El método de llegar a una certeza en esta cuestión

El objeto de estudio de cualquier ciencia marca su método. No será lo mismo acercarse a un amigo que a una planta o que a un hecho histórico del pasado para estar seguros de que es verdadero. Importa tener certeza de la verdad o la falsedad de lo que se vive, se cree o se afirma en todos los órdenes de la vida. A cada realidad se da un acercamiento según es esa realidad y la seguridad de conocerla es diferente.

Para comprender a una persona sería irracional querer entenderla como se entiende una ecuación o se resuelve un problema de laboratorio. El método es conocer lo que ella expresa de sí misma y ver si su realidad corresponde con sus gestos y palabras. Se busca una certeza personal, existencial, moral, no científica o matemática, y el testimonio personal es una vía tan válida, en su orden, como lo son, en el suyo, las demostraciones y los experimentos científicos. Más aún, esta vía es la única que facilita el acceso a un cierto orden de realidad: el orden de las personas.

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4.1. La importancia de establecer un método adecuado

La experimentación se ejerce sobre objetos. La persona no es un objeto y, por tanto,  solo se puede conocer en cuanto ella quiera revelarse y solo puede revelarse por la palabra, en el gesto. En última instancia, para conocer al otro solamente es posible apoyarse en su palabra. En las relaciones humanas solo se conoce el amor del otro a través de la afirmación que él hace. El problema es saber si se puede confiar en su palabra. 

La confianza hace posible la vida, nos despierta a la existencia, en ella descubrimos la verdad o la falsedad y con ella decidimos cómo vivir. Es así como cualquier persona aprende de sus profesores o se relaciona con sus padres y amigos, creyendo en su palabra, pues de otra manera la vida sería imposible.

4.2. Tipos de certezas: empíricas, morales y existenciales

Decía Bertrand Russell que podemos saber aquello que podemos probar y que aquello que no puede ser “probado” no es digno de ser considerado. Si esto es así, no tomaríamos en consideración la mayoría de cosas que suceden en nuestra vida. 

Sintetizamos las certezas en dos tipos:

  • Certeza empírica

Cuando comprobamos por nosotros mismos que una cosa es como pensamos o como nos dicen, adquirimos una certeza empírica, de experiencia. Sobre este principio descansa toda la ciencia. Y sobre esta base se ha construido el gran edificio de la ciencia moderna y de toda la tecnología que facilita la vida actual. 

  • Certeza moral o existencial

El ser humano, buscador de la verdad, es también aquel que vive de creencias, y a estas creencias, que no tienen que ver con el mundo religioso, se les llama certezas morales o existenciales. Cuando obramos según la certeza moral, las pruebas o indicios que humanamente se tienen son suficientes para aceptar algo como verdadero.

La certeza existencial es la base de la vida y de las cosas más importantes. Cuando nos entregamos en una amistad o en una relación de pareja, no podemos demostrar este amor de un modo empírico, pero existe una certeza verdadera y profunda. El acercamiento a la figura de Jesús de Nazaret se hace desde la certeza existencial.

La encíclica Fides et Ratio desarrolla esta colaboración entre la razón y la fe que permite descubrir certezas existenciales.

El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no solo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos, el crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean «recuperadas» sobre la base de la experiencia llevada que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. En efecto, ¿quién sería capaz de discutir críticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna?, ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan en línea de máxima como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquel que vive de creencias.

Juan Pablo II

Es importante subrayar que la búsqueda de una certeza en el camino de la fe no es tratar de conseguir algún tipo de razonamiento que lleve por sí mismo a la fe, lo cual sería un atajo engañoso. Una vieja apologética cristiana cayó en ese engaño y apoyada en una razonabilidad real de la fe entró en el juego de la razón ilustrada que solo acepta lo que ve con claridad. Esa apologética racionalista ofreció una fe que era más ideología que un encuentro personal con Dios. Por muy cristiana que fuera no podía captar ni mostrar el misterio de la divinidad ni de la existencia. Se trata de reconocer que, ante un hecho histórico que llama a posicionarse, la razón tiene su camino, hay un itinerario. 

Es exactamente igual que en toda relación afectiva. Cuando se cae en la cuenta de que se ha descubierto el amor de la vida, hay un primer vértigo y la necesidad de que ese amor también dé el paso hacia nosotros. Pero la razón no se anula, esta también hace su trayectoria en la búsqueda, unida al corazón. Ambos son la misma cosa, la humanidad de cada persona que busca el bien y la verdad para su vida a través de todas las herramientas que tiene: pensamiento, observación, intuición, experiencia, memoria, sentimiento…

¿Cómo adquirir certeza de la verdad de Jesucristo para todos en la actualidad? A la invitación “venid y veréis” se ha tenido que responder en todas las épocas, desde los primeros discípulos hasta hoy. Jesús despertaba y despierta el deseo de quien se le acerca, luego se descubre quien es  en la medida en que se convive y se está con Él. Este contacto tiene sus características en el caso de Jesús de Nazaret, evidentemente, pero, así como los discípulos comenzaron a entrever la divinidad de Jesús al estar con Él, para el hombre del siglo XXI el método de conocimiento permanece intacto.

Ese método es el de toda amistad: el trato entre amigos. El conocimiento de Dios comienza con la experiencia, con aquello que se ve y se toca, una relación con alguien. Tal método, no solo es lo más correspondiente, sino también lo más razonable. Dios, que ha creado al ser humano inteligente y razonable, le ha dado la posibilidad de reconocer su presencia. Sin embargo, este camino a la certeza sobrepasa los límites de la razón. Si se pudiera entender completamente a Dios ya no se trataría de lo inefable, el Misterio. 

Para comprender el pensamiento de Dios se debería ser como Él mismo, pero el aspecto que sí se puede captar es la humanidad de Jesús y la de los cristianos que lo han encontrado en la Iglesia. No hace falta imaginar cómo es, se puede descubrir en una relación personal con Él, por una decisión libre.

“No creo que haya una prueba (como la de Euclides) demostrativa del cristianismo, ni de la existencia de la materia, ni de la buena voluntad y honestidad de mis mejores y más antiguos amigos. Pienso que las tres cosas son (excepto quizá la segunda) mucho más probables que las opuestas…y sobre por qué Dios no lo hace evidente ¿estamos seguros de que a Él le interesa siquiera un tipo de teísmo que consistiera en un consentimiento lógico a un argumento concluyente? ¿Nos interesa a nosotros en asuntos personales? Exijo de mi amigo que crea en mi buena intención, que es cierta sin tener una prueba demostrativa”.

C.S. Lewis

John Nash, profesor de matemáticas y Premio Nobel en 1994, es un ejemplo de lo que hemos dicho hasta ahora.  Pronunció ante toda la Academia un sencillo discurso dirigido a su esposa. Sus palabras contienen un itinerario hacia la certeza existencial, a través de certezas lógicas y matemáticas. Una vida a su lado ha verificado que en ese amor estaban todas sus razones, es decir, su certeza existencial, una seguridad mayor que la que le daban todas las ecuaciones que le llevaron al Nobel.

4.3. Conocer sin desestimar el misterio

En el lenguaje religioso, la palabra misterio es un término que se usa con mucha frecuencia. A menudo se llama misterio a lo que no se entiende, a los problemas sin solución conocida. Pero, hablando con propiedad, no toda cuestión sin resolver o incomprensible es un misterio. Un enigma no es un misterio. Un enigma es una cuestión sin resolver, pero dentro de un horizonte de razonable esperanza de encontrar su solución. La curación de la tuberculosis era un enigma y ya no lo es, la curación del cáncer es un enigma que dejará de serlo con el avance de la oncología. En cambio, ¿qué hacemos en la vida?, ¿para qué nos ha sido concedida? Es algo que no se sabe y que no se logrará saber por las solas luces. Se intuye que las respuestas a tales preguntas nos trascienden, es así como nos asomamos al misterio religioso. La pregunta del misterio es diferente a la del enigma, en una está en juego el sentido de la vida y en la otra no, por muy importante que pueda ser la medicina o la astronomía. Enigma es lo que resolvía Sherlock Holmes, misterio es lo que movía a la Madre Teresa de Calcuta.

El auténtico sentido religioso, la fe, no consiste simplemente en rezar, sino en ponerse ante el misterio, como hizo Viktor Frankl. 

Por cierto, mi definición de religión es igual a la que ofreció Albert Einstein (1950), y que dice lo siguiente: “Ser religioso consiste en haber encontrado una respuesta a la pregunta ¿cuál es el sentido de la vida?”. Y hay todavía otra definición, propuesta por Ludwig Wittgenstein (1960), que dice lo siguiente: “Creer en Dios es comprobar que la vida tiene un sentido”. Como ven, Einstein, el físico, Wittgenstein, el filósofo, y yo, como psiquiatra, hemos propuesto definiciones de religión que se solapan unas a otras. 

El misterio es algo incomprensible porque está más allá de la capacidad de comprensión, es trascendente. Aceptarlo es razonable, pero no irracional. Irracional sería aceptar como verdadero lo contradictorio o lo absurdo, como que un círculo cuadrado o que dos y dos son cinco.  Pero no es irracional aceptar el fragmento del misterio que es posible conocer. Comprender la excepcionalidad de la persona de Jesús y decidir adentrarse en verificar si todo lo que pretende ofrecer es verdad constituye un desafío que no anula, sino que invita a una nueva apertura. Estas respuestas últimas serán posibles si el misterio se ha hecho un poco transparente, si Dios ha intervenido en la historia. 

Al cumplir los 70 años, el teólogo Romano Guardini trató el tema de la ausencia de Dios en un ensayo sobre el papel de la filosofía en las diferentes etapas de la vida: «La aceptación de sí mismo. Las Edades de la Vida». Describe a un anciano que está sentado en su departamento y que mira a su alrededor como si visitara el cuarto de un extraño. En un momento como este «todo se envuelve en el aura de un enigma».

A veces, por las tardes, él está en su estudio, rodeado de sus libros que han sido leídos y releídos cientos de veces. Allí están los muebles, los cuadros en la pared, las pequeñas estatuas sobre la mesa. Y de repente, todas estas cosas pierden su familiaridad, se tornan extrañas, lejanas y opresivas. Y entonces piensa: ¡Qué extraño que tú estés sentado en este cuarto esta tarde, que tú seas tú y que continúes haciendo lo que te pide cada día! ¡Qué extraño que simplemente estés allí! ¿Qué hay detrás de todo esto?

Jesucristo no se atiene a las capacidades intelectuales, sino que despierta nuestra existencia, nos hace descubrir algunos retazos del misterio de la vida y nos da la suficiente certeza para decidir cómo vivir, sin quitar la libertad. Por eso el cristianismo no es un descanso, sino un camino, como el del amor.