Café Newman de andar por casa

Era esa hora en la que todas las horas del día se cierran. Me preparaba a hacerme una con el sofá y dejar que el sueño fuera relentizando el «qué tal el día…» y de pronto: un grito. Era el de un hijo. Y seguido: el silencio. Nos pusimos en pie, bueno el padre, que a mi mucho grito tiene que haber para que el pie me obedezca a esas horas. En la habitación nuestro tercero estaba tapado con la manta por la cabeza.

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«De viernes»

Bajaba hace poco las escaleras de la universidad que llevan de mi lugar de trabajo a la calle y escucho «venga que ya es jueves» a lo que la voz receptora responde «sí, ¡¡ya queda menos!!». Ambas voces animadas se dan palmadas en la espalda y se separan.

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La universidad como ágora

Rocío Solís

Si miramos esta foto deprisa vemos a unos jóvenes rodeando a dos personas encima de una tarima. Parece un aula y parece que los chicos, que empiezan a parecernos alumnos, están escuchando.

Si agudizamos un poquito más la mirada podemos reconocer, quizá, que quien habla es Antonio López, uno de los pintores españoles más importantes de nuestra época. La foto es mala, cogida por la cámara mala de un móvil viejo. Pero el momento es inconmensurable y eso es lo que quiere atrapar esta fotografía: la sabiduría que surge en los pliegues de lo cotidiano y que no está colapsada por el flash de una instantánea, que no tiene la calidad estética para pasar el filtro de fugacidad y sorpresa de ninguna red, quiere colarse en la vida universitaria cuando esta es lo que dice ser.

Si agudizamos el oído, como están haciendo los alumnos que vemos, comprendemos que el pintor Antonio López, llevado de la mano del catedrático Pablo López Raso, estaba haciendo universidad, es decir, estaba enseñando a otros a través de la palabra, la experiencia y el conocimiento. Invitado a impartir un curso a los alumnos de Bellas Artes lo clausuraba con una conversación con el director del grado y lo hacía en el aula, sin focos, hablando de lo que sabe y vive, el misterio de la creación a través del arte de la pintura.

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Cada día

Rocío Solís

Cada día arranco mi furgo y cada día me doy cuenta de que a pesar de las amenazas sigue sucia y llena de papelitos que los niños han desperdigado como migas para volver a casa. Cada día esa furgo me lleva a través de una carretera de curvas, que cojo porque es más bonita que la autopista, a mi lugar de trabajo, y cada día lo encuentro disponible para que lo asuma, para que haga cosas, para que labore, para que las cosas sucedan. Cada día hay personas que me esperan y que a mí me parece que se alegran de que esté, yo desde luego mucho de que ellas permanezcan. Cada día empiezo el día suplicando, junto a otros, que el Misterio de la vida no decaiga, y luego me tomo un café con un buen compañero de ese viaje. Cada día veo esto y me pregunto por qué ese árbol no se tuerce y por qué el Cielo no cae sobre nosotros. 

Y muchos días escucho voces que enseñan detrás de esos cristales a un puñado de alumnos que sentados lo esperan todo de la vida aunque ellos no lo sepan. Cada día pido no dejar de esperarlo yo tampoco. Cada día, un rato al menos, me quedo mirando esas nubes, u otras, ya me entienden, y por un momento siento que son ellas las que me vigilan. ¿Cambiaré yo tan rápido como ellas? ¿Pasaré yo tan rápido como ellas pasan? ¿Alguien jugará a interpretarme a mí y darme forma? Cada día, dice Google, que respiro 23.000 veces, ¡y yo sin enterarme! Y las mismas veces, ¡qué armonía!, son las que parpadeo. Y mientras, hago otras cosas, porque estas, las que hace mi cuerpo, es como si no las hiciera yo, no tengo que preocuparme. Cada día hay una conversación que no esperaba, una confidencia que no me he ganado, un agradecimiento que sé que no me corresponde, quizá también algún disgusto que me despierta y no me permite abstraerme. Cada día, cada día…. Solo pido estar atenta.

La muerte, una provocación

Rocío Solís

La cuestión del misterio de la muerte siempre está ahí. Se nos mueren seres queridos o políticos que no conocemos. De un modo u otro, esta realidad nos interpela. Podemos jugar con ello, podemos disfrazarlo o podemos visitar lugares santos sin tener tampoco muy claro que hacemos. Pero haciendo todo eso, nos asomamos al gran interrogante de nuestra vida: ¿qué va a ser de mí?

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