Creación de la Iglesia

La Iglesia afirma ser la presencia y la palabra de Cristo para todos los seres humanos del mundo de todas las épocas. Es decir, tiene la misma pretensión inaudita que tuvo Jesús de Nazaret, ser Dios en medio de los hombres y mujeres, ser Dios coetáneo del ser humano. 

La pregunta pertinente es: ¿Es lo que dice ser? Cualquier otra pregunta hecha a la Iglesia es menos importante que esta. Si se quiere tener un juicio adecuado sobre ella, habrá que verificar si el hecho de poder dar a Cristo es verdad. La pregunta por la Iglesia puede hacerse detrás de un escritorio, pero sin cuestionarse el sentido de la vida se mirará solo una fachada institucional, no se podrá ver su interior.

¿Cómo entendieron esta autoridad las primeras generaciones? Lo cierto es que importaba más el Papa de Roma que el Apóstol vivo, y eso es decir que en Roma está la referencia. Es ilustrativo el caso de Clemente Romano, tercer sucesor de Pedro, interviniendo en asuntos disciplinares y doctrinales de los corintios. En su tiempo, el último Apóstol, Juan, aún vivía, y tenía una autoridad moral en la Iglesia muy superior a la de Clemente. Pero Juan no era el Papa, y quien debía dilucidar esos asuntos era Clemente. La Iglesia lo tenía claro desde el principio porque Cristo los había preparado en las cosas esenciales.

En primer lugar, ¿cómo reconocer la Iglesia verdadera con el paso de los siglos, dado que han pasado tantas cosas? Son muchos los eslabones de esa cadena. Por ejemplo, el rostro de la Iglesia ha cambiado desde el presbítero Beda el Venerable que en el año 700 pasó toda su vida en un monasterio de Inglaterra dedicándose a la observancia de la regla y la exposición de las Sagradas Escrituras, pasando por el militar impetuoso Ignacio de Loyola del siglo XV que, tras perder una pierna en la batalla contra los franceses, acabó fundando la Compañía de Jesús y dando a luz los Ejercicios Espirituales, hasta el Papa Francisco, sucesor de Pedro. ¿Es la misma Iglesia que fundó Jesucristo? 

En segundo lugar, ¿qué valor tienen los Sacramentos? Son signo para los diversos momentos de la vida y muestra del poder de transformación. No es difícil encontrarse con los que lo han verificado personalmente, como el escritor converso Scott Hahn. ¿Reconoció Hahn la presencia de Cristo en la Eucaristía simplemente entrando en una capilla? ¿No era un signo llamativo ver a gente normal de rodillas orar y señalar a Alguien que no podía ni sospechar por muchísima Biblia que sabía?

Entonces un día cometí el error fatal. Decidí que ya era tiempo de ir a misa por mi cuenta. Resolví cruzar las puertas de Gesú, la parroquia de la Universidad Marquette. Justo antes del anochecer me introduje discretamente en la capilla del sótano para la misa diaria. No estaba seguro de lo que podía esperar: quizás estaría solo con un sacerdote y un par de monjas ancianas. Tomé asiento como observador en el último banco.

Pronto gente normal empezó a entrar desde la calle, gente que parecía totalmente “de la calle”. Entraban, hacían una genuflexión y se ponían a orar. Su devoción sencilla pero sincera era impresionante. Entonces sonó una campana y un sacerdote se acercó al altar. Permanecí sentado; dudé si era algo seguro ponerme de rodillas. Como calvinista evangélico me habían enseñado que la misa católica era el mayor sacrilegio que se puede cometer por eso no sabía qué hacer.

Escuché las lecturas, las oraciones y las respuestas de la gente, todo tan radicado en las Escrituras y todo parecía hacer la Biblia algo vivo. Casi quise detener la misa y decirles. “Un momento, esta frase es del libro de Isaías, esta otra es de un salmo, y ahí tenéis otro profeta en esa oración”. Encontré también numerosos elementos de la antigua liturgia judía que yo había estudiado con tanta intensidad.

De pronto me di cuenta de que aquí es donde realmente encajaba la Biblia. Este era el contexto en que ese hermoso sentimiento de familia debía ser leído, proclamado y comentado. Luego pasamos a la liturgia de la Eucaristía, donde todas mis certezas sobre la alianza convergían antes.

Quería detener todo y gritarles: “¿Puedo explicar todo esto que está pasando con la Escritura? Es algo grandioso”, pero en vez de eso solo permanecí sentado, profundamente hambriento del Pan de vida, con un hambre sobrenatural.

Después de pronunciar las palabras de la consagración, el sacerdote sostuvo elevada la Hostia. Entonces sentí que la última gota de duda se me había secado. Con todo mi corazón murmuré: “Señor mío y Dios mío. Eres realmente Tú. Y si eres realmente Tú, quiero una comunión total contigo. No quiero conservar nada ni retraerme”.

Entonces traté de recuperar control sobre mí mismo: Soy presbiteriano, ¿verdad? Sí. Y con eso me salí de la capilla sin decirle a nadie dónde había estado y lo que había hecho. Pero el siguiente día regresé, y el siguiente, y el siguiente. En una semana o dos estaba enganchado. No sé cómo decirlo, pero estaba “de cabeza”, enamorado con nuestro Señor en la Eucaristía. Su presencia para mí en el Santísimo Sacramento era poderosa y personal. Sentado en la parte de atrás, empecé a ponerme de rodillas y a rezar junto con los otros que ahora sabía que eran mis hermanos y hermanas. ¡No era un huérfano! Había encontrado una familia… Era el Evangelio en su plenitud. 

Scott Hahn

En tercer lugar, ¿Cristo sabía del riesgo de escoger a hombres para la continuidad de su obra? Jesús llamó con todas sus consecuencias a los discípulos. Por tanto, la continuidad en la historia tiene todas las grandezas y las miserias de la vida humana. Si hubiera sido una historia la de la Iglesia sin ninguna mancha ni contradicción, ¿qué humanidad paradisíaca sería esa?, ¿qué Iglesia de perfectos encontraríamos?, ¿por qué escandalizarse de los defectos de la Iglesia? No se justifican, como no se justifican en ningún ámbito de la vida humana, pero, a pesar de todo eso, el tesoro está ahí, y el sacerdote más pecador puede perdonar los pecados y estarán perdonados, y consagrar la Eucaristía y ahí estará Cristo, si confiamos en la promesa que hizo Jesús a sus discípulos.

Finalmente quedan todas las cuestiones candentes de la actualidad: lo que hoy piensa la Iglesia en materias controvertidas de moral sexual, principios familiares, clonación humana, justicia social, etc. Habría que ir una por una viendo sus posicionamientos, su racionalidad, su capacidad de interpretar al ser humano de acuerdo con su vocación profunda, su capacidad de humanizar más con sus criterios y actuaciones. Pero ¿vive Cristo en la Iglesia? O se toma todo y se hace un juicio, o el juicio que se haga sobre parcialidades será muy inexacto como sucede con cualquier otra materia. No se entenderá si se censuran aspectos de su identidad. Hay que verificarla acercándose para comprobar si da lo que promete, pero no desde lejos.

Obstáculos

Son pocos los que hoy en día perciben a la Iglesia sin sesgos. ¿Cuáles son las causas de fondo de esa percepción?

La imposibilidad de que Dios pueda actuar en la historia. Hay una razón positivista que niega aquello que no puede demostrar, que no puede tocar. Que el Creador y lo Absoluto tenga intervención en la historia de los hombres, se haga contemporáneo de lo humano, no es demostrable.

El escándalo de la fragilidad humana como vehículo de lo divino. Decía el Cardenal Newman en su viaje a Roma donde comenzó su conversión al catolicismo que le suponía un desconcierto y hasta cierto punto rechazo aquellos cristianos postrados ante otro hombre como es el Papa, besando su anillo, toda esa carnalidad de la fe. Efectivamente la Iglesia católica se toma en serio su presencia encarnada y vive con la conciencia de que se da de beber, de comer y se visita en la cárcel cuando un cristiano lo hace, no cuando su intención es que así suceda.

Otra causa de peso es el ambiente cultural en que vivimos. Gran parte de las manifestaciones culturales (arte, cine, literatura, política) se resisten a afrontar la cuestión de fondo del ser humano y de la sociedad. Se censuran las grandes preguntas y el sentido último. Es una cultura que hace ridícula o fuera de toda mesura la pretensión de la Iglesia. En diversos ambientes esta cultura alberga una certeza que pareciera incuestionable: el cristianismo tuvo su momento y ya pasó. Ahora bien, sin ganas de vivir, ¿quién va a preguntarle a la Iglesia (ni a nadie) si puede ofrecer una razón para la esperanza? La Iglesia y Cristo no pueden ser respuesta a una pregunta que no se plantea por anemia existencial. Es momento de recordar la confesión de Indro Montanelli, “si mi destino es cerrar los ojos sin haber sabido de dónde vengo, a dónde voy y qué he venido a hacer aquí, más me valía no haberlos abierto nunca”.

Juan Pablo II ha querido prevenir, en su Exhortación Apostólica Eclessia in Europa (2003), del alzhéimer religioso que padece el hombre moderno cuando pretende aparcar la pregunta por el sentido hasta otro momento que nunca es más oportuno.

No faltan símbolos prestigiosos de la presencia cristiana, pero estos, con el lento y progresivo avance del laicismo, corren el riesgo de convertirse en mero vestigio del pasado. Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada. Esta pérdida de memoria cristiana va unida a un cierto miedo a la hora de afrontar el futuro. La imagen del porvenir que se propone resulta a menuda vaga e incierta. Del futuro se tiene más temor que deseo. Lo demuestran, entre otros signos preocupantes, el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida.

Ecclesia in Europa. Juan Pablo II.