El ser humano es pregunta y mira hacia arriba

1.1. El ser humano se pregunta por el sentido de su vida

El ser humano siempre se ha preguntado lo mismo y lo ha hecho de muchas maneras. Podemos decir que esta es su herencia. Ninguna generación ha dejado de despertar a las preguntas o ha podido encontrar una respuesta infalible que haya pasado a sus hijos para ahorrarles la búsqueda. Desde el inicio de los tiempos, desde esa mano en Altamira que parece decirnos “yo he sido, aunque vaya a desaparecer”, los hombres y mujeres han buscado los porqués de la existencia, del mundo, pero, sobre todo, de su existencia particular.

Vamos a hablar de las preguntas de todos a lo largo de los siglos, pero también de algunas actitudes posibles que se pueden adoptar frente a ellas y de la disposición del ser humano de mirar hacia arriba ante esa pregunta buscando algo más. 

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1.1.1. Una pregunta que ha traspasado toda la historia de la humanidad

A lo largo de la historia ha habido muchos personajes relevantes que, en distintas etapas de la humanidad, nos han dejado un legado de cuestiones potentes para repensar. Podemos conocer ya a los clásicos como Platón (427 a.C.) pero también personajes destacados de los siglos XIX y XX, como León Tolstói (1828), Augusto Guerriero (1893) o Indro Montanelli (1909). Más pegados a nuestro siglo, el cineasta Woody Allen (1935) y el rockero Mick Jagger (1943) se han formulado las mismas preguntas. Todavía hoy siguen buscando pensadores tan actuales como el coreano Byung-Chul Han (1959).

El filósofo Platón lo expresó de manera magistral en la antigüedad clásica. En el Fedón, la vida está planteada como la travesía de un mar. Por un lado, sostiene que no tomarse en serio las cuestiones propias del ser humano es de cobardes y, por otro, que dada la dificultad de responder se requeriría la intervención de la mismísima divinidad para solucionarlas. Propone elegir alguna respuesta que haya satisfecho a la humanidad y decidir tomarla en consideración.

“Sobre las cuestiones de esta índole un conocimiento exacto es imposible o sumamente difícil en esta vida, pero no examinar a fondo lo que se dice sobre ellas, o desistir de hacerlo, es propio de hombre muy cobarde. Porque se debe conseguir: o descubrir por uno mismo qué es lo que hay de ellas, o al menos, tomar la tradición humana más difícil de rebatir y, embarcándose en ella, arriesgarse a realizar la travesía de la vida. Si es que no se puede hacer con mayor seguridad en navío más firme, como una revelación de la divinidad” .

El literato existencialista León Tosltói escribió su Confesión cuando llegó a la cumbre literaria con “Guerra y Paz” y “Anna Karenina” a los 52 años, después de viajar por Europa, luchar en la guerra y llevar 15 años asentado con la familia en su pueblo natal. ¿Cuál es la confesión de un hombre que a los ojos de la sociedad ha triunfado? Considerar todos sus triunfos vanos, ver que hasta entonces su vida había transcurrido a tientas, que sus logros carecían de interés porque no respondían a un propósito que pudiese sortear la pregunta más elemental: ¿Por qué hacer lo que hacía? Tolstói fue consciente de la radicalidad de la cuestión: la vida tiene sentido o no lo tiene, pero posponer la resolución del dilema o conformarse con respuestas prefabricadas la despojan de valor. Así, todo su proyecto vital vio peligrar sus cimientos puesto que la existencia misma de esos cimientos estaba en duda. La urgencia de la pregunta se evidenciaba en el palidecer de cualquier otra cuestión y no admitía aplazamiento.

«Cuando escribía, enseñaba lo que para mí era la única verdad: que era preciso vivir para dar lo mejor posible a uno mismo y a su familia. Y así lo hice hasta que hace cinco años comenzó a sucederme algo extraño: primero empecé a experimentar momentos de perplejidad; mi vida se detenía, como si no supiera cómo vivir ni qué hacer, y me sentí perdido y caí en la desesperación. Pero eso pasó y continué viviendo como antes. Después, esos momentos de perplejidad comenzaron a repetirse cada vez con más frecuencia, siempre en la misma forma. En esas ocasiones, cuando la vida se detenía, siempre surgían las mismas preguntas: ¿por qué? ¿Qué pasará después?

Al principio me pareció que esas preguntas eran inútiles, que estaban fuera de lugar. Creía que todas esas respuestas eran bien conocidas y que, si algún día quisiera ocuparme de resolverlas, no me costaría esfuerzo; que solo me faltaba tiempo para hacerlo, y que, cuando quisiera, daría con las respuestas. Las preguntas, sin embargo, cada vez me asaltaban con más frecuencia, exigiendo una respuesta cada vez con más insistencia, y esas preguntas sin responder caían como puntos negros siempre en el mismo sitio, acumulándose hasta formar una gran mancha.

[…] Comprendí que no era un malestar fortuito, sino algo muy serio, y que, si se repetían siempre las mismas preguntas, era porque había necesidad de contestarlas. Y eso traté de hacer. Las preguntas parecían tan estúpidas, tan simples, tan pueriles… Pero en cuanto me enfrenté a ellas y traté de responderlas, me convencí al instante, en primer lugar, de que no eran cuestiones pueriles ni estúpidas, sino las más importantes y profundas de la vida y, en segundo, que por mucho que me empeñara no lograría responderlas. Antes de ocuparme de mi hacienda de Samara, de la educación de mi hijo, de escribir libros, debía saber por qué lo hacía. Mientras no supiera la razón, no podía hacer nada. […] O bien, pensando en la gloria que me proporcionarían mis obras, me decía: “Muy bien, serás más famoso que Gógol, Pushkin, Shakespeare, Molière, y todos los escritores del mundo, ¿y después qué?”. Y no podía responder nada, nada.»

Resulta paralela a la de Woody Allen la respuesta que da el periodista Augusto Guerriero cuando le responde a un lector que pedía consuelo y sentido a través de “una carta al director”. Guerriero se confiesa y es él quien pide ayuda ante una muerte que no se apiada de su falta de fe:

«Me dirijo a usted como el único que puede ayudarme. En 1941, con sólo 17 años, me tomé en serio el eslogan «fascista perfecto, libro y mosquetón» y dejé mi casa y mis estudios enrolándome en los batallones M. Combatí en Grecia contra los partisanos, fui herido, capturado después por los alemanes y llevado prisionero a Alemania. En la prisión enfermé de tuberculosis. Al volver a casa mantuve oculta mi enfermedad a todos, incluso a mis familiares. Y esto porque, en la mezquina mentalidad común, un enfermo de tuberculosis, aunque no sea contagioso (como es mi caso), es un ser a evitar, del que tener compasión y al que acercarse sólo si estás obligado a ello y con mil precauciones. Y yo no quería esto. Sabía que no era peligroso y quería vivir como todos los demás hombres, junto a todos los otros. Volví a estudiar, me diplomé y encontré un pequeño trabajo. He vivido durante años de forma descuidada, olvidando con frecuencia el haber estado enfermo alguna vez. Ahora, sin embargo, la enfermedad progresa y yo siento que se acerca mi fin. Durante el día me distraigo intentando vivir intensamente. Pero de noche no consigo dormir y el pensamiento de que dentro de poco dejaré de existir me produce un sudor frío. A veces creo enloquecer. Si tuviera el consuelo de la fe podría refugiarme en ella, encontraría la resignación necesaria. Pero, desgraciadamente, perdí la fe hace ya tiempo. Y las muchas lecturas, quizá demasiadas, que me la hicieron perder, no me han dado en cambio esa frialdad, esa tranquilidad que permite a otros afrontar el paso serenamente. En definitiva, me quedado solo e indefenso… Y por esto me dirijo a usted. Admiro su serenidad, que se refleja en todos sus escritos, y le envidio. Estoy seguro de que una carta suya me sería de gran alivio y me daría fuerzas. Si puede, le ruego que me ayude».

El periodista Indro Montanelli, hombre de éxito en su carrera como pocos, confirma que la búsqueda tomada en serio hace temblar el alma y conlleva un riesgo. No es ningún divertimento, nadie desea atravesar el campo de la vida y no encontrar nada al final si eso fuera posible.

«Lo confieso, yo no he vivido y no vivo la falta de fe con la desesperación de un Guerriero, de un Prezzolini, de un Giorgio Levi Della Vida (limitándome a las tribulaciones de mis contemporáneos, de las que puedo prestar testimonio). Sin embargo, siempre la he sentido y la siento como una profunda injusticia que priva a mi vida, ahora que ha llegado al momento de rendir cuentas, de cualquier sentido. Si mi destino es cerrar los ojos sin haber sabido de dónde vengo, a dónde voy y qué he venido a hacer aquí, más me valía no haberlos abierto nunca. Espero que el cardenal Martini no tome esta confesión mía por una impertinencia. Al menos en mi propósito, no es más que la declaración de un fracaso».

El irónico cineasta Woody Allen es mundialmente conocido por rebelarse públicamente contra la fractura de sentido que percibe en su interior. Una herida por la que respira en todas sus producciones cinematográficas y que le hace afirmar que hace cine para obviar la pregunta de la muerte.

“Vivimos en un mundo que no tiene sentido, ni propósito. Somos mortales, y todas las preguntas importantes… Para mí lo importante no ha sido nunca quién es el presidente de Estados Unidos, esas cuestiones van y vienen. Las preguntas importantes se quedan con nosotros y no tienen respuesta. ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿De qué va esto? ¿Por qué es importante que envejezcamos, por qué morimos? ¿Qué significa la vida? Y si no significa nada, ¿de qué sirve? Esas son las grandes cuestiones que nos vuelven locos, no tienen respuesta, y uno tiene que seguir adelante y olvidarse de ellas”.

A los 62 años el cantante de Los Rolling Stones decía en la revista Elle que seguía haciéndose la pregunta del sentido de su vida, aunque no sabía si iba a encontrar la respuesta.

«Dentro de la gran tradición del rock, rara vez se evoca el tema de la espiritualidad. Por tanto, he tenido que recrear esta canción (Joy, del disco Goddess in the Doorway) explicando que iba al volante de mi coche conduciendo a través del desierto, algo así como si fuese un solitario cowboy. En la vida real, en mi vida, procuro mantener una cierta perspectiva, alejarme un poco de mis bienes materiales y preguntarme qué hago en el mundo. Aún no puedo decir que haya encontrado la respuesta, pero al menos me hago la pregunta…».

Oh alegría, amor que traes. Oh alegría, haz que mi corazón cante. Y conduje a través del desierto. Estaba en mi tracción a las cuatro ruedas. Buscaba al Buda y vi a Jesucristo. Sonrió y se encogió de hombros y encendió un cigarrillo. Dicho salto de alegría. Haz ruido. Recuerda lo que dije.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han se ha convertido en un referente actual del pensamiento contemporáneo por su crítica al capitalismo feroz, el dominio de la tecnología y la pérdida de las tradiciones pasadas. Lo que considera «quiebras del mundo de hoy» lo ha llamado las “no-cosas”. Con 26 años llegó a Alemania tras abandonar sus estudios de metalurgia y empezó a adentrarse en la filosofía de la mano de Hegel, leyendo una página por día en el idioma original. En relación con el estado de malestar permanente del hombre moderno sigue preguntándose la manera de superar ese mal.

“La forma de curar esa depresión es dejar atrás el narcisismo. Mirar al otro, darse cuenta de su dimensión, de su presencia. El hombre moderno es él mismo su propio explotador, lanzado solo a la búsqueda del éxito. Siendo así, ¿cómo hacer frente a los nuevos males? No es fácil”.

1.1.2. Posibles posturas de todo ser humano ante la pregunta: Huir, ignorar, afrontar

El ser humano es libre de huir, ignorar o afrontar, puede escuchar o no las interrogantes de la vida. Lo paradójico es que no es libre para escoger el juego, sino para posicionarse en él, ha nacido con una sed que no escogió. Es libre para hacer lo que quiera con ella, afrontarla o ignorarla, saciarla definitivamente o a ratos.

La búsqueda de sentido es gradual y pasa por distintos campos de conocimiento, a través de la ciencia, la filosofía y la teología. El artista Roger Wagner y el físico Andrew Briggss descubren las influencias cruzadas entre la ciencia y la religión. El deseo de trascendencia (la curiosidad última) y la indagación de la naturaleza (que los autores denominan curiosidad penúltima) se influyen mutuamente a lo largo de la historia.

Aunque la interacción entre la religión abrahámica y la filosofía griega se hubieran iniciado en Alejandría, el entrelazamiento entre religión y ciencia no había comenzado aquí. Remontándonos más atrás en la historia pronto vimos claramente que la notable investigación científica emprendida por Aristóteles y sus discípulos había estado estrechamente conectada con una revolución previa en el pensamiento religioso.

¿No podrían estar la diversidad de alcances singulares de la curiosidad humana conectados fundamentalmente con la capacidad de la mente humana de integrar percepciones diferentes del mundo? De ser así, la respuesta última a la pregunta que hemos planteado sobre el origen del impulso de integrar religión y ciencia, y el verdadero comienzo de la historia, deben remontarse a la primera aparición de una conciencia específicamente humana. Ahí donde la naturaleza y el alcance de la curiosidad humana comienzan por primera vez a vislumbrarse era donde tenían que encontrarse los comienzos de una respuesta a nuestra pregunta última.

La Curiosidad Penúltima |  A. Briggs y R. Wagner

1.2. El ser humano mira hacia arriba

Buscando algo más

El Homo Sapiens es a un tiempo Homo Religiosus, es decir, que el ser humano busca con su razón y al mismo tiempo tiene una tendencia constitutiva de mirar hacia arriba, de plantearse su existencia en relación con el sentido último de todas las cosas y de él mismo, al margen de cómo resuelva esa existencia. La conciencia religiosa del ser humano es la inteligencia que le lleva a percibir su existencia como algo configurado por su relación con lo Absoluto. Esta estructura religiosa o religiosidad es anterior a las religiones, de hecho, es lo que las origina y posibilita. Puesto que la estructura religiosa es algo específico del hombre, se trata de uno de sus constitutivos esenciales, está presente en todo ser humano, aunque no todos lo reconozcan, lo acepten o se integren en alguna religión concreta. La creencia religiosa depende de cada uno, pero la estructura religiosa es algo connatural a todos, algo así como un esquematismo que después dotamos de contenidos concretos.

El hombre contempla la realidad, toda ella penetrada por el misterio, y pone a prueba su razón. El rito, el mito y el dogma son la materialización de la experiencia de individuos y pueblos que buscan comprenderse a sí mismos, comprender el mundo y su sentido, no desde una distancia teórica que en el fondo no le interesa, sino desde una cercanía que compromete toda la vida.

Podemos mirar con altivez los dioses y faunos del viejo politeísmo, pero esta invención más que revelar una mirada estrecha del modo de pensar arcaico, nos muestra la ambición con la que nuestros antepasados buscaron dialogar aun con aquello que no alcanzaban a comprender. El genio religioso se pone a prueba en esta afanosa búsqueda y la historia de las religiones nos lega un arca rica de intuiciones y sensibilidades.

La conciencia religiosa del ser humano capta el misterio y su relación con el sentido de la propia existencia, y puede entonces abrirse a una respuesta que solo se da como confianza y que compromete la propia vida. Esta confianza es la creencia religiosa, una fe natural que forma parte también de la estructura racional del hombre.

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Una exigencia de todo ser humano

No se trata de especular sobre estos asuntos. Esta intuición de sentido es real para el creyente y para el hombre que no cree. A continuación, hemos seleccionado algunas voces autorizadas en la búsqueda del sentido religioso del ser humano, como pueden ser la del dramaturgo griego Esquilo (456 a.C.), los filósofos Nietzsche (1844) o Unamuno (1864), el poeta Octavio Paz (1914), el cantante Coque Malla (1969), bandas tan populares como U2 (1976) o el grupo de pop rock madrileño Los Secretos (1980).

En la mitología griega, Prometeo era el titán amigo de los mortales, conocido por robar el fuego de los dioses, darlo a los hombres para su uso y posteriormente ser castigado por Zeus por este motivo. Así fue como Prometeo invadió en el Monte Olimpo el taller de Hefesto (dios de la forja) y Atena (diosa de la guerra), y cometió tal fechoría para hacer el valioso regalo a la humanidad. El dramaturgo griego Esquilo, en su “Prometeo encadenado”, insinúa algo importante sobre lo que habrá que volver cuando, hacia el final de esa tragedia, hace a Hermes (dios mensajero) decir a Prometeo: 

“No aguardes ningún fin a este suplicio, hasta que venga un dios y asuma sobre sus hombros tu culpa y baje a las cavernas del Hades y a las moradas sin luz que hay en el tártaro” (aludiendo a la mazmorra de titanes). 

Se descubren siete elementos en su obra: 1. El hombre está condenado a una condición mortal y miserable; 2. Esa condición es fruto de una culpa moral; 3. A pesar de todo, el hombre no pierde la esperanza; 4. Esa esperanza se ve permanentemente frustrada; 5. No puede superar por sí ni esa culpa ni esa condición; 6. Toda superación depende de un poder sobrehumano; 7. Y ese poder tendría que asumir sobre sí la propia culpa.

Sigue el pensamiento de F. Nietzsche (s. XIX), quien hizo una formulación explícita del sentido de la vida como problema en “El nacimiento de la tragedia”, donde el mitológico Sileno zanja con una respuesta nihilista, llena de orgullo y carente de ideales, las inquietudes del dios del vino Dionisio.

Una vieja leyenda cuenta que durante mucho tiempo el rey Midas había intentado cazar en el bosque al sabio Sileno, acompañante de Dioniso, sin poder cogerlo. Cuando por fin cayó en sus manos, el rey pregunta qué es lo mejor y más preferible para el hombre. Rígido e inmóvil calla el demón; hasta que, forzado por el rey, acaba prorrumpiendo estas palabras, en medio de una risa estridente:

«Estirpe miserable de un día, hijos del azar y la fatiga, ¿por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti morir pronto».

Estos elementos son una constante en las leyendas antiguas. Y son también los que están presentes en el drama de la pretensión de Jesús.

Miguel de Unamuno: la oración del ateo.

¿Cómo afirma el poeta la no existencia de alguien si la nombra con un Tú? ¿Cómo sabe que se está refiriendo a ese Tú? Queriendo negar la existencia de Dios en «La oración del ateo» la afirma. Quiere o necesita hablar a alguien para reprocharle su malestar vital. 

«Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas;

Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes,
cuando Tú de mi mente más te alejas;
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi alma endulzóme noches tristes.

[…] Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras,
existiría yo también de veras».

La poesía de expresa certeramente el deseo de ser correspondido por alguien, una persona, hasta tal punto que incluso su ausencia es reclamo de su presencia. La sed es signo de que el agua existe, no una prueba, es esperanza de encontrarla.

Un desconocido es mi amigo,
uno a quien no conozco,
un desconocido lejano, lejano,
por él mi corazón está lleno de nostalgia.
Porque él no está cerca de mí. ¿Quizá porque no existe?
¿Quién eres tú que llenas mi corazón de tu ausencia,
que llenas toda la tierra de tu ausencia?

Octavio Paz lo intuye con una hermosa expresión poética sobre el despertar de su existencia.

“Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben
sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
Alguien me deletrea”.

El cantante Coque Malla se denomina ateo, pero en una entrevista con Cayetana Guillén Cuervo confiesa que sentía la necesidad de pedir a alguien, alguien que fuera capaz de  intervenir en el mundo, que hiciera el milagro de que las cosas sean buenas y bellas. No solo no lo pide en abstracto, sino que necesita un Tú al que hacerlo, y este Tú debe ser «santo» como dice la letra de la canción, es decir, bueno, victorioso en la lucha del mundo.

Deja en el altar los regalos de los dioses que pedimos sin cesar. Rompe las barreras, las fronteras, el silencio y los palacios de cristal. Toca nuestra frente y devuélvele a la gente el instinto animal. Dinos nuestro nombre verdadero, enséñanos el fuego. Líbranos del tiempo, líbranos del miedo. Santo Santo, haz milagros. Mueve el mundo, cambia el rumbo. No te escondas, no te rindas. Santo Santo, oye el llanto.

«I Still Haven’t Found What I’m Looking For» es el título del tema con el que la banda de rock irlandesa U2 expresa el grito profundo del corazón como buscador de algo más allá. Lo reconoce, lo perfila, lo descubre, aunque «todavía no ha encontrado lo que está buscando» como manifiesta en su letra.

Todavía no he encontrado lo que estoy buscando. He subido las montañas más altas, he corrido por los campos, solo para estar contigo, solo para estar contigo. He corrido, me he arrastrado, he escalado estas murallas de la ciudad, estas murallas de la ciudad, solo para estar contigo, pero aún no he encontrado lo que estoy buscando, pero aún no he encontrado lo que estoy buscando.

El grupo de Los Secretos compuso la canción «Algo en la vida» para cantar al mundo que la búsqueda, más allá de uno mismo, lleva necesariamente a afirmar la existencia de lo «distinto».

Tantas noches sin dormir buscando por ahí hasta otro día. Algo tiene que existir distinto a lo que vi en cada esquina. Sueño en algo que me haga salir de dentro de mí y pueda sentir que aparte de ti hay algo en la vida. Cuántos sitios recorrí, gente conocí, de pronto se olvidan. Qué difícil es vivir si no puedo elegir lo que quería. Sueño en algo que me haga salir de dentro de mí y pueda sentir que aparte de ti hay algo en la vida.