CLAVE 4: El anhelo de eternidad y la experiencia del otro

Esta publicación se enmarca en el grupo de destacados del libro Dios no va conmigo para contextualizar el coloquio en torno al mismo que se celebrará el próximo día 16 entre profesoras creyentes y no creyentes de la Universidad Francisco de Vitoria.

También recomendamos dos reseñas publicadas y escritas por los profesores de Literatura José Manuel Mora-Fandos (Universidad Complutense de Madrid) y Victoria Hernández Ruiz (Universidad Francisco de Vitoria).

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#4 El anhelo de eternidad y la experiencia del otro

Holly Ordway comprendió que si esa primera causa es el origen de toda moralidad, es improbable que Dios fuera impersonal y que no interaccionara. La pregunta que planteaba esta deducción era la siguiente: «Si Dios existía, ¿qué significaba eso para mí?» La propia naturaleza del interrogante apuntaba a un acercamiento distinto al que había tenido hasta ahora, pues ya no se trataba de trabajar en la parcela del conocimiento y de lo intelectual. Por el contrario, implicaba recurrir a la propia experiencia. Pero, ¿cómo distinguir lo fantasioso de un auténtico indicio? ¿Hacía falta creer de antemano para que el «experimento» diera resultados?

De primeras, Holly Ordway se encontraba en gran dificultad para aprehender la idea de una primera causa humana que, en paralelo, fuera Dios plenamente. Aunque intuía que no podía resolver esto como un problema de matemáticas, tampoco imaginaba de qué otro modo podría captar su sentido así que decidió posponer «el inicio del experimento» hasta tener alguna idea más clara. Una tarde de abril, volviendo del trabajo se vio sorprendida por la belleza de la costa, el océano y reconoció que amaba estar viva «a un nivel más profundo de lo que creía»:

«Observé toda la belleza que me rodeaba y me sentí verdadera y profundamente triste. Era imposible aprehender y retener el encanto de aquel momento o de otro cualquiera; siempre se escurriría entre la distracción y el olvido, se desmoronaría en muerte y descomposición. Mi vida era una vela breve; no tardaría en temblar y extinguirse. Moriría y perdería todo aquello que tanto amaba« Por vez primera, miró cara a cara a su debilidad, a su anhelo de eternidad en un mundo finito y compartió esta incompletitud con a Josh, que -fiel a la costumbre de razonar- le respondió que el teísta dice que Dios nos creó para que pudiéramos completarnos en él y el ateo que nosotros creamos a Dios para llenar el vacío, pero en lo que ambos coinciden es en que tenemos un deseo insatisfecho.

Una semana más tarde, en ese mismo trayecto de vuelta a casa, Holly experimentó un cambio, advirtió una presencia:

«Todo parecía muy nítido, prodigiosamente claro; como si las piedras, los árboles y el cielo hubieran sido dispuestos para revelar algún sentido más allá de sí mismos. Sentí la presencia de algo… de alguien…que estaba dentro de mí, y fuera de mí sin embargo, más allá de mí. Con una sensación en cierto modo similar al pavor, como un miedo ciertamente, reconocí lo que era: la experiencia del otro» Tuvo además la certeza de que no era algo fantasioso que proviniera de su imaginación. De hecho, ella no había decidido iniciar activamente la búsqueda de Dios todavía, alguien se había acercado a ella. Holly había tenido un primer contacto que le llevaba a reconocer algo en la intimidad de su alma.