¿Cómo continúa Jesús su mensaje y su presencia?

Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Si hemos seguido el bloque dos hasta el final nos hemos encontrado con la afirmación del escritor Carlos Fuentes al narrar la experiencia de impotencia ante la muerte de su hijo. Pero a su vez, cita a Jesús como alguien que sigue vivo. Fuentes confía en que es Jesús la única posibilidad de rescatarle a él, como padre, del dolor que le impide vivir; que es Jesús el que es capaz de salvar a los que aún siguen vivos con una fuerza única. Pero esto puede suceder si también puede hacer algo con los ausentes, si puede de alguna manera custodiar la vida que parece haberse perdido. Pues bien, este Jesús que sigue despertando la posibilidad de ayudar a los seres humanos en el trance más extremo que es la muerte ¿dónde podemos encontrarlo?

Si volvemos a los textos que hemos analizado en el capítulo anterior y que hemos validado como fuentes fiables, podemos ver que este Jesús resucitado se vuelve a marchar a los cuarenta días de una manera definitiva. Así lo narra Marcos en su Evangelio:

“Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”.

Mc 16, 19

Pero ¿qué significa esta cooperación? ¿Cómo previó Jesús, si es que lo hizo, permanecer con los suyos? Por otra parte, ¿quiénes son “los suyos”? ¿Solo aquellos que conoció? ¿La encarnación de Dios era solo para una generación y el resto tendría que vivir de ese mensaje? Todas estas preguntas son las que abren el siguiente tema: La existencia de la Iglesia como posible continuadora o no de Jesús. Si volvemos al texto que cerraba el capítulo de la Resurrección y abría este, el testimonio de Carlos Fuentes, vemos que el escritor hace su apuesta y dice que Jesús está presente a pesar de la Iglesia. En sus declaraciones ya nos adelanta el obstáculo de esta comunidad o institución. Pero tenemos que dar un paso atrás e ir al inicio, a la primera pregunta, la que se suscita tras esos cuarenta días de Jesús resucitado, en el primer día de su subida a los cielos, de su ausencia en la tierra.

Si quieres ampliar la introducción visualiza el siguiente video o lee el texto:

Jesús murió en la cruz, dijeron que había resucitado y que a los 40 días fue elevado al cielo. ¿Pero después qué? ¿Dónde está ahora? ¿Previó algo para permanecer con los suyos? En todo caso, la presencia y continuidad de Jesús en nuestro tiempo continúa la misma modalidad que la de hace 2.000 años. Eso se llama Iglesia.

Si Dios ha intervenido en la historia, pero solo en el pasado, ¿qué interés tendría para el hombre de hoy? Sin embargo, si Cristo ha querido hacerse presente por medio de la Iglesia para que todo el mundo lo conozca Dios se hace contemporáneo de los hombres de cada época. Eso nos deja perplejos, también en el inicio, con el propio Jesús en esta tierra cuando decían que solo era el hijo del carpintero de Nazaret. El mismo escándalo que Jesús provocaba por su condición humana a los que le conocieron sucede a los cristianos de hoy. 

1.1. Una comunidad que da seguimiento

Si leemos la vida de Jesús una de las labores que más sobresalen es su empeño en dar forma e instruir a una comunidad de seguidores. Esta acción no es original de Jesús. Otros muchos maestros antes y después la han seguido. Hombres relevantes a lo largo de la historia han sentido la necesidad de perpetuar su mensaje y fundar comunidades para que custodiaran su pensamiento. Jesús hace esto, pero de una manera nueva, hace propio este método.

La presencia de Jesús en su comunidad no es un mero recuerdo de lo que dijo, como podemos contemplar en los discípulos de algunos maestros, pongamos el caso de las comunidades platónicas o aristotélicas, sino que Jesús dio capacidad a sus seguidores para hacerlo presente de forma efectiva por medio de su Palabra y de los ritos que instituyó y que llamamos Sacramentos.

Veamos en los textos cómo Jesús dedica gran parte de su vida pública a crear una comunidad y cómo esta labor está insertada de signos y gestos significativos para el pueblo judío:

“Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios: Simón, a quien puso el nombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo, y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó”.

Mc 3, 13

Jesús les entrega la autoridad de la que Él se siente dueño, instaurando de esta manera una comunidad especial, que va más allá de unos discípulos capaces intelectualmente de difundir un pensamiento. Es significativo que Marcos recoja este pasaje en los primeros capítulos de su Evangelio indicando la importancia que tiene el grupo de los Doce en la misma vida de Jesús, están con Él prácticamente desde el inicio, de modo que son testigos presenciales de sus palabras y sus obras.

En este pasaje debemos detenernos en varios detalles. Jesús sube al monte para escoger al grupo de sus discípulos más cercanos, evidencia así un paralelo notable con otra escena similar en la historia de Israel: el momento en que Moisés sube al Sinaí. Y el hecho de que escoja a doce, y no diez o veinte, delata la intención de convocar, en los doce, a las doce tribus de Israel, el Pueblo de Dios. Es decir, la pretensión de Jesús sobre este grupo se enraiza en la historia judía y concede al grupo la autoridad que este pueblo concede a Israel.

Marcos además señala tres objetivos que persigue Jesús al constituir a los Doce:
1. Estar con Él
2. Enviarlos a predicar
3. Darles autoridad para expulsar a los demonios

El primer “objetivo” es la condición de los otros dos: estar con Jesús es para los Apóstoles la base de su fe y su misión. Conocer a Jesús, tener con Él un encuentro personal es lo que le da consistencia a la predicación. En cuanto al poder de expulsar demonios, ya hemos visto cuando hablábamos de la pretensión de Jesús que indica el lugar en el que se sitúa, el lugar de Dios, el único que puede tener poder sobre el mal.

Si seguimos analizando el poder con el que dota al grupo, leemos:

“En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. 

Mt 18, 18

“Atar y desatar” son términos técnicos que en el lenguaje rabínico significan admitir o rechazar a alguien en el pueblo de Dios, se refiere a la facultad de juzgar, es decir, Jesús confiere a los apóstoles la facultad de valorar los actos de los hombres. Esta autoridad de juicio está estrechamente relacionada con la capacidad de expulsar demonios, o sea, de liberar al hombre del mal. La tradición cristiana ha entendido esta doble facultad en relación al poder de perdonar los pecados. El final de la cita también es relevante: Jesús afirma que Él se hallará presente en medio de ellos, no como un simple recuerdo, sino con una presencia viva, análoga a la que tenía Dios en medio de Israel.

Junto al grupo de los doce Apóstoles, crea un grupo de 72 discípulos, a los que a su vez da poder para hacer nuevos discípulos a través del bautismo:

“Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Mt 28

En otro momento, matiza que el origen de esta constitución proviene de Él y de la misión que debe desarrollarse:

“No me habéis elegido vosotros a mí, más bien os he elegido yo a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto sea duradero, de modo que todo lo que pidáis al Padre os lo conceda”.

Jn 15, 16

Comprobamos que la pretensión que tiene Jesús sobre la comunidad de seguidores que ha creado tiene que ver con la pretensión que tiene sobre sí mismo. Sus discípulos son hombres normales, incluso llenos de carencias y defectos, pero les instaura con una fuerza y autoridad especial ante el Misterio de la vida, la misma que Él tiene. Y esta conciencia de que los elegidos provienen de su voluntad continúa cuando Él ya no está en la tierra. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se puede comprobar la manera en la que lo vivían las primeras comunidades cristianas y cómo iban sucediéndose unos a otros en la transmisión de la fe como si fueran eslabones de una cadena cuya seguridad estaba en el origen. Lo leemos en la elección del nuevo Apóstol tras la muerte de Judas:

“Es necesario, pues, que uno de los que nos acompañaron mientras el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, desde el bautismo de Juan hasta que nos fue arrebatado, sea constituido junto a nosotros testigo de su Resurrección. Designaron a dos: José, llamado Barsabás, apodado El Justo, y Matías. Después rezaron así: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, indícanos a cuál de los dos eliges para ocupar el puesto de este ministerio apostólico que Judas abandonó para marchar al lugar que le correspondía. La suerte tocó a Matías y fue incorporado a los 11 Apóstoles. 

Hch 1

Los primeros discípulos, aquellos que convivieron con Jesús, sabían que la capacitación para ser Apóstol no dependía del examen que se hiciera de las cualidades objetivas del candidato, sino de la pertenencia a la comunión con Jesús y que era este el que lo hacía saber, siendo su presencia en la tierra inmaterial, pero real. A partir de ese momento, esta conciencia ha continuado en todas las generaciones de cristianos y es lo que se ha llamado Iglesia. Veamos los rasgos que tiene y si estos tienen una referencia en los textos evangélicos.

1.2. Rasgos de esa comunidad

Esta comunidad tiene unos rasgos que son específicos de la comunidad cristiana y que la diferencian del resto de comunidades en torno a maestros de vida. Las primeras comunidades cristianas del siglo primero y todas las que les han seguido hasta nuestros días tienen estas características. Son formas en las que la comunidad vive la presencia de Jesús en nuestros días. Vamos a ir desengranando estos puntos.

1.2.1. Es jerárquica

Desde el inicio Jesús da forma a esta primera comunidad. En el Evangelio se narra la siguiente escena:

«Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen la gente que es el Hijo del hombre?. Ellos contestaron: Unos, que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Él les preguntó: Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?. Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: ¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». 

Mt 16, 13

Queda patente, por la solemnidad del momento, la voluntad de Jesús de dar a su Iglesia un fundamento, una roca, un poder en la tierra y en el cielo. En este fragmento podemos contemplar cómo Jesús da la autoridad a aquel que le parece que de una manera más firme y espontánea responde con verdad. De esta manera los primeros cristianos reconocieron la primacía de Pedro. El hecho de que Jesús cambie el nombre de Simón en Pedro es un acto en continuidad con la acción de Dios en la historia de Israel. Dios cambia el nombre de Abram en Abraham, el de Sarai en Sara, el de Jacob en Israel. Este cambio de nombre indica siempre una vocación y misión especiales, y en el caso de Pedro, esta vocación es la de ser piedra de la comunidad de seguidores, a los que Jesús llama “mi Iglesia”.

El término iglesia (del griego ekklesia –que significa asamblea –) es traducción del hebreo qahal: precisamente el término que se utiliza en el Antiguo Testamento para hablar del pueblo de Israel cuando aparece reunido en la Presencia de Dios.

Por su parte, poco a poco, se va desarrollando el aspecto jerárquico de la Iglesia. Así se entiende que Pablo quiera recibir la confirmación de “las columnas de la Iglesia” como vemos en esta carta a los Gálatas:

“Además, reconociendo la gracia que me ha sido otorgada, Santiago, Cefas y Juan, considerados como columnas, nos dieron la mano en señal de comunión a Bernabé y a mí, de modo que nosotros nos dirigiéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos”.

Gal 2, 9

El gesto de tender la mano de Santiago, Pedro y Juan a Pablo y Bernabé era un signo institucional de transmisión de vida en Cristo. En Los Hechos de los Apóstoles se muestra la conciencia que los primeros cristianos tienen de sí mismos, donde cada miembro cumple una función determinada, donde existe una jerarquía, se reparten las tareas y se acude a los Apóstoles ante las dificultades que van surgiendo. Es ilustrativo el caso de Clemente Romano, tercer sucesor de Pedro en la Iglesia de Roma, que interviene en asuntos disciplinares y doctrinales ante los corintios. La Iglesia de Corinto, fundada por Pablo y con una personalidad muy fuerte, no duda en acatar las disposiciones de Clemente en un tiempo en que el último Apóstol, Juan, aún vivía. Con una autoridad moral, sin duda superior a la de Clemente, pero sin el mandato jerárquico.

El término apostólico referido a la Iglesia ya desde muy antiguo, se vive como la garantía de que lo que se cree y lo que se hace está vinculado a Jesús a través del testimonio y la interpretación de la comunidad primitiva, la comunidad de los Apóstoles.

1.2.2. Está dirigida por el Espíritu

Nos cuentan los textos que, tras la marcha de Jesús, se quedan los hombres y mujeres a los que ha instruido y dado la misión de seguir con su Reino en la tierra; les promete la presencia del Espíritu Santo como una presencia análoga de Él mismo y, a su vez, de Dios:
 
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. […] Respondió Jesús y le dijo: El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”.
Jn 14, 15

En estas declaraciones Jesús reconoce que sus discípulos podrán seguir aprendiendo cosas, además de recordar lo recibido. Esta dinámica permite que el pueblo que ha instaurado no se agote en el tiempo que Él ha permanecido en la tierra, sino que les da un nuevo horizonte, la posibilidad de seguir creciendo y hacerlo en una verdad que sucede mientras se vive, no solo de la memoria de lo ocurrido.

1.2.3. Se comunica a través de palabra y signos (Sacramentos)

La Iglesia tiene la conciencia desde el inicio de que a través de este Espíritu puede hacer presente a Jesús de forma real a través de unos signos que llama Sacramentos y que instauró el mismo Jesús en su paso por la tierra. Son signos para los diversos momentos de la vida, muestra del poder de transformación que Dios da a los hombres.

Especialmente significativo es el sacramento de la Eucaristía que instaura en lo que conocemos como Última Cena. En ese último encuentro con los doce Apóstoles antes de ser condenado, toma un trozo de pan y una copa de vino y afirma:

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros». 

Lc 22, 19

Jesús entrega su cuerpo y su sangre para hacer un pacto nuevo entre Dios y su pueblo que confía a unos cuantos para que puedan hacer lo mismo. La Iglesia, que sigue configurándose hoy de esta manera, ya tiene un centro, de alguna manera vemos que esta familia tiene una mesa común, un alimento compartido.

La palabra sacramento tiene su origen en la palabra griega mysterion que ha sido traducida en latín por mysterium y sacramentum. El término sacramentum quiere expresar el signo visible de la realidad oculta de la salvación, el misterio de Dios en lo que vemos. Los Sacramentos son signo e instrumento mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la presencia de Jesús en su Iglesia.
 
Es significativo encontrar hoy en día a personas que siguen expresando el mismo encuentro que tuvieron Juan y Andrés en el siglo I al encontrar a Jesús. El encuentro de estas personas no se da con una aparición de Jesús, sino con alguno de sus Sacramentos. Hacen una analogía existencial entre el signo y su origen. Podemos leer en esta clave el testimonio del escritor Scott Hahn:

Entonces un día cometí el error fatal. Decidí que ya era tiempo de ir a misa por mi cuenta. Resolví cruzar las puertas de Gesú, la parroquia de la Universidad Marquette. Justo antes del anochecer me introduje discretamente en la capilla del sótano para la misa diaria. No estaba seguro de lo que podía esperar: quizás estaría solo con un sacerdote y un par de monjas ancianas. Tomé asiento como observador en el último banco.

Pronto gente normal empezó a entrar desde la calle, gente que parecía totalmente “de la calle”. Entraban, hacían una genuflexión y se ponían a orar. Su devoción sencilla pero sincera era impresionante. Entonces sonó una campana y un sacerdote se acercó al altar. Permanecí sentado; dudé si era algo seguro ponerme de rodillas. Como calvinista evangélico me habían enseñado que la misa católica era el mayor sacrilegio que se puede cometer por eso no sabía qué hacer.

Escuché las lecturas, las oraciones y las respuestas de la gente, todo tan radicado en las Escrituras y todo parecía hacer la Biblia algo vivo. Casi quise detener la misa y decirles. “Un momento, esta frase es del libro de Isaías, esta otra es de un salmo, y ahí tenéis otro profeta en esa oración”. Encontré también numerosos elementos de la antigua liturgia judía que yo había estudiado con tanta intensidad.

De pronto me di cuenta de que aquí es donde realmente encajaba la Biblia. Este era el contexto en que ese hermoso sentimiento de familia debía ser leído, proclamado y comentado. Luego pasamos a la liturgia de la Eucaristía, donde todas mis certezas sobre la alianza convergían antes.

Quería detener todo y gritarles: “¿Puedo explicar todo esto que está pasando con la Escritura? Es algo grandioso”, pero en vez de eso solo permanecí sentado, profundamente hambriento del Pan de vida, con un hambre sobrenatural.

Después de pronunciar las palabras de la consagración, el sacerdote sostuvo elevada la Hostia. Entonces sentí que la última gota de duda se me había secado. Con todo mi corazón murmuré: “Señor mío y Dios mío. Eres realmente Tú. Y si eres realmente Tú, quiero una comunión total contigo. No quiero conservar nada ni retraerme”.

Entonces traté de recuperar control sobre mí mismo: Soy presbiteriano, ¿verdad? Sí. Y con eso me salí de la capilla sin decirle a nadie dónde había estado y lo que había hecho. Pero el siguiente día regresé, y el siguiente, y el siguiente. En una semana o dos estaba enganchado. No sé cómo decirlo, pero estaba “de cabeza”, enamorado con nuestro Señor en la Eucaristía. Su presencia para mí en el Santísimo Sacramento era poderosa y personal. Sentado en la parte de atrás, empecé a ponerme de rodillas y a rezar junto con los otros que ahora sabía que eran mis hermanos y hermanas. ¡No era un huérfano! Había encontrado una familia… Era el Evangelio en su plenitud. 

Scott Hahn, «Rome Sweet Home», p. 87 (traducción propia)

1.2.4. Es misionera

La misión que tiene la Iglesia es originada por Jesús cuando está conformándola. En muchos fragmentos pide a sus discípulos que anuncien el Reino, que es la forma de designar una promesa de plenitud que Dios ha venido a traer en la persona de Jesús. El Reino no es esta tierra, pero se puede intuir al encontrarse con Jesús y, una vez que Él se ha marchado, al conocer a su Iglesia. Esta será la misión de esta comunidad: anunciar a todos los hombres que son merecedores de esa promesa y capaces de encontrarse con Dios en las circunstancias de su vida.

Esta misión se hace diáfana cuando Jesús señala: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed” (Mc 1). Jesús se dirige a su Padre para confirmar la misión de los suyos: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los envié a ellos al mundo” (Jn 17, 18-20). Con la designación de los 12, Jesús establece el método de transmisión anticipando así la sucesión de los cristianos en un mismo cuerpo y en un mismo espíritu: “No solo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras”. Después, Pablo exhortaba a los creyentes de Tesalónica a no desfallecer en la tarea de la transmisión de la fe por mucho escándalo que supusiera: “De ahí que tampoco nosotros dejemos de dar gracias a Dios, porque al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, no la acogisteis como palabra de hombre, sino cual es en verdad: como Palabra de Dios, que permanece activa en vosotros, los creyentes” (1 Tes 2, 13).

1.2.5. Es misterio

Retomamos la definición que hacíamos en el primer bloque sobre misterio para afirmar en este apartado precisamente esa característica de la Iglesia. Misterio no es el enigma que no podemos resolver, misterio es aquello que se mueve entre la luz, la certeza y el asombro y tiene que ver con el sentido de la existencia. Por eso, podemos decir con el pensador italiano Luigi Giusanni que la Iglesia es una vida, tiene más que ver con la vida que con un corpus normativo o dogmático.

Este autor habla de tres aspectos que conforman la Iglesia: la realidad comunitaria, la fuerza que viene de lo alto y un nuevo tipo de vida ontológica. En su libro «Por qué la Iglesia» considera que asistimos a un fenómeno histórico cuyo único significado consiste en ser la posibilidad que tiene el hombre de alcanzar la certeza sobre Cristo, en ser la respuesta a la pregunta sobre el problema más decisivo para su vida y para la vida en el mundo:

«La Iglesia no solo es expresión de vida, algo que nace de la vida, sino que es una vida. Una vida que nos llega desde muchos siglos anteriores a nosotros. Quien quiera comprobar la veracidad de su opinión sobre la Iglesia ha de tener presente que para comprobar realmente una vida, como es el caso, se necesita convivir con ella adecuadamente».

Luigi Giussani, «Por qué la Iglesia»

Esta afirmación tiene que ver con la correspondencia que los Apóstoles experimentaban al estar con Jesús; esta era tal que no había otro lugar donde se afirmara más la esencia de ellos mismos. “Señor, ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Con esta expresión Pedro manifiesta el sentir de los discípulos. Aunque ellos no conocían a la perfección quién era Jesús sabían que solo estando con Él sus vidas se cumplían, incluso sin comprender lo que hacía.

El misterio de la Iglesia no puede agotarse en esta vida porque su perfección se dará en el Cielo, cuando esta tierra haya pasado y el Reino que anunciaba Jesús venga. A este ese día la Iglesia avanzará “a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios» (San Agustín, De civitate Dei 18, 51). Pero mientras la Iglesia está en la historia y al mismo tiempo la transciende. Solamente «con los ojos de la fe» se puede ver en esta realidad visible una realidad espiritual, portadora de vida divina. Este es su Misterio.

En este ámbito de trascendencia es donde se puede afirmar que la Iglesia es una y santa. ¿Qué significan ambos calificativos?

UNIDAD: Los seguidores son distintos entre sí. Por ejemplo, Pedro y Mateo no tienen nada que ver entre ellos ni por procedencia, ni por adhesión política, ni por intereses vitales, solo les une que han seguido al Maestro y eso les embarca, ya para siempre, en la aventura de seguirle y hacerle presente. Son hermanos, no clones. Y ahora no es diferente. No hay programa electoral eclesial, hay una vida con unas certezas y sobre ellas se construye.

SANTIDAD: no es perfección moral, sino una humanidad que se deja cambiar constantemente por el Espíritu, que tiene la certeza de que Dios puede cambiar su pecado en bien porque el santo es Él.