambiar el mundo por medio del amor.
  • Hech 1: “Es necesario, pues, que uno de los que nos acompañaron mientras el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, desde el bautismo de Juan hasta que nos fue arrebatado, sea constituido junto a nosotros testigo de su Resurrección”. Designaron a dos: José, llamado Barsabás, apodado El Justo, y Matías. Después rezaron así: “Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, indícanos a cuál de los dos eliges para ocupar el puesto de este ministerio apostólico que Judas abandonó para marchar al lugar que le correspondía”. La suerte tocó a Matías y fue incorporado a los 11 apóstoles 

Desde muy pronto los primeros cristianos empezaron a vivir esta conciencia de Iglesia. Aún antes de Pentecostés se reúnen para completar el vacío que había creado la muerte de Judas. Y la iniciativa la tiene Pedro, la roca débil. La Iglesia tuvo conciencia de sí misma desde el principio. Los Apóstoles sabían que eran continuadores de la obra de Jesús, portadores de la Buena Noticia. Eran la Iglesia de Jesús y su misión consistía en transmitir a Jesús resucitado presente entre ellos. Tenían tal claridad al respecto que el grupo no se disolvió, a pesar de la diversidad de caracteres. Todos eran muy distintos entre sí, pero con un asidero común: habían sido elegidos por Jesús para prolongar su obra.

  • Ga 2, 9: “Y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé, para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos”. Este nuevo tipo de vida otorga funciones específicas dentro de la comunidad y va desarrollando el aspecto jerárquico de la Iglesia. Los cristianos no estaban reunidos en una especie de comuna, no eran una congregación amorfa. El hecho de estar juntos se vertebraba en un todo orgánico donde cada miembro cumplía la función encomendada por el bien propio y común. El gesto de tender la mano de Santiago, Pedro y Juan a Pablo y Bernabé era un signo institucional de transmisión de vida en Cristo, ya que sin cabeza el cuerpo no vive. Todo el libro de los Hechos de los Apóstoles es un testimonio, históricamente muy seguro, de cómo esa conciencia de la Iglesia va desarrollándose.

Creencias – Arcadi Espada

¿Cristo sí, Iglesia no? – Tomás Alfaro

¿Puede el cristianismo ser la respuesta? – Menchu de la Calle

Postcristianismo – Mesa redonda con el Cardenal Angelo Scola

Un viento recio – Enrique García-Maiquez

Tipo de presencia

La presencia de Cristo en la Iglesia no es la de cualquier maestro anterior, dio poder a sus seguidores para hacerlo presente, y no solo por la memoria y el recuerdo, sino de forma efectiva. La Iglesia se presenta al mundo como el lugar en el que poder estar con Dios en Cristo y por Cristo, un lugar que traspasa fronteras y épocas. Si Dios ha intervenido en la historia, pero solo en el pasado, ¿qué interés tendría para el ser humano contemporáneo? Sin embargo, Cristo ha querido hacerse presente por medio de la Iglesia para que todo el mundo lo conozca. Puede resultar extraño que Jesús quisiera prolongarse en cobardes que no dieron la cara por Él (Pedro) o que incluso llegaron a traicionarle (Judas), pero el método que Dios ha elegido para darse a conocer está vehiculado por el ser humano, y no solo por aquellos aspectos que más agradan, sino por toda la persona, incluidas las cosas que desecharía si pudiera. Dios se hace contemporáneo de los hombres de cada época y eso escandaliza, también en el inicio, con el propio Jesús en esta tierra “¿No es este el carpintero, el hijo de María? […] Y se escandalizaban a causa de él” (Mc 6, 3). El mismo escándalo que Jesús provocaba por su condición humana a los que le conocieron sucede a los cristianos de hoy.

Jesús encomienda la misma tarea a quienes Él ha enviado: “Quien os escucha a vosotros, a mí me escucha; quien os rechaza, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc 10, 16). Pablo exhortaba a los creyentes de Tesalónica a no desfallecer en la tarea de la transmisión de la fe por mucho escándalo que supusiera: “De ahí que tampoco nosotros dejemos de dar gracias a Dios, porque al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, no la acogisteis como palabra de hombre, sino cual es en verdad: como Palabra de Dios, que permanece activa en vosotros, los creyentes” (1 Tes 2, 13). La imagen del tesoro en vasijas de barro hace comprender mejor el significado de la Iglesia: “Llevamos este tesoro en recipientes de barro, para que se vea claramente que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2 Cor 4, 7).

Lo que el jesuita Henri De Lubac denomina paradoja eclesial es que el cristiano porta en sí el poder ilimitado de Dios en un recipiente que, como tal, es limitado. El aspecto más característico del cristiano es que el encuentro que ha tenido es más decisivo que cualquiera de sus limitaciones y, precisamente, esa es su grandeza. Igual que Jesús, que sin dejar de ser hombre poseía la naturaleza divina, el cristiano participa de la misma divinidad, aun siendo la persona más mediocre que pueda encontrarse.

«La Iglesia está desposada con todas las características de la humanidad, con todas sus complejidades y sus inconsecuencias, con las contradicciones sin fin que existen en el hombre […] Desde las primeras generaciones cristianas, cuando apenas había traspasado los límites de la vieja Jerusalén, la Iglesia ya reflejaba en sí misma los rasgos –las miserias- de la humanidad corriente».

Henri De Lubac

Otro testigo es Erik Varden, un noruego de 47 años que oyendo música a sus 15 años escucha la frase “no has sufrido en vano, te levantarás y vivirás” y ahora, monje cisterciense y obispo, puede decir lo siguiente:

“El espacio dentro del cual se desarrolló mi búsqueda fue la Iglesia católica. La observé primero desde la distancia atraído por su historia larga e ininterrumpida. Cuando entré dentro encontré un espacio cálido y hospitalario en el cual me encontraba a gusto. Había descubierto un entorno que abrazaba mis contradicciones sin comprometer la verdad. Podía dirigir y purificar tanto mi dolor como mi deseo. Cuando caí en la cuenta del alcance de la acción sacramental, por la cual todo lo que hay en el cielo y en la tierra se une en un único momento, curando todo, supe que había llegado a casa. La iglesia llegó a ser para mí una inspiradora de memoria. Me permitió leer mi banal y a veces escuálida vida dentro de la narrativa de la redención que no solo alcanzaba los tiempos del principio sino también los recuerdos del futuro, de la eternidad. Permanecer dentro del núcleo de esta narrativa es oír algunas veces con terrible claridad los gritos desoladores de la humanidad; es oír también la voz ronca del mal; Y ello no vagamente alrededor, sino en el corazón de uno. Uno puede solamente perseverar en tal escucha atendiendo al mismo tiempo otra voz discreta pero imperativa que habla “Esta cumplido”. Se las arregla con genialidad armónica para unir los violentos gritos del “¡crucifícalo!” y del angélico “¡Hosanna!” en un único acorde que surge de la disonancia y conduce a una belleza inaudita”.   

Erik Varden